DELIA S. GUZMÁN

“Si vas por un camino construido cada día con tus propias manos, llegarás al lugar donde debes estar” (antigua máxima egipcia).

En la constante ansiedad de sabiduría que llena la vida de los que no temen llamarse filósofos, ocupa un lugar destacado la búsqueda y encuentro del propio ser interior. Esta actitud, que muchas veces puede llevar a un egoísmo incontrolado si no está regida por una sana vocación moral, es el reflejo de la búsqueda y descubrimiento de las grandes leyes del universo. Después de todo, aquel aforismo hermético que nos señala que “Así es arriba como es abajo” no deja de tener validez a pesar de los siglos transcurridos.

Queda a la filosofía, pues, la búsqueda y el encuentro de esas verdades que ayudan a armar el complejo cuadro de la existencia. Y, gracias a ese espíritu de investigación, suelen aparecer ante nosotros pequeñas o grandes inspiraciones de la mano de una máxima olvidada, de un consejo de los viejos sabios que se enterró junto a las tumbas de los que vivieron a la luz de esos sabios. Pero nada importa cuando la luz de nuestro presente vuelve a revivir profundas enseñanzas. Ese es el caso del epígrafe que encabeza este escrito. Breve, conciso y contundente, tanto como para obligarnos a detener la marcha alocada de la mente y hurgar, palabra a palabra, el contenido de esas claves sencillas que pertenecen al maravilloso arte de ser uno mismo.

Ser uno mismo ha quedado reducido a unas meras formalidades que afectan a la buena vida y conservación del cuerpo, y naturalmente, a la satisfacción de una psiquis desordenada en conjugación con unas ideas no menos confusas. Ser uno mismo es apenas dejarse llevar, dejarse empujar por la existencia, no obedecer a nada ni a nadie, ni siquiera a uno mismo, porque ese “uno mismo” todavía no ha hecho verdadero acto de presencia en la conciencia.

Pero es imposible evadir el encuentro con el yo. Algunos pierden sus horas atrapados por el miedo a la muerte, a lo desconocido, a los poco creídos castigos del más allá y, sin embargo, tan temidos en los recovecos más ocultos del hombre. El verdadero peligro está, aunque no se vea así, en el desconocimiento de uno mismo, en la falta de realidad de uno mismo, en la carencia de apoyo en algo que no depende del mundo exterior, en la falla de ese eje que está en cada ser humano, si bien con poca consistencia todavía como para mantenerse erguido y elevar la conciencia sobre el pedestal de la seguridad, de la confianza que proporciona la sabiduría.

Construir caminos

Es una etapa fundamental en este arte del que hablamos. No se puede llegar a ninguna parte, ni siquiera a sí mismo, sin construir caminos. Pero ¿los construimos verdaderamente?

La mayoría de las veces ni siquiera miramos por dónde caminamos. Seguimos una corriente humana, masas que se desplazan por senderos trillados, por movimientos cambiantes de opinión que determinan giros bruscos e incomprensibles en la dirección de nuestros pasos. Pero allí van todos y allí vamos nosotros también. Arrastramos los pies por sendas repletas de desperdicios: el basural de lo que cada uno aporta a medida que camina o en la medida en que se detiene sin atreverse a avanzar. Tropezamos, no con dificultades, sino con los escollos que vamos formando nosotros mismos.
Es difícil construir. Pero, a veces, construir es sencillamente limpiar viejos caminos que han quedado olvidados, rutas que sirvieron durante siglos para llegar a la meta, hoy cubiertas de malezas y piedras, pero sin duda mucho más limpias que las otras donde se amontonan los que no saben hacia dónde van. El hombre humilde que limpia, que quita altos pastos y recoloca las piedras en los bordes, abre caminos, construye caminos, porque los devuelve a la vida.

Y si los hay más valientes, a estos les corresponde el abrir nuevos rumbos. Los valientes deben ser además hábiles conocedores porque es imposible construir un camino si no se tiene muy claro el punto de partida, el punto de llegada y las desviaciones o excavaciones en la roca que habrá que practicar para no perder la meta.

Curiosamente, los que saben construir, los que saben desde dónde vienen y hacia dónde van, no son siempre los más escuchados ni los más seguidos. Sus caminos son calificados de utopías en el mejor de los casos; lo más corriente es considerarlos equivocados, tanto como sus propios constructores. No se deja ni siquiera el consuelo de la buena voluntad para la obra del constructor: los borregos que marchan sin ver ni oír necesitan pensar que las demás opciones son equivocadas y malignamente diseñadas para confundir a la humanidad. ¡Cómo no ha de ser así si quienes juzgan son los más confundidos, cuando no los artífices del elogio a la confusión!

Día a día

La construcción no es obra de un día. El tiempo, en este como en otros casos, se convierte en la gran prueba. Hay que tener suficiente paciencia como para saber mantener el entusiasmo día a día sin perder de vista en ningún momento lo que se pretende alcanzar, por lejos que quede. Lo que importa no es tanto el tiempo como el objetivo. Y misteriosamente, cuando la mente enfoca el objetivo con claridad, el tiempo se acorta…

La efectividad del construir está dada por la continuidad. Continuar no es convertirse en autómata ni en esclavo de las propias obras. Al contrario, lo que hace falta es una continuidad consciente, donde se suman los logros como si fueran piedras milagrosas que terminan por forjar el palacio más maravilloso que pueda concebirse. Hace falta entusiasmo en la continuidad y para ello hay que volcarse íntegramente en la tarea que nos ocupa; trabaja el cuerpo unido a un sentimiento de satisfacción y a la idea del progreso. Entonces, el camino crece, se abre paso día a día, crece por fuera y crece por dentro, abre terreno en el mundo y abre espacios desconocidos en el alma.

El difícil arte de ser uno mismo exige la renovación constante de las energías puestas en juego. Todos tenemos un cupo de energía que, si lo agotamos en los primeros intentos, se desvanece y nos deja la sensación de vacío y desconcierto. La energía, como todas las fuerzas del universo, se gasta y se renueva dentro de su mismo ciclo. La energía que se pone en acción conscientemente genera de manera automática nuevas fuentes energéticas que nos servirán para conti­nuar mañana, y mañana, como si fuéramos cada vez más poderosos.

Vivir día a día equivale a vivir una vida plena, a aprovechar incluso cada hora de cada día, alargando las posibilidades de experiencias y de acciones, de acertar, de equivocarse y de corregir. Tal es el sino del constructor.

Las propias manos

El falso criterio de comodidad que han ido ganando los esquemas mentales actuales ha desvalorizado al máximo el trabajo personal, el trabajo que se efectúa con las propias manos. La inteligencia se ha vuelto apenas habilidad para valerse de los demás; hacer que se muevan otras manos y que a nosotros nos quede el disfrute de lo que otros han trabajado. El que tal consigue es el más listo, pero el más infeliz. Si alguna vez desaparecieran las manos ajenas, se vería imposibilitado de seguir adelante. La falta de práctica y de confianza en sí mismo lo volverían inútil tanto para construir como para seguir los caminos trillados, pues se sentiría mutilado hasta para mover sus pies.

Las propias manos son apenas un símbolo que surge de la más noble de nuestras herramientas. El que sabe usar sus manos para algún trabajo útil sabe también canalizar sus emociones y dirigir su mente; sabe usar su voluntad y sabe abrirse paso en medio de dificultades que a otros les parecerían insalvables.

Lo que se hace con las manos y con la conciencia tiene “ángel”, tiene alma. Las manos solas, solo mueven materia y el camino del que hablamos no es exclusivamente material.

Es imprescindible devolver el valor al trabajo personal. No imaginarlo como una acción estrictamente creativa. Lo personal es también repetir con exactitud aquello que nos han enseñado.

Los grandes maestros enseñan, muestran caminos, ofrecen perspectivas, pero no pueden hacer el trabajo por nosotros. Es decir, sí pueden, pero no lo hacen, porque en ese caso el éxito sería de ellos, de quienes de todas maneras ya han avanzado varios peldaños por delante de nosotros. ¿Y qué sería de nosotros, siempre supeditados a que los demás cumplan lo que nos corresponde a nosotros? ¿Qué clase de constructores seríamos si no nos atreviéramos a levantar una simple piedra?

Llegar al lugar en que debemos estar

Repetimos una vez más: no es un lugar materialmente señalado en el mundo, no es un puesto ni un cargo de prestigio, no es la situación que aplaude el vulgo. Hay otros lugares que están dentro de nosotros mismos, de acceso muchas veces ignorado, pero lugares que, una vez conquistados, dan la posibilidad de llegar a todas las cimas, a todos los confines.

¿Dónde debemos estar? Esta pregunta está íntimamente relacionada con el camino que se abre paso en el interior del hombre, con el arte de ser uno mismo. No siempre coincide el lugar donde debemos estar con aquel otro en que nos gustaría estar. Nuestros gustos están sometidos a muchas presiones psicológicas y raramente tomamos en cuenta si ese gusto es nuestro o es una orden manipulada que viene desde afuera.

Debemos estar allí donde podamos encontramos a nosotros mismos. Allí donde nuestra suma de causas y efectos ha señalado un punto claro y justo, tanto como para tomar conciencia de nues­tra realidad, como para poder continuar avanzando en el camino.

Olvidemos la idea de “estar” como un gesto estático. Solo se quedan en el “estar” los que dan cabida a la inercia y la apatía, los que son fáciles presas de la desesperación, los que siguen el juego de las corrupciones de moda, los que caen en la irritación y en la violencia, los que sin darse cuenta se van destruyendo a sí mismos por falta de discernimiento. Estos “están”; no se mueven o lo hacen al paso lento de la abigarrada multitud que sigue a sus escondidos amos.

La otra forma de “estar” que proponemos es activa porque se trata de vivir plenamente y a conciencia, de estar cada minuto presente y estarlo en cada acción que realizamos. Así, en la medida en que se está, se adelanta en la construcción y en el recorrido del camino. No faltan enseñanzas para hacer de esta propuesta una realidad. Cuando aprendemos a encender la luz de nuestro ser interior, empezamos a convertimos en maestros de ese arte de llegar a ser.

Más aún: aprendemos que ese “llegar” también se vuelve relativo porque resulta imposible hablar de estados definitivos en el hombre, en cuanto el hombre vive en un constante espíritu de perfeccionamiento. Llegar es un alto en el camino, es un punto que nos hemos señalado para reconocer los pasos que hemos dado y para calibrar aquellos que nos quedan por delante. Llegar es un respiro para volver a empezar.

En verdad, el camino que nos toca construir es eterno y nos pide una acción constante, pues la meta se aleja y se eleva, en la medida en que la vamos alcanzando.

¿Dónde estar, entonces? En el camino, activos y despiertos. Ese es nuestro sitio, es el punto donde por fin nos encontramos a nosotros mismos y desde el cual podemos continuar con cuantas empresas nos depara el destino. Lo importante es haber encontra­do el sendero, y haberlo encontrado en base al propio esfuerzo, con las propias manos, día a día. Lo demás es lo propio del sendero, lo propio del hombre, lo propio de la meta, que ya era y existía mucho antes de que nosotros nos la hubiésemos propuesto.