MIGUEL ARTOLA

Los rasgos fundamentales de la vida de Sócrates (470-399 a. C.) son bien conocidos, así como su papel en la historia de la filosofía, ejercido sobre todo a través de su gran discípulo Platón. Uno de los aspectos más notables de la enseñanza de Sócrates es precisamente su propia vida, que constituye un perfecto ejemplo de coherencia, entendiendo por esta el acuerdo o correspondencia entre lo que se piensa y dice y lo que realmente se hace, así como de rectitud moral extraordinaria. No habiendo escrito nada, sin embargo su influencia ha sido enorme durante siglos, y todavía perdura. Ante su inteligencia y discernimiento y, sobre todo, rectitud y entereza, nadie podía, ni aún puede, quedar indiferente. Así se constituyó en un ejemplo tal que sus discípulos lo inmortalizaron, transmitiendo a la posteridad todo lo que de él sabemos. Voy a destacar, por tanto, de él siete aspectos que resumen su actitud ante la vida y su profunda coherencia y bondad.

1.º .- El hecho de no escribir ninguna obra. El objetivo de su enseñanza era hacer nacer almas, despertar conciencias, liberarlas de la ignorancia. Pero ¿cómo hacerlo? Sócrates consideraba que cada hombre necesitaba un tratamiento especial; cada individuo es único, pero la lectura llega a todos por igual y no permite ahondar y precisar la enseñanza que cada uno necesita. Así pues, no escribe, sino que dialoga, interroga, pregunta, obliga a pensar y buscar en el interior de cada uno, para así lograr educir, lograr sacar de cada uno la respuesta y lo mejor de sí mismo. Además, de este modo el discípulo se siente partícipe de su acceso al conocimiento. Por otro lado, la enseñanza requiere ser aplicada, vivida y experimentada, y esto implica la cercanía y el consejo del maestro.

2.º .- Su actitud de entrega a la enseñanza de sus discípulos. Esta es apasionada y total, con total olvido de su familia (esposa, hijos) y de él mismo, descuidando no solo su trabajo, sino su reputación, o ignorando completamente, hasta que fue demasiado tarde, la aparición de enemigos que finalmente lograrían condenarlo, incluso con olvido de su propio cuidado y alimentación. Así, su dedicación a la búsqueda y formación de discípulos era absoluta. Al darlo todo por ellos, finalmente lo recibe todo, y de esta forma, Platón expresará todas sus enseñanzas poniéndolas en boca de su gran maestro, logrando así que perdure por siempre su recuerdo. Precisamente, Platón señala en El banquete cómo la mayoría de los hombres procrea en los cuerpos y, a través de ellos, buscan de alguna forma perpetuarse, alcanzar alguna suerte de inmortalidad, pero señala también cómo otros hombres, los menos, procrean en las almas y así dan al mundo leyes, enseñanzas o discípulos. Este sería precisamente el caso de Sócrates.

3.º .- El respeto a su ciudad y sus leyes. Sócrates fue en todo momento un ciudadano ejemplar. Luchó y arriesgó la vida por su patria, Atenas, cuando fue necesario, con gran arrojo y valentía, sufriendo sin queja las privaciones y penurias de la guerra. Luego, en la paz, participó en las magistraturas democráticas de su ciudad y, aunque no le apasionaba, cumplió rectamente su función. Al ser condenado a muerte, pudo huir; incluso, algunos de sus discípulos le insistieron en ello, pero prefirió no hacerlo: después de casi ochenta años cumpliendo las leyes fielmente, sería un absurdo escapar de ellas. Además, ¿para qué?, ¿para vivir como exiliado en otra ciudad unos pocos meses más? No tenía ningún sentido. Así, prefiere cumplir la sentencia y obedecer las leyes hasta el último momento. Al hacerle notar sus discípulos lo injusto de la sentencia, les contesta: “Es preferible sufrir un injusticia, que cometerla”.

4.º .- Su coherencia ante sí mismo. Cuando el oráculo de Delfos señaló que Sócrates era el hombre más sabio de Grecia, él dedicó los siguientes años a comprobarlo. Acepta lo que dice el dios, pero sinceramente cree que no es posible. Así, tras conversar y someter a sus hábiles interrogatorios a múltiples atenienses y griegos de otras polis, llega, efectivamente, a la conclusión de que, salvo respecto a su propio oficio –que suelen conocer bien–, todos los hombres creen entender y conocer los grandes conceptos de justicia, amor, el alma, etc., pero nadie sabe nada. Ni siquiera él mismo, pero mientras los demás creen saber lo que realmente no saben, él reconoce su ignorancia (el famoso “sólo se que no sé nada”). El primer paso para superar la ignorancia es reconocerla.

5.º .- Respecto a los dioses. Sócrates rechaza la vulgarización que estaban sufriendo los dioses. Le indignaba la excesiva antropomorfización que se estaba produciendo, atribuyéndoles vicios y defectos humanos: lujuria, ira, codicia, rencor… Él quiere volver al verdadero concepto de los dioses, que de ningún modo pueden estar caracterizados por estas cualidades. Rechazaba ese exoterismo vulgar y barato que los poetas y comediógrafos estaban difundiendo, advirtiendo contra ello en múltiples ocasiones. Por el contrario, propone un camino de rigor, de conocimiento profundo y de actitud sincera de humildad ante los dioses y, sobre todo, una vida de rectitud y virtud. El paradójico resultado fue la acusación de ateismo e impiedad que, junto a la de corrupción de la juventud, le condujeron finalmente a la muerte. Pero de esto hay varios ejemplos en la Historia.

6.º .- Respecto a la enseñanza. La considera su misión en la vida y bajo ningún concepto está dispuesto a renunciar a ejercerla. En el juicio, se le ofrece la posibilidad de salvar la vida siempre que renuncie a su forma de enseñar y de interrogar a todos. Sin embargo, descarta esta posibilidad, pues de ningún modo va a dejar de ejercer la que cree su misión en esta vida. En el colmo de su atrevimiento, contesta al jurado que hagan lo que les parezca, que él no va a cambiar y que, en todo caso, cuando muera y llegue a los Campos Elíseos, y se encuentre allí a los grandes hombres del pasado tenidos por sabios, continuará interrogándoles a ellos, para comprobar si era merecida su fama de sabios.

7.º .- Ante la muerte. La tarea de su vida fue crear discípulos, despertar almas y activar conciencias. A ello se entregó hasta el último día de su vida, que precisamente dedicó a conversar con ellos sobre el tema de la inmortalidad del alma y la naturaleza del más allá. Así dedicó a sus discípulos lo mejor de su existencia, dedicándoles el último y supremo ejemplo de naturalidad y dignidad ante la muerte.