DELIA S. GUZMÁN

“Si vas por un camino construido cada día con tus propias manos, llegarás al lugar donde debes estar” (antigua máxima egipcia).

En la constante ansiedad de sabiduría que llena la vida de los que no temen llamarse filósofos, ocupa un lugar destacado la búsqueda y encuentro del propio ser interior. Esta actitud, que muchas veces puede llevar a un egoísmo incontrolado si no está regida por una sana vocación moral, es el reflejo de la búsqueda y descubrimiento de las grandes leyes del universo. Después de todo, aquel aforismo hermético que nos señala que “Así es arriba como es abajo” no deja de tener validez a pesar de los siglos transcurridos.

Queda a la filosofía, pues, la búsqueda y el encuentro de esas verdades que ayudan a armar el complejo cuadro de la existencia. Y, gracias a ese espíritu de investigación, suelen aparecer ante nosotros pequeñas o grandes inspiraciones de la mano de una máxima olvidada, de un consejo de los viejos sabios que se enterró junto a las tumbas de los que vivieron a la luz de esos sabios. Pero nada importa cuando la luz de nuestro presente vuelve a revivir profundas enseñanzas. Ese es el caso del epígrafe que encabeza este escrito. Breve, conciso y contundente, tanto como para obligarnos a detener la marcha alocada de la mente y hurgar, palabra a palabra, el contenido de esas claves sencillas que pertenecen al maravilloso arte de ser uno mismo.

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