ENTREVISTA CON EL PROFESOR FERNANDO SCHWARZ

Hace más de treinta años, alguien encontró una frase muy afortunada para describir todo un estado de ánimo de la juventud de entonces y dijo: «La Imaginación al poder». La frase recorrió el mundo y fue traducida a todos los idiomas, pues se buscaban nuevos caminos, vías de salida a los problemas de la sociedad, y había que imaginarlos, pues no estaban hechos. Aquello sucedía en Francia y era la Revolución de Mayo de 1968. Hoy, también en Francia, cada vez se consolida más la certeza de que tal como predecía el eslogan revolucionario, la imaginación desempeña un papel fundamental en la evolución y el desarrollo de la especie humana. Toda una Escuela de Antropología, creada por el Profesor Gilbert Durand, de la Universidad de París, viene demostrando que los orígenes del hombre y su aparición sobre la tierra se pueden determinar cuando existen trazos que demuestran una manipulación imaginativa de la realidad. El hombre simbolizador, capaz de conferir sentido no observable a las cosas, es el verdadero hombre, según estos científicos y lo que había antes no es más que homínido, un escalón previo en la evolución.

Estas teorías antropológicas desarrollan numerosos argumentos y análisis sobre el valor que tiene para el hombre la capacidad imaginativa y las posibilidades regeneradoras y enriquecedoras de su potenciación. Se habla, por ejemplo, de una «psicoterapia rápida por la imagen», a través de la modificación que el enfermo se hace de la imagen de su propio cuerpo.

Ciudades para imaginar

Quizá una de las aplicaciones más novedosas de esta dimensión imaginativa del hombre se ve más claramente en la forma de construir y disponer de su espacio vital, tanto individual como socialmente. Para los estudiosos de la Imaginación, tanto la ciudad como la casa, no consisten simplemente en una mera distribución de espacios, a los que se asignan determinadas utilidades o funciones. El asunto es bastante más complejo. Nos lo explica el Profesor Fernando Schwarz, que dio una conferencia en la Universidad de Granada sobre la función de la imaginación simbólica: «Es importante señalar que la imaginación simbólica, se crea en ella o no, es irreductible. Es la forma humana de funcionar nuestra conciencia. El hombre no sólo crea habitaciones, sitios para vivir, cosa que hacen también muchos animales, sino que le da un sentido muy particular: concibe sus construcciones como una imagen reducida del mundo. Por ello, en las grandes civilizaciones, las construcciones arquitectónicas simbolizan la imagen del mundo que ese pueblo tenía, del Universo, del propio grupo y de sí mismo. En una casa, o en una ciudad, o en un palacio se puede encontrar el resumen mental de las concepciones y valores del pueblo, que los ha hecho.

Esta capacidad de resumir el Universo a escala humana se llama Geografía sacra, posibilidad de crear un espacio y un tiempo calificados, es decir, con un sentido particular. Las ciudades antiguas, por ejemplo están orientadas hacia los puntos cardinales, puesto que la idea de ciudad es de encuentro de caminos y de armonía por oposición, lo que hace que el individuo que habita la ciudad, habite simbólicamente en el centro del mundo.

Según esta nueva manera de ver las cosas, los monumentos que visitamos tienen una especie de actividad inconsciente que nos deja huella, porque nuestra propia distribución interior es la misma que ellos contienen. Y hay una «resonancia» en nosotros que hace que nos sintamos bien ante aquello. Para el Profesor Schwarz esto explica el hecho de que haya lugares turísticos que atraen más y otros que atraen menos. Por ejemplo el fenómeno de las pirámides, que a simple vista no son más que formas geométricas muy simplificadas.

«La palabra monumento viene del latín y quiere decir «recordar», y de hecho lo que hoy llamamos monumento nos despierta ideas y sensaciones muy profundas, si está en consonancia con nuestro interior. Por ejemplo, la necesidad de ascender, de superarse, que es una estructura propia de la especie. Por otra parte, el monumento es como la perennidad de la especie, una aspiración que va siempre más allá de la cultura inmediata. Ese monumento impacta la imaginación del que lo contempla, le hace recordar, le inspira, le abre posibilidades nuevas de creación, nuevas perspectivas que van más allá de lo que se observa».

El problema es que habría que aprender a mirar otra vez, o más bien a contemplar, para que las correspondencias y energías que están tan sabiamente armonizadas hiciesen su trajo libremente, y el resultado fuera la creatividad, la imaginación activa.

Desarrollar la imaginación

Esto nos lleva a plantearnos si la imaginación es algo que se puede desarrollar, o bien se trata de algo innato.

«Partimos de la base de que todos tenemos imaginación, pues de lo contrario no seríamos humanos. Todos nacemos con ella, es como nacer con piernas o con musculatura en los brazos. Se trata de una potencia innata que se puede desarrollar y es precisamente la actividad simbólica la que nos permite desarrollar la imaginación Por ello, siempre recomiendo que cada cual cultive algún tipo de actividad artística, la que se quiera, pues el Arte nos permite el desarrollo de la imaginación.

La realidad es a la vez lo que es observable o concreto y lo que no es observable. Nuestra realidad es consciente e inconsciente, es energía y materia. Lo real no es simplemente lo que se mide, o lo que se puede cuantificar: también es real una cualidad. Por lo tanto, la imaginación es parte de la realidad. La estética es parte de la posibilidad de imaginar, y también lo es la creencia religiosa. El hombre le da sentido a las cosas. Todo lo que hace, de manera consciente o inconsciente, se dirige a la idea de dar sentido a las cosas, y aunque se niegue ese mismo sentido, es algo inherente al hombre. Ese es el punto central de todo este planteamiento, esa necesidad humana de dar sentido a las cosas, y de que esa orientación esté en función de su propia cultura y de la imagen que tenga del mundo. Los importantísimos trabajo de Mircea Eliade permiten detecta algo así como un código imaginario inherente a la especie humana, que garantiza su perennidad. En Antropología ha quedado muy claro que hay cuatro modelos que constituyen la imagen del mundo que el hombre ha tenido en las distintas épocas y lugares: la pareja primordial, el mito del diluvio y el surgimiento de una tierra nueva, la lucha contra el monstruo y el descuartizamiento de un personaje primordial. No salimos de estas cuatro imágenes del mundo. Toda nuestra actividad simbólica se limita a la interrelación de estas cuatro figuras míticas. Nosotros estamos actualizando esos modelos sin darnos cuenta y cuando surgen, por ejemplo, en el mundo actual, figuras históricas o políticas de trascendencia es porque, de alguna manera, tocan el modelo mítico y lo activan.

Todo esto se relaciona en Antropología con lo que llamamos el fenómeno de lo sagrado, que no tiene nada que ver con un dogmatismo o una revelación. Antropológicamente, lo sagrado se define con respecto a la idea de lo profano, y está ligado a la idea de lo observable y lo no observable. Lo sagrado es lo que permite percibir lo diferente de lo que se ve. Nosotros estamos viendo continuamente objetos y al mismo tiempo les damos una significación, un sentido. A esa capacidad que tiene el hombre de ver más allá del objeto, se llama en Antropología de la imaginación lo Sagrado»

Sociedad tradicional y sociedad contemporánea

Es bastante fácil percibir las dificultades que experimenta el hombre contemporáneo para vivir los estados de conciencia o «longitudes de onda» imaginativas.

«Hoy estamos en una sociedad donde hay muy pocos actores y muchos espectadores, y eso es lo que hace perder confianza en sí mismos a muchos de los individuos de las sociedades contemporáneas. Esa fragilización de la afirmación de sí mismo hace al hombre muy manipulable. La consecuencia es un empobrecimiento del imaginario y la utilización de la imaginación simbólica, no ya para que el individuo pueda regenerarse e ir más allá de sí mismo, sino para manipularlo y utilizarlo a favor de credos políticos o fines comerciales».

¿Cómo actúa esta imaginación?

«A través de sus tres funciones principales, que son el rito, el mito y el símbolo. El mito es un modelo que estructura una serie de símbolos, de valores, y para ser más preciso, indica generalmente el origen de algo, es un discurso que versa sobre dicho origen, dándole valor, orientación y finalidad. No es cronológico, sino sincrónico, se sitúa in illo tempore, fuera del tiempo. Su valor fundamental es que afecta profundamente, consciente o inconscientemente, a todos los individuos. En resumidas cuentas, el mito da el modelo de la imagen del mundo y del comportamiento humano en lo que se refiere a lo que es permanente, a lo que va más allá del momento inmediato.

En cuanto al símbolo, aparece como la articulación que permite el universo mítico con el universo concreto. Es una suerte de convertidor de doble sentido, pues extrae del mundo temporal algo y le da una significación, elevándolo a otro plano, y a su vez sirve de vehículo a una vitalidad, una fuerza, un concepto en el plano de lo concreto. El símbolo es polimórfico y pluridimensional, y por otra parte es innato, universal y a la vez particular, permite la manifestación de las significaciones colectivas y universales inherentes a la especie. Puesto que el símbolo trasciende la Historia, reducirlo a una significación local sería una grave manipulación. De ahí la importancia de destacar el sentido universal de los símbolos. El símbolo reducido se vuelve signo, o convención, y el mito reducido se vuelve ideología, es decir, la necesidad de ver a través de un hecho particular y una ley particular, toda la globalidad del mundo.

El rito es el gesto conmemorativo y actualizante del mito. Lo que le permite actualizarse a través de gestos precisos y transformar el tiempo profano. La fiesta es el rito por excelencia. Sacraliza el tiempo y el espacio, permitiendo un desbordamiento regenerador en aquellos que participan de ella. Por esto el calendario de fiestas es de capital importancia para mantener la dinámica viva de una cultura.

A su vez, el rito consagra el espacio y lo orienta en función de esa significación, ya que un espacio consagrado es un espacio orientado. Por eso las ciudades antiguas estaban orientadas en función de los cuatro puntos cardinales. Lo que les daba la posibilidad de seguir los ritmos estacionales, y recordar en su vida cotidiana lo recitado por el mito».

La desconexión del hombre contemporáneo con estos puntos básicos del sistema tradicional es bastante negativa y hasta peligrosa. El desarraigo, la tendencia a la violencia y la presión del anonimato sobre los individuos son las consecuencias de un sistema de vida que olvida o que ignora la relevancia de lo intangible, del mundo de las imágenes y de los símbolos.

Sin embargo, para el Profesor Schwarz, «el proceso de mitificación y de querer proyectar un modelo de las cosas no deja de existir en la sociedad contemporánea, y genera mecanismos que le sirven para regular su energía, como por ejemplo el deporte, aunque desprovisto de todo contenido ritual o sacralizante».

«Por otra parte –continúa el Profesor F. Schwarz-, a pesar de existir desinterés por las tradiciones, está volviendo ahora el afán por su recuperación, porque, de manera instintiva, el hombre busca lo que le falta, y nunca como ahora han sido tan bien conocidos los símbolos o la historia de las Religiones. Esto nos saca del etnocentrismo y del provincianismo y transforma la conciencia del hombre en conciencia planetaria. Nos damos cuenta de que hoy, en el mundo contemporáneo, el patrimonio de Oriente y el de Occidente lo son de toda la especie, y esto nos da la posibilidad de una nueva perspectiva y de una mayor confianza en la capacidad del hombre para regenerarse y encontrarse a sí mismo, no solamente a través de ideas abstractas, sino actuando y reconstruyendo un verdadero patrimonio vivo. Eliade lo dice claramente: No se trata de ser nostálgico, sino de reactualizarlo que es propio de la especie.

Los antropólogos de la imaginación confían en la capacidad regeneradora de esta cualidad humana, una vez reactualizada su utilización por una nueva cultura y una nueva visión del mundo. El propio Mircea Eliade se lo afirmó al Profesor Fernando Schwarz en una entrevista personal: Una vez que se ha redescubierto el mecanismo del pensamiento simbólico, que es inherente a la naturaleza del ser humano, es imposible que esto no traiga un enriquecimiento innovador para la especie.

Esta nueva cultura de la imaginación y de los símbolos puede ser la destinada a proporcionarle al hombre de hoy las soluciones que espera y necesita para los problemas que sufre, como el de encontrarle sentido a su vida.

María Dolores F.-Fígares