Nueva Acrópolis - Marsilio FicinoMIGUEL ARTOLA

Aunque Marsilio Ficino (1433-1499) no es uno de los personajes más conocidos del Renacimiento italiano, pues los grandes artistas han acaparado los mayores reconocimientos, su importancia en la historia de la filosofía es extraordinaria, y su aportación al propio concepto de Renacimiento, fundamental. Ficino fue el traductor, nada menos, que de las obras completas de Platón y de las Enéadas de Plotino al latín. También tradujo el Corpus Hermeticum, conjunto de libros de filosofía y esoterismo muy antiguos atribuidos al propio Thot-Hermes (aunque la crítica moderna descarta totalmente esto y los sitúa en los primeros siglos de nuestra era, es muy posible que fueran efectivamente una recopilación de saberes mucho más antiguos, procedentes del Antiguo Egipto); también tradujo obras de Porfirio, Proclo y otros neoplatónicos, así como de Dionisio Areopagita.

Figura principal de la Academia platónica de Florencia, su labor en cuanto a la recuperación y divulgación de la filosofía antigua fue valiosísima, pero no se quedó ni muchísimo menos en un mero traducir y copiar. Por el contrario, Ficino hizo un verdadero esfuerzo de sintetizar y armonizar, lo cual es típicamente renacentista, esta tradición filosófica de la Antigüedad con los valores del cristianismo, para proporcionar un nuevo y poderoso impulso no solo intelectual, sino también espiritual a su época. El propio título de su obra más emblemática (escrita entre 1469 y 1475) refleja perfectamente este esfuerzo: Teología platónica.

Así, uno de sus objetivos fundamentales era lograr superar la división e incluso el enfrentamiento que se había producido entre filosofía y religión. Creía que todos los pueblos de la Antigüedad en que filosofía y religión habían ido juntas y estaban unidas habían dado lugar a civilizaciones extraordinarias. Su separación había determinado la decadencia de ambas, convirtiéndose la religión en superstición y la filosofía en rebuscados y artificiosos juegos de palabras. Según Ficino, tan solo el platonismo, en el que el nexo de unión entre ambas era más estrecho, permitiría restablecer aquella relación. Así la “verdad” no solo estaba en la revelación religiosa, efectuada a través de las Sagradas Escrituras, sino también en la “revelación racional” recibida por los antiguos filósofos, en particular, Platón y Plotino. Habría una única revelación divina que era la que alentaba tanto el pensamiento de los filósofos como de los hombres religiosos.

Retrato de Marsilio Ficino por Leonardo da Vinci que en realidad pudiera tratarse de Aldo Manuzio, otro humanista del Renacimiento.

El interés por la filosofía de Platón se había originado en Florencia a raíz de la visita a Italia de los delegados griegos asistentes al concilio celebrado en esa ciudad, donde debía estudiarse la reunificación de las Iglesias griega y romana, separadas desde el siglo XI. Entre ellos estaba Juan Gemisto Pletón, cuyos planteamientos, basados en sus profundos conocimientos de la filosofía antigua, causaron admiración. Partidario de la unificación total de las creencias religiosas, creía que esta era posible sobre la base de las enseñanzas platónicas. La filosofía antigua debía servir también para lograr la renovación de la vida religiosa y social del hombre. El impacto de estas ideas suscitó amplios debates y un gran interés que, finalmente, condujeron a la fundación de la Academia platónica. Esta no era sino la reunión, en la Villa de Caregii, cedida por Cosme de Médicis, que también sufragaba su mantenimiento y financiación, de un grupo de estudiosos de las doctrinas filosóficas antiguas. Entre ellos, el más destacado precisamente era Marsilio Ficino, pero debemos destacar también a Cristóbal Landino y Pico della Mirándola. La influencia de esta Academia fue enorme durante el siglo XV y XVI a través de filósofos como León Hebreo, Tomás Moro y, sobre todo, Giordano Bruno, que intentaron lograr la armonía entre fe y razón. De haber logrado mayor éxito tal vez Europa se hubiera podido librar de las tremendas guerras de religión, y la división entre religión, filosofía y ciencia no habría llegado nunca a ser tan radical