Nueva Acrópolis - AlejandríaJOSÉ RUBIO SÁNCHEZ

«No hay cosa nueva debajo del sol, ni puede decir alguno: ‘Ved aquí, esta es cosa nueva’; porque ya procedía en los siglos que fueron antes de nosotros. No hay memoria de las primeras cosas».

Salomón, Eclesiastés, I, 10, II

El museo de Alejandría era como una universidad que tenía un gran conjunto de laboratorios. Allí vivían profesores llegados de todas las partes del mundo civilizado y divididos en corporaciones. Vivían a expensas de los soberanos, los Ptolomeos –modelos de príncipes filósofos, a la manera platónica, preocupados no solo del bienestar material de su pueblo, sino también del espiritual–, sin otras obligaciones que las de atender a sus cátedras y dedicarse totalmente al estudio en común, a la investigación personal y a la preocupación literaria y científica.

Contenía un templo dedicado a las musas y los locales necesarios para los trabajos científicos, el estudio y las clases; aparte de un lugar para el descanso, un paseo para el profesorado, una exedra y una gran sala para las comidas en común. Fue Demetrio de Falero quien organizó este museo según un modelo análogo que había conocido en la escuela peripatética de Atenas fundada por Aristóteles. Además de lo dicho, tenía un observatorio con grandes esferas armilares, un jardín zoológico e, incluso, salas de disección.

La biblioteca, enriquecida por los Ptolomeos con toda clase de manuscritos, llegó muy pronto a ser la más grande del mundo de entonces. Los rótulos de los volúmenes (hasta 700.000 en tiempos de Cleopatra) se podían contar por centenares de miles, con sus respectivas copias y perfectamente catalogados y ordenados. Estaban escritos en papiros encuadernados en madera o en pergaminos «a prueba de fuego», lo que permitió que en el primer incendio (en tiempos de Julio César), se salvaran muchos manuscritos encuadernados en pergaminos incombustibles. Cleopatra se quejaba de que los libros encuadernados en madera no se hubieran protegido con esas hojas ignífugas.

Esta fue la ciudad, Alejandría, que logró, en el siglo II antes de la era cristiana, desplazar la civilización a su centro; ya no fue Atenas la ciudad cultural por excelencia –aunque todo sabio que se preciase debía estudiar allí, dado que había sido la madre espiritual del helenismo–; había surgido Alejandría y también Rodas, Pérgamo, Antioquía…

Los reyes Ptolomeos atraían a su corte a todo hombre ilustrado y toda obra notable sin reparar en gastos; no había mayor gloria para esa ciudad que poseer algún manuscrito desconocido, algún sabio, algún artilugio mecánico, etc. La misma ciudad, síntesis urbanística de las corrientes arquitectónicas griegas, además del colosal faro y el observatorio astronómico, era decorada con los inventos de los sabios, como un fabuloso reloj, que al dar las horas hacía aparecer las doce figuras de los trabajos de Hércules.

Allí trabajaban juntos Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto; Estratón de Lámpsaco y Erasístrato, peripatéticos; Euclides y Arquímides, cuyos postulados siguen hoy vigentes; Timocaro; Zenodoto, el primer bibliotecario de la biblioteca, enamorado de Homero y de los poetas helenos; Apolonio de Rodas, su sucesor; Aristófanes de Brancio; Aristóteles de Samotracia; Aristarco; historiadores como Beroso, Timeo y Manetón; geógrafos como Nearco, Piteas y Eratóstenes; filósofos como Espusipo, Xenócrates, Cratés, Carneades, etc., numerosos sabios que continuaban las enseñanzas del Liceo de Aristóteles y de la Academia de Platón, de los cínicos y de los estoicos, de los epicúreos y demás escuelas. Se cultivó la medicina, la fisiología, la farmacología; se estudiaron venenos y contravenenos, técnica y aplicaciones mecánicas… y un largo etcétera de materias y sabios.

Allí surgió tiempo después el neoplatonismo, gracias al misterioso Ammonio Sacas y su discípulo Plotino, y bebieron metafísica, filosofía y teología los primeros padres de la Iglesia.

Todos estos sabios se caracterizaron por su universalidad, si bien eran más prácticos que metafísicos. Ellos encarnaban, a su modo, el ideal griego del hombre integral; cualquier sabio de esta época era a la vez filósofo, moralista, geómetra, matemático, técnico, astrónomo, etc., como Euclides, Arquímides, Ctesibio, Herón de Alejandría o Tales de Mileto.

Vamos a ir viendo a algunos de estos sabios y sus asombrosos conocimientos, que luego, siglos después, han ido influyendo en otros sabios y aun han llegado hasta nuestros días.

Euclides

Famoso geómetra, llegó a Alejandría sobre el 300 d.C. y fue además físico y matemático. Sus obras son: Los elementos, tres libros sobre los Datos (definiciones), dos libros sobre los puntos en la superficie, cuatro libros sobre técnicas, un libro sobre paralogismos, otro sobre los fenómenos astronómicos y una Óptica donde expresa su teoría geométrica de la luz, como un rayo carente de estructura física y asimilado, más o menos conscientemente, a una línea recta.

Estratón

Este sabio, que nació en Lámpsaco entre el 350 y el 340, era peripatético, discípulo de Teofrasto en Atenas, y fue llamado a Alejandría supuestamente por Ptolomeo Sother, quien le confió la educación de su hijo Filadelfo. En el 285 regresó a Atenas y sustituyó a Teofrasto al frente del Liceo hasta su muerte, acaecida en el año 269.

Parece ser que su principal objeto de estudio fue la Naturaleza y los fenómenos naturales. Afirmaba que “todo lo que es y todo lo que se hace es el resultado de pesos y movimientos naturales”. Todo se podía explicar por medio del “vacío y del peso o gravedad”. Descubrió la relación proporcional entre peso y masa y también la Ley de la Aceleración Creciente en los Movimientos Naturales, que pudo demostrar gracias al método de residuos.

Aunque influenciado por la filosofía pitagórica, o tal vez por eso mismo, trató de establecer una física científica y luchó por la compartimentación de los conocimientos (la especialización). Estratón le daba mucha importancia a la experiencia y por eso “utilizó la confección de tablas por medio de una auténtica experimentación que todavía no era imagen de ninguna teoría”.

Herófilo

Nació en Bitinia sobre el 335 y murió en Alejandría en el 280. Este sabio fue el fundador de la escuela médica de Alejandría, donde se reunieron las obras del Corpus Hipocrático. Herófilo fue discípulo de Praxágoras y de Crisipo y pertenecía a la escuela de Cnido. Esta escuela fue particularmente brillante por sus sabios, como Eurifón, que había estado asociado con Heródico, el fundador de la dietética, o Ctesias, pariente de Hipócrates.

Se le considera el verdadero creador de la anatomía, sobre la que escribió un libro hoy perdido. Galeno lo consideró el mayor anatomista de la Antigüedad.

En líneas generales, su estudio se centraba única y exclusivamente en la experiencia, pero con la constante preocupación de interpretarla y comprenderla. Esta actitud le llevó a descubrir el sistema nervioso, cuyo centro situó en el cerebro; investigó el sistema vascular; los órganos genitales y digestivos, los ojos, etc. Distinguió los nervios sensitivos, las arterias y las venas y escribió acerca del pulso. Además, esbozó un notable esquema de la circulación respiratoria y gozaba de gran prestigio como ginecólogo.

Hiparco de Nicea

Permaneció en Rodas y realizó observaciones en Alejandría entre los años 161 y 127. Construyó un globo celeste y descubrió, entre otras cosas, la proyección estereográfica. A él se debe la división del círculo en 360º y la fundación definitiva de la trigonometría.

Apolonio de Pérgamo

A Apolonio de Pérgamo (262-190) le conocemos gracias a que Vitruvio lo menciona, con Arquitas, Arquímedes y otros más, entre aquellos que “con el concurso del cálculo y del conocimiento de los secretos de la Naturaleza han realizado grandes descubrimientos en la mecánica y en la gnomónica, dejando sabios tratados a la posteridad”. Apolonio construyó autómatas musicales accionados siempre por medio de agua.

Eudoxio de Cnido

Discípulo de Arquitas, vivió durante la segunda mitad del siglo IV y llegó a ser uno de esos sabios universales que estudiaban con la misma pasión geometría, medicina, mecánica y astronomía. Como otros astrónomos de su época, llegó a conclusiones realmente asombrosas. Afirmaba que la Tierra, el Sol, la Luna y el universo entero eran esféricos, y para poder representarlos adecuadamente midió la circunferencia de la Tierra y las distancias entre la Tierra, el Sol y la Luna. A esto añadió el problema del tiempo, sugiriendo para el año una duración de 365 días y un cuarto.

Aristarco de Samos

Siglo II a.C. Escribió un tratado acerca de las dimensiones del Sol y la Luna y de sus respectivas distancias hasta la Tierra. Era seguidor de la tradición pitagórica.

Dentro de estas breves notas sobre los sabios alejandrinos, nos gustaría destacar a aquellos que formaron la hoy llamada escuela de mecánicos de Alejandría, fundada, según se supone, por Ctesibio (tal vez contemporáneo de Arquímedes). Vitruvio lo consideró uno de los mecánicos más célebres de la Antigüedad y con él, Filón de Bizancio y Herón de Alejandría son los máximos exponentes de esta escuela, cuyo propósito era la realización de ingenios mecánicos que mostrasen en la práctica la utilidad y realidad de sus teorías sobre la Naturaleza (aunque también como juegos). Estos ingenios mecánicos no se extendieron ni se divulgaron a nivel popular.

Ctesibio

Este mecánico (técnico o ingeniero mecánico), contemporáneo de Arquímedes, realizó toda una serie de obras tan ingeniosas como estas: dispositivos musicales accionados hidráulicamente, máquinas para elevar el agua, un aerotono, relojes hidráulicos y maquinaria bélica. Todos estos instrumentos se basaban en la aplicación de una serie de principios o “leyes naturales”, como la elasticidad del aire y la incompresibilidad del agua, en el uso de instrumentos de viento y en un número limitado de mecanismos de transmisión y desmultiplicación.

Uno de esos instrumentos musicales fue un autómata sonoro en forma de ritón, como el instalado en el templo de Arsinoe Cefiritis, construido al este de Alejandría. Era un artefacto puramente mecánico que emitía una especie de estribillo con la sonoridad de la trompeta. Herón la describe así: “una figurilla sobre un pedestal con una trompeta ante los labios, que hará sonar si se sopla en su interior”.

Otro invento fue una especie de bomba de incendios, que consistía en una bomba aspirante-impelente, cuyas aplicaciones eran elevar el agua, luchar contra los incendios y posibilitar, como pieza esencial, los órganos hidráulicos. En la Biblioteca de Oxford se conserva un manuscrito árabe, atribuido a Filón de Bizancio, que ofrece una detallada descripción de esta máquina, la cual coincide con la de Vitruvio. En una carta de Plinio el Joven a Trajano le solicita una bomba contra incendios para la ciudad de Nicomedia, donde no había ninguna.

Una aplicación de esta bomba impelente se había utilizado a modo de jeringa ya en tiempo de Hipócrates, siglo V, época en la que aún no se conocía la actual jeringa que, precisamente, se compone de una estructura cilindro-pistón.

El Hidraulis u órgano hidráulico fue otra de estas máquinas de Ctesibio que tuvo una gran repercusión; de ella nos hablan Filón de Bizancio, Herón de Alejandría, Vitruvio y una serie de manuscritos árabes, además de que en un mosaico de Nenning, en Sarre, se reproduce una imagen de un aparato de este tipo de la época de Adriano.

Este órgano constaba de cierto número de elementos fundamentales, como tubos sonoros con lengüetas, receptáculos para almacenar el aire, mecanismos de viento, con bomba o con fuelle y teclado para dirigir el viento hacia los tubos. Sería, en esencia, el mismo proceso que el de la gaita gallega o escocesa. Fue su mujer, Thais, la primera organista de la Historia. El órgano es el instrumento más antiguo de base mecánica y el primer instrumento polifónico.

También Ctesibio, como muchos sabios de aquellos tiempos, realizó maquinaria bélica, maquinaria que, por extraña lógica de la Historia, fue lo que más perduró en la Edad Media. Una de esas máquinas se llamaba Chalkotona y consistía en una estructura que permitía franquear las murallas sin necesidad de escalas; la segunda, Aerotona, estaba destinada a arrojar piedras.

Por último, vamos a mencionar el reloj hidráulico. Este reloj consistía en una boya en forma de cúpula, que flotaba en un recipiente cilíndrico e iba elevándose poco a poco gracias a un hilillo de agua. El aparato convertía el movimiento de ese flotador en indicaciones horarias, bien por medio de una varilla vertical cuyo extremo se desplazaba sobre una escala graduada, bien con ayuda de una cremallera o una rueda dentada, o incluso de una polea y un contrapeso que convertían el movimiento ascendente en otro de rotación de una saeta.

Filón de Bizancio

Fue un gran viajero de la segunda mitad del siglo III, que aprendió e investigó en Alejandría y Rodas. Sabemos que trabajó con instrumentos denominados “maravillosos”, como palancas neumáticas, autómatas, órganos y tubos, tracción de grandes pesos (Barulkos), clepsidras, construcción de puertos, poliorcética, maquinaria bélica, ruedas que se mueven por sí solas, mensajes secretos, etc.

En este trabajo solamente nos vamos a referir a su neumática y su aplicación en ingenios mecánicos.

Los experimentos de este sabio le llevaron a determinar ciertas nociones de neumática como la compresibilidad del aire, el equilibrio de los líquidos contenidos en vasos comunicantes o el Principio del Sifón, que aplicó en sus Vasos Maravillosos. Así, describe la construcción de fuentes intermitentes, de vasijas con dos líquidos, el vaso ladrón de vino, etc., según montajes más o menos complejos y accionados siempre por el vaciamiento de un depósito de agua.

Gracias a la presión aérea obtenida por el desplazamiento de un líquido, Filón llegó incluso a fabricar autómatas, como el de un caballo en el abrevadero, o como el pájaro en su nido que bate las alas, asustado por una serpiente que surge del suelo, o el buitre que amenazaba a unos pajarillos. También hizo unos au­tómatas que podían servir vino o agua.

Herón de Alejandría

No sabemos gran cosa de la vida de este personaje, al que para entendernos llamamos Herón de Alejandría. Se ha discutido mucho, pero sin llegar nunca a un acuerdo, sobre la época en la que pudo vivir. Para una gran número de historiadores modernos, sería contemporáneo de Ptolomeo Evergetes II, es decir, Ptolomeo VIl (145-116), llamado Fiscón, y pertenecería, por tanto, al final del siglo II a.C. Otros historiadores precisan que pudo nacer hacia el 126 y morir hacia el 51. Curiosamente, Ateneo, Vitruvio y Plinio citan siempre a Ctesibio y nunca a Herón y, por el contrario, Pappus, Eutocio y Herón de Bizancio, que son muy posteriores, sí que lo citan. En realidad, lo único que sabemos sobre la vida de Herón de Alejandría es que era, como Ctesibio, de origen humilde: había empezado trabajando como zapatero. Según algunos estudiosos, no sería originario de Alejandría, sino de Ascra.

De todas maneras, fuera o no fuera ese su verdadero nombre, la obra que ha dejado a la posteridad es asombrosa. De carácter científico: métricas, escolios de Euclides, mecánicas y Barulkos, obras que mezclan las preocupaciones científicas con sus aplicaciones prácticas: Neumáticas, Catóptricas y Dioptra, cuatro obras de mecánica aplicada. Relojes hidráulicos, máquinas de guerra y autómatas.

Hizo experiencias ya realizadas anteriormente por Filón: ventosas, jeringas, lámparas, sifones, bombas aspirantes e impelentes, órganos hidráulicos… pero nos vamos a referir a algunos de sus inventos más conocidos.

El eolípilo: era un pequeño tornillo movido por la acción del vapor y gracias a la ingeniosa idea de colocar dos pequeños tubos acoplados. Aquí, Herón fue un lejano precursor de la máquina de vapor.

EI sifón flotante: ponía en contacto dos recipientes en los que el nivel del líquido era diferente, flotando en el nivel más bajo y en relación con un pequeño recipiente de alivio. En consecuencia, el líquido fluiría del nivel superior al nivel inferior hasta alcanzar una diferencia de nivel fijada previamente.

La dioptra: instrumento que servía como visor. Hiparco ya había construido una para medir el diámetro aparente del Sol y de la Luna. La dioptra de Herón consistía, en líneas generales, en un nivel de agua móvil colocado sobre un trípode; este nivel podía quitarse o ser reemplazado, ya fuera por una simple alidada móvil, horizontal o verticalmente, ya fuera por una plataforma circular dividida en grados y que se podía fijar a voluntad sobre cualquier plano oblicuo. Este aparato era, en cierto modo, similar, por su uso, a los modernos teodolitos.

Herón tuvo que enfrentarse y resolver también problemas relacionados con operaciones militares o civiles, especialmente lo referido a trabajos subterráneos como perforar una montaña según una línea recta que uniese dos puntos señalados sobre los flancos (esto mismo se planteó Eupalino al trazar el túnel de Samos), cavar en una montaña pozos que cayesen perpendicularmente sobre una excavación previa, o incluso, dada una galería cualquiera, determinar sobre el terreno, al aire libre, un punto por donde se pudiese perforar un pozo vertical que acabase en un punto dado de la galería.

El odómetro: del griego hodos, camino y metron, medida, era una especie de contador adaptado a los carruajes y consistente en una combinación de un tornillo sin fin y ruedas dentadas. Tenía uno para tierra y otro adaptado con ruedas de paleta para el mar. Un mecanismo similar se encuentra en cualquier automóvil actual.

Autómatas: los tratados sobre autómatas tenían ya, en la época de Herón, una larga tradición. Este era, sin duda, uno de los terrenos donde más quiso distanciarse de sus predecesores. Era imposible imaginar algo nuevo en materia de agrimensura o de máquinas bélicas; los autómatas constituían, por el contrario, un terreno privilegiado. Se trataba de mostrar su habilidad y de ello dejó constancia en un tratado sobre el tema. Este estaba dividido en dos grandes partes; los autómatas de asiento fijo y los autómatas de asiento móvil. Estos últimos, en efecto, funcionaban sobre una especie de cajón rodante, dentro del que estaba oculto el mecanismo, un motor invisible al público, encargado no solamente del movimiento escénico de los autómatas, sino también del funcionamiento del propio cajón. En los primeros, por el contrario, el cajón permanecía inmóvil, sirviendo de base a un verdadero teatro, donde elegantes muñecos representaban obras en muchos actos, con entreactos y cambios de decorados. En cada sistema, el motor estaba constituido por el descenso de un contrapeso.

Con estos autómatas Herón podía realizar algo a lo que los griegos eran bastante aficionados: el teatro de autómatas, que eran representaciones teatrales en las que los actores eran máquinas; realizados a cielo abierto, sin cambio de decorados y con el público sentado en círculo alrededor del grupo. Tenía dos modelos: el primero, móvil, era la Apoteosis de Baco, obra de una sola escena donde todos los personajes estaban alineados en primer término al pie del dios; el segundo, móvil, con entreactos y cambios de decorado, era La Leyenda de Nauplio.

Para concluir este apartado, quisiéramos mencionar que Herón también logró crear unos mecanismos que permitían que se abriesen o cerrasen las puertas de un templo.

Epílogo

Lo expuesto en estas páginas es una pequeña muestra de los conocimientos de los sabios griegos de la época alejandrina, quienes destacaron, sobre todo, por escoger la mayor parte del conocimiento del pasado. Sin embargo, esto que hasta nuestros días ha llegado no es nada en comparación con lo que debían de saber y cuyos testimonios han sido devastados por el hombre y por el tiempo. Recordemos las trágicas quemas de la biblioteca de Alejandría, como ejemplo, y todo lo que allí se perdió.

Dice J. Ellul: “En realidad, nos hallamos aquí en presencia de una de esas explicaciones fáciles, sorprendentes y absolutamente antihistóricas a las que tan aficionados son los justificadores de teorías. Sería necesario descartar definitivamente de nuestros manuales, de nuestros libros e incluso de nuestros estudios eruditos, tan ricos en otros aspectos, este viejo tópico de la historia de la Antigüedad”.