JORGE ÁNGEL LIVRAGA

Hace ya muchos años asistí a la proyección de una superproducción cinematográfica llamada “La caída del Imperio romano”. Luego, volví a verla varias veces, atraído por la acertada interpretación que se hace del emperador Marco Aurelio y de su época; pero la primera visión me resultó imborrable. Muy especialmente, aquella de la locura del emperador Cómodo, que, heredando todos los bienes espirituales y materiales del emperador-filósofo al que había creído su padre, los agota hasta morir. Y cómo el pueblo se contagia de su locura, y con muchísimas máscaras sale a la calle a bailar y gritar que ahora ya no hay un césar, sino miles. Vuelan las monedas de oro. Se saquean los templos. El viejo filósofo Timócrates mira con ojos desorbitados, desde el borde mismo de su tumba, ese espectáculo que pretende ser una fiesta, el nacimiento de un mundo nuevo, pero que no pasa de una gran mascarada en medio de la cual muere una forma de civilización y de entendimiento, sin que casi nadie se dé cuenta de ello.

Aunque por razones de mercado, en la filmación de marras se hace aparecer a Timócrates como un converso cristiano, históricamente sabemos que era un estoico, un filósofo que asesoraba a Marco Aurelio de la misma manera que el filósofo Séneca asesoró, mientras pudo, al emperador Nerón. En verdad, fueron muchos los emperadores, empezando por el primero, Octavio Augusto, que buscaron el consejo de los filósofos estoicos.

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