Nueva Acrópolis - LenguajeEL MILAGRO DEL LENGUAJE

El ser humano es un ser social por naturaleza: nuestra evolución y desarrollo, tanto físico como psicológico, mental y espiritual va de la mano de la vida en sociedad.

Vivir en sociedad sin más, unos junto a otros, nos aporta las ventajas del grupo, de la manada: mejor protección y seguridad, más capacidad de adquirir alimentos y de asegurar la reproducción de la especie; en síntesis: mayor capacidad de supervivencia. Pero para que haya verdaderos factores culturales que provoquen un cambio profundo basado en el mejor aprovechamiento de las capacidades y recursos del grupo, en lo individual y, a la vez, en lo colectivo, es necesaria la “organización”: una sociedad organizada, estructurada, donde hay un sistema de valores que establece una jerarquía que va de la mano de un reparto de funciones, lo cual permite establecer unos objetivos diferentes, pero complementarios, a alcanzar por parte de cada grupo que compone la sociedad organizada; surge así la especialización y el compartir, base del desarrollo y progreso de la humanidad.

El lenguaje hablado es el gran factor determinante de la existencia de la sociedad organizada. Porque una cosa es el lenguaje de gestos, que nos sirve para cosas básicas y materiales, y otra muy diferente el habla, que nos permite expresar ideas, compartir experiencias y transmitir más conocimientos de una persona a otra y de una generación a la siguiente.

Nada sabemos de cuándo comenzó la humanidad a hablar, a utilizar la palabra como expresión de sus ideas, sueños e inquietudes, pero cada vez las fechas se nos pierden más en el pasado. Tras los descubrimientos antropológicos de Atapuerca, en Burgos, dirigidos por D. Juan Luis Arsuaga, se han encontrado restos fósiles de homínidos de 300.000 años de antigüedad cuyo oído es muy similar al nuestro, por lo cual el Sr. Arsuaga plantea la teoría de que dichos restos, hallados todos juntos, fueron reunidos de forma ritual; y si hay ideas religiosas con sus ritos, hay un lenguaje capaz de expresar conceptos metafísicos, como la vida y la muerte y la idea de la inmortalidad.

El lenguaje, al identificar las cosas y reconocer sus características, nos permite desarrollar tres aspectos fundamentales del ser humano: 1) conocer y comunicarnos con los demás y con el mundo circundante; 2) acercarnos a lo transcendente, al sentido íntimo y oculto de la vida, ya le llamemos Dios, Espíritu, Mente Universal, Fuerza, etc.; y 3) conocernos a nosotros mismos, identificando lo que nos sucede e incorporando la experiencia que extraemos de nuestra relación con los demás, con la naturaleza y lo sagrado.

Dios, Universo-Naturaleza y Hombre han sido y serán siempre los elementos sobre los que trabaja la filosofía atemporal o metafísica. Y lo hace a través del lenguaje adecuado, aquel que nos posibilita encontrar las palabras que nos permitan “crear lazos sólidos” que nos unan a nuestro ser interior y al ser interior de la personas y de la Naturaleza, visible e invisible. Ese “lazo” es el amor; quizás por ello, ya nos decían nuestras abuelas que “la lengua es un caudal sabiéndola menear”.

SABER HABLAR

En mi artículo anterior traté de la importancia del lenguaje hablado en la evolución individual y colectiva de la Humanidad, a través de la sociedad organizada, que permite trabajar en equipo y con equipos con funciones diferentes, pero todas complementarias entre sí.

¿Cuál es el problema? Hablemos claro: una cosa es hablar, otra conversar y otra muy diferente dialogar.

Nosotros hoy las usamos para expresar lo mismo, pero no es así.

A- Los tres tipos de lenguaje: intrascendente, técnico-cotidiano y “el lenguaje del alma”.

A.1. El lenguaje intrascendente: Es necesario para la vida en sociedad porque nos permite “acercarnos” unos a otros, así como hablar de las cosas no trascendentes de nuestra vida, personal y social, que son muchas. También sirve para “descargarnos de tensiones”. Se relaciona con el ocio o tiempo libre.

A.1.1 El lenguaje intrascendente extremo. Es banal, superficial, no nos aporta nada profundo ni duradero a nuestras vidas. Hoy es el lenguaje más común de la gente, con el que se pasan horas “hablando, pero sin decir nada”. Lenguaje social pero sin contenido. Ejemplo: todos los programas de deportes, donde se pasan días y días hablando de si un equipo fichará a Pepito o lo fichará el rival; los programas y parloteos tipo “salsa rosa”, donde se critica a todo el mundo pero no se saca nada positivo, ningún valor a destacar; el parloteo de los adolescentes de 14 a 17 años, que pueden tirarse una noche hablando sin decir nada coherente.

A.1.2 El lenguaje intrascendente moderado. Desarrolla en nosotros los afectos por las personas, estableciendo vínculos de amistad. Hay un interés por “conocer” al otro, lo cual nos ayuda a ir dando forma a nuestra “vida interior”.

El problema es que, actualmente, el intrascendente extremo es el lenguaje utilizado por la mayoría de la gente. Usado en exceso reduce nuestro nivel cultural y capacidad de criterio, pues tiende a caer en el infantilismo de relacionar lo bueno con lo que nos gusta y nos atrae, y lo malo con lo que nos desagrada y repele, en vez de hacerlo con criterios de justicia: si es o no justo. Nos debilita al hacernos caprichosos y coléricos o depresivos. En vez de pensar y reflexionar para sacar nuestras propias conclusiones, seguimos la opinión de la mayoría o de la corriente de moda.

A.2 El lenguaje técnico-cotidiano. Es el que necesitamos para realizar las funciones normales de nuestra vida familiar y laboral. Se le considera un lenguaje neutro, pues se refiere a cosas y no a opiniones ni a juicios de valor. Ejemplo: el lenguaje técnico necesario para arreglar cualquier cosa, para cocinar algo, etc. Nos permite “vivir”.

No suele afectarnos en negativo. En exceso, nos aísla de los demás. El abuso, por ejemplo, de internet, nos lleva a crearnos un mundo virtual y limitado, alejado de la realidad. Es fundamental el contacto humano, cara a cara, para nuestro desarrollo individual.

A.3 El lenguaje del alma. Es el que se produce de corazón a corazón: del corazón de uno hacia el corazón del otro, ya sea un ser humano, una planta, etc. Es trascendente y nos ayuda a encontrar la esencia –corazón– de todo, empezando por uno mismo. Nos permite soñar y, lo que es más importante, plasmar nuestros sueños. No conoce barreras, y las diferencias de credo, raza, condición social, sexo y país entre las personas las considera elementos enriquecedores y no como muros infranqueables. Ve y persigue la unidad en todo. Platón lo relacionaba con “los divinos ocios”, ese tiempo necesario que tenemos que dedicar a enriquecernos y a mejorarnos como personas. Es fundamental para nuestra completura, conocimiento y equilibrio. Nos permite encontrar el sentido de la vida, ¡de la Vida toda y una! Es el lenguaje de la filosofía o amor a la verdad.

Hoy es el gran desconocido; por ello todos hablan de crisis, que comienza por crisis de valores: no olvidemos que han sido unos sinvergüenzas avariciosos los que nos han sumido en la crisis actual que atraviesa la humanidad.

Si la carencia del lenguaje del alma nos lleva hacia lo vulgar y a que se aprovechen los sinvergüenzas ante nuestra falta de criterio y de valor, su exceso nos lleva a ser personas insoportables, aislados de la realidad, a “estar en las nubes”, a ser auténticos inútiles incapaces de llevar sus conocimientos a la práctica, a hablar mucho del espíritu pero no hacer nada por nadie.

De ahí la vieja enseñanza recogida por Sócrates: “Nada en exceso”. Por esto, lo ideal sería que el empleo de los tres tipos de lenguajes estuviera más o menos equilibrado en nuestra vida de adultos: 30% intrascendente, 40% técnico-cotidiano y 30% del alma. Pero en la actualidad es muy diferente: 59% intrascendente, 40% técnico-cotidiano y 1% del alma (y muchas veces 0%).

Si nuestras palabras son la expresión de nuestras ideas, veremos que vivimos en un mundo bastante hueco y vacío, ¡que es rellenado por los codiciosos, los tiranos y los brutos!

Hemos visto que hay tres tipos distintos de lenguaje: intrascendente (que actualmente ocupa el 59% de la vida de la gente), el técnico-cotidiano (el 40%) y el lenguaje del alma (solo el 1%, como mucho).

B- Hablar, conversar y dialogar: no son lo mismo.

Nos vamos a referir a las relaciones entre seres humanos fuera del marco del lenguaje técnico-cotidiano necesario para trabajar y para atender las necesidades físicas, o sea: a las que solemos emplear en nuestro tiempo libre.

Lo que establece la diferencia entre estas tres formas de comunicación es el ESCUCHAR.

Para saber hablar, primero hay que aprender a escuchar. Y no es lo mismo “oír” que “escuchar”.

Oír es algo pasivo: simplemente callamos, pero no prestamos atención a lo que nos dicen y, la mayoría de las veces, ni siquiera a quien nos está hablando; ponemos cara de interesados, de “póquer” o de desgana, según los casos, pero no hay una actitud activa, de voluntad, de real interés por lo que nos dicen. La escucha siempre es activa, trata de contactar con el sentido de las palabras y sentimientos del otro.

B.1 Hablar. Es característico del lenguaje intrascendente extremo. No hay escucha activa. Oímos, nada más. Nos reunimos por atracción de gustos y solo surgen pequeños matices sobre el tema general que se trata, pero se carece de afán de aprendizaje, normalmente porque este exige un esfuerzo y atención, cuando lo que se trata en estas charlas es de “pasar el rato lo mejor posible”. Se produce un encuentro de afinidades emocionales, sin ideas de fondo. Es característico del llamado “síndrome de Peter Pan”: adultos que no quieren envejecer y de los adolescentes. (Ver lo dicho anteriormente en A.1 sobre el lenguaje intrascendente extremo.)

B.2 Conversar. Es propio del lenguaje intrascendente moderado, a mitad de camino entre el intrascendente extremo y el del alma. Aquí sí escuchamos. Su mayor expresión es la empatía o capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprender lo que quiere decirnos. Conversar viene del latín “convertere”, “dar vueltas” a las palabras, comunicar, relacionarse, trabar o estrechar amistad unas personas con otras. Hay una voluntad y esfuerzo por comprender lo que nos dicen. La conversación no es un monólogo: el monólogo es hablar de uno mismo sin importarnos los demás. Es importante conversar porque unimos afectos –emociones elevadas– a las ideas: nos preocupa el otro o, como diría el poeta y escritor portugués Fernando Pessoa, “nos otramos”, nos ponemos en lugar del otro, y para ello hemos de salir previamente del nuestro (egocentrismo). Nos facilita la convivencia.

Al escuchar aprendemos y vamos dando forma a nuestro carácter: empezamos a definir nuestros sueños, lo que queremos ser y hacer con nuestra vida. Si nos quedamos solo con el conversar, podremos tener grandes conocimientos y/o ser seres muy sociables y queridos, pero seremos incompletos, pues nos falta el conversar con nosotros mismos, con nuestro yo interior, que es lo más difícil.

B.3 Dialogar. Actualmente se utiliza como sinónimo de “discurso” o “propuesta”, pero no es este su sentido original. El origen filosófico de esta palabra se lo debemos a Sócrates, quien le dará el sentido de búsqueda de la verdad o liberación del alma. Del griego “dia-logos”, diálogo significa el encuentro entre dos logos o pensamientos que buscan alcanzar una idea mejor o superior. Es el encuentro de dos almas: voluntad con conocimiento y amor, en busca de lo mejor de uno mismo para poder compartirlo con los demás. Hay verdadera “escucha”, pues va más allá de la empatía o ponerse en el lugar del otro: hay concordia, “corazón con corazón”; se escucha y se siente el “alma prisionera”, como diría Platón, tanto la propia como la del otro; se intuye que en realidad no existe un tú ni un yo, sino un “nosotros” porque todos los seres, visibles e invisibles, somos Uno. Es la vía del lenguaje del alma y de la síntesis. Para Ortega y Gasset esta característica del “dia-logos” o encuentro de dos pensamientos, es la base del perfeccionamiento continuo, de la amplitud de criterio y del aspecto social de la filosofía: la filosofía es auténtica comunicación entre varias personas y perfeccionamiento permanente de nuestra forma de pensar. Para el filósofo y antropólogo Fernando Schwarz, “el diálogo es la relación que se establece entre dos seres humanos que se comunican a partir de ser dos conciencias que investigan y buscan una verdad superior; se trata de compartir una presencia invisible a través de una relación visible entre dos personas, porque la verdad `surge´ entre los que están dialogando”. A través del diálogo no se obliga a nadie y se respeta la libertad del otro, es lo más opuesto al fanatismo. El diálogo busca siempre lo universal, lo mejor para todos. Dice Jean Lacroix que “el diálogo es el advenimiento de la filosofía, que es la no violencia”.

Raras veces nos movemos en el campo del diálogo, que es el leguaje del alma, pero sí podemos hablar menos y conversar mejor. Para ello necesitamos aprender a escuchar y a reflexionar sobre lo escuchado, para tener ideas propias y saber qué queremos decir. Es una regla básica de la mente: primero necesitamos saber qué queremos, después vendrá cómo lo exponemos. Pero… ¿sabemos REALMENTE lo que queremos?

SABER ESCUCHAR

Un breve resumen de lo que hemos tratado hasta ahora:

  • No sabemos cuándo la humanidad empezó a hablar, pero sí que hay una “gramática universal” y que todos, de pequeños, estamos preparados para aprender cualquier lengua, aunque de mayores ya nos resulte más difícil.
  • No es lo mismo hablar, conversar y dialogar, aunque hoy sean sinónimos. Hablar es el parloteo sin sentido; conversar es compartir ideas y escuchar al otro; dialogar es desarrollar el lenguaje del alma, la búsqueda filosófica: hablar y escuchar de corazón a corazón.
  • Y La importancia de saber escuchar para salir del parloteo y mejorar nuestra capacidad de conversar, dando los pasos que nos lleven al lenguaje del alma, al diálogo socrático, que busca romper todos los límites que aprisionan a nuestro ser interior.

¿Por qué es tan importante escuchar bien? Diferentes estudios realizados sobre cómo empleamos nuestro tiempo, fuera del sueño, indican que dedicamos el 20% del tiempo a leer y escribir, el 25% a hablar ¡y el 55% a ¿escuchar?!

Y hay una gran diferencia entre OÍR y ESCUCHAR:

  • OÍR: es no prestar verdadera atención, es simple captación de una sucesión de sonidos; una actitud pasiva.
  • ESCUCHAR: es más que oír con paciencia a los demás; es interpretar y entender lo que alguien dice, es descubrir el sentido que las palabras encierran; es un comportamiento activo que supone acercamiento y acogimiento a la persona comunicante, y aun de interesarse en lo que de verdad importa al otro; es una actitud activa y consciente.

Nuestros malos hábitos para escuchar. Son fruto de una incompleta formación de nuestro carácter y de una no puesta en acción de nuestros valores, lo cual nos hace ser “caprichosos” e “infantiles”, perdiendo muchas de las oportunidades que nos presenta la vida.

  • Falta de atención. Prestar atención solo a lo que nos atrae.
  • Falta de concentración. Nos perdemos en los detalles y no llegamos al mensaje que esconde. Es “perderse entre las ramas”.
  • Falta de respeto hacia el otro. Interrumpir al que habla, hablar al mismo tiempo con más de una persona, mostrar con nuestro tono de voz apatía o agresividad, mostrar una actitud corporal pasiva, etc.
  • Rigidez mental. Adaptarlo todo a una idea preconcebida; pensar que nuestra idea es la verdad absoluta, cerrándonos a todas las demás.
  • Desinterés por aprender. Prescindir de escuchar lo que resulta difícil.
  • Egocentrismo. Ignorar el interés del otro.

Fruto de nuestros malos hábitos solemos adoptar diferentes posiciones internas negativas, según sea nuestro interlocutor. Lou y Francine Epstein han clasificado “los lugares desde los que escuchamos” en tres niveles: consejeros, víctimas y jueces.

– “Consejeros”: suponemos que cuando el otro nos habla, está esperando que le asesoremos, aconsejemos o le brindemos algún tipo de ayuda. Entonces, mientras nos va contando su historia, tratamos a toda velocidad de encontrarle una solución a lo que nos plantea, que disparamos apenas termina. Esto, lejos de ayudarle, lo “desordena” y le genera un sentimiento de ineficiencia e incompetencia por no haber “sabido” actuar mejor, cuando la solución parecía haber sido tan sencilla.

– “Víctimas”: cuando alguien empieza a contarnos algo, comenzamos a procesar en paralelo cómo va a afectarnos eso que nos está diciendo, qué consecuencias va a acarrearnos. Según los Epstein, es el mecanismo que más contamina nuestra escucha, porque nos inserta en el territorio de nuestros temores, dudas y angustias, dejando de escuchar.

– “Jueces”: escuchamos al otro desde una postura crítica, para aprobar o desaprobar lo que dice, para juzgar o para emitir una opinión. Mientras el otro habla, vamos repasando toda la información que tenemos almacenada “en nuestros archivos mentales” y vamos chequeando si la contradice o no, si se corresponde o no con nuestras creencias, vamos enjuiciándola a cada minuto. Nos autolimita, impidiendo ampliar nuestros conocimientos al no escuchar alternativas, enfoques y conceptos que pueden llegar a enriquecernos; no le damos entrada real a nada ni a nadie distinto a lo que pensamos. Nos quedamos atados al pasado, sin permitir que la escucha alimente nuestro futuro.

En los tres casos, la solución siempre es la misma:

  1. Empezar por ser conscientes de que realmente queremos “escuchar” al otro.
  2. Serenarnos y llegar a la conversación con el ánimo sereno y la mente abierta: sin serenidad emocional no hay paz mental.
  3. Durante la conversación, mantener el estado de humildad –no lo sabemos todo– y de atención: esforzarnos por entender “lo que nos quiere decir” y no perdernos en las palabras que utilice.
  4. Asegurarnos de que estamos entendiendo de verdad el mensaje que nos envía; para ello, reformular: hacerle breves preguntas sobre lo que nos dice, pero con nuestras palabras, y también preguntarle que nos aclare lo que no entendamos.
  5. No olvidar la regla de oro para una buena y eficaz escucha: ¡CÁLLATE! Deja que sea el otro quien hable, déjale contar su historia. Para escuchar hay que dejar de hablar.
  6. Cuando termine de hablar, no le des consejos si no te los pide, y si se los das, que sean los que han surgido de él mismo porque ¡tiene el derecho a tomar sus decisiones y a equivocarse!, pues también tiene el deber de decidir y de corregirse para ser mejor.
  7. Reflexiona sobre lo que has escuchado, trata de aprender algo de esa conversación, por pequeño que sea; mantén tu mente abierta y sigue esforzándote por mejorar tu capacidad de escuchar; así serás más útil a los demás y a ti mismo.

Trata primero de comprender, y después, de ser comprendido.

Quien sabe escuchar siempre está aprendiendo, lo cual le permite tener unas ideas más claras y, por tanto, sabe qué quiere decir y a dónde pretende llegar. Es el paso necesario para desarrollar el lenguaje del alma, el que va de corazón a corazón, el verdadero lenguaje que persigue la filosofía. Pero recuerda: PRIMERO, APRENDE A ESCUCHAR; DESPUÉS, PODRÁS ESCUCHARTE, CONOCERTE y CONOCER.

PARA CONVERSAR MEJOR

Ya hemos empezado a desarrollar la capacidad de “escuchar” (ver artículo anterior sobre saber escuchar), que nos permite aprender de las experiencias de los demás y acercarnos a ellos de forma más fraternal. Y ahora, que ya tenemos algunas ideas más o menos claras sobre la vida, lo que nos rodea y sobre nosotros mismos –el yo y sus circunstancias–, queremos expresarlas o, simplemente, confrontarlas con las de otros; en dos palabras: queremos conversar (del latín “convertere”, “dar vueltas” a las palabras, comunicar, relacionarse, trabar o estrechar amistad unas personas con otras). Hay una relación personal, directa, cara a cara, donde nos podemos mirar a los ojos, frente a frente: ¡es un encuentro humano!

Algunos consejos para conversar mejor:

  • Necesitas tener algunas ideas sólidas y firmes, aunque no las tengas muy definidas; es imprescindible que tengas una “escala de valores” y que esta sea, a la vez, flexible para incorporar ideas nuevas o cambiar las prioridades, pero ten mucho cuidado no sea que por exceso de flexibilidad aceptes todo lo que te digan o cambies continuamente de opinión, pues entonces serás “volátil” como las hojas de los árboles que el viento trae y lleva a su antojo: serás “mente-dependiente” de las modas, corrientes de opinión y carne de cañón de cualquier manipulador que quiera explotarte en algún sentido, ya sea físico, económico, emocional, mental o espiritual. Lo que te propongo es que seas un barco de vela que aprovecha los vientos para llegar antes a su destino, es decir: ¡tienes que tener un destino, un puerto hacia el que dirigirte!; si no, solo dará vueltas sobre ti mismo.
  • La finalidad de la conversación es compartir y enriquecerse ambas partes. No trates de convencer ni de adoctrinar a nadie. Ni tampoco tengas miedo de que lo puedan hacer contigo: si tienes unas ideas más o menos claras y sabes cuál es el puerto al que debes llegar, llegarás a pesar de las tormentas y huracanes.
  • Sé humilde, sobre todo contigo mismo. No pretendas tener todas las respuestas ni dar siempre y al instante la solución adecuada. La mayoría de las veces las decisiones  pueden demorarse un poco de tiempo –e insisto en lo de “un poco de tiempo” y no “eternamente”–, así que ¡no te angusties! Y tómate un tiempo cuando sea necesario.
  • Nadie te obliga a conversar si tú no quieres, ni a escuchar opiniones que consideres que atentan contra la dignidad de las personas y los derechos humanos. Si es importante aceptar las cosas positivas, también lo es saber rechazar las negativas; y para ello, el estudio comparado filosófico y el sentido común serán tus mejores armas.

Cómo funciona la comunicación humana. Tienes que saber el abc de la comunicación, sus reglas básicas, para poder conversar y no caer en el monólogo, el parloteo o el pasotismo del que hace que escucha pero está en otra cosa. Para una real comunicación entre personas, hay que tener presentes cuatro elementos:

A) El emisor: somos nosotros, el que habla. Aplicar lo ya dicho en “consejos”.

B) El receptor. La persona o personas que lo van a recibir o queremos que lo reciban. Hay que tener en cuenta las características de la/s persona/s con la/s que conversamos. Y como no queremos manipularlos, las tenemos que conocer porque de verdad nos importan: son importantes para nosotros; esto nos va a permitir que podamos llegar a tener EMPATÍA, ponernos en su lugar para comprenderlos mejor; y atención: digo “comprender” para buscar una posible solución si es el caso, y no “justificar”, que es una excusa que nos ancla al inmovilismo, a no hacer nada y seguir igual.

C) El mensaje. Lo que queremos transmitir.

D) Los ruidos. Todo aquello que distorsiona la claridad del mensaje e incluso lo puede anular.

Lo más importante es que el mensaje llegue, o lo recibamos, lo más claro posible: que no se pierda por el camino el sentido de las palabras. Si se pierde el mensaje, no hay comunicación –verdadera conversación–, sino parloteo o monólogo.

Consejos para que el mensaje llegue claro.

a- Si somos nosotros los receptores. ¡ESCUCHAR!

b- Si somos los emisores.

b.1- Hay que prestar atención a las características de nuestro interlocutor, para decirlo de forma que él entienda. Lo esencial no es que nosotros quedemos satisfechos, sino que ambas partes, nosotros y él o ellos, podamos compartir y enriquecernos como personas.

b.2- Atención a los ruidos, a todo lo que pueda distraernos o alejarnos del objetivo de la conversación. Esto adquiere especial importancia cuando queremos conversar de algo que consideramos importante. Son muy molestas las interrupciones de cualquier tipo, así como la falta de intimidad; podemos tener una buena e intensa conversación caminando, pero no lo hagamos por un lugar con tanta gente que nos estemos chocando unos con otros; y los teléfonos mejor en silencio, pero si esperamos una llamada urgente, decirlo al comienzo y atender solo esa llamada y no las demás, es una muestra de respeto a los otros y de control sobre uno mismo. Hagamos una cosa por vez, en especial si es importante la charla para alguna de las partes: no debemos conversar y trabajar a la vez. Saber buscar el momento oportuno; buscarlo y evitar caer en la mala costumbre del “aquí te pillo, aquí te mato”, porque las cosas han de tener su pequeño protocolo y, en especial, las importantes han de ser preparadas, como cuando queremos cenar con alguien especial para nosotros. Si es en un despacho, pidamos que no nos molesten ni nos pasen llamadas hasta que avisemos.

b.3- Importancia del mensaje. Ya dije que el que llegue con claridad al receptor es lo esencial y la finalidad de la comunicación de cualquier tipo.

– Hay que saber qué es lo que queremos decir y a quién se lo vamos a decir; sobre la base de estas dos cosas adaptaremos el cómo lo diremos.

– Podemos utilizar el sistema P-A-N: padre-adulto-niño. Si el otro actúa como un padre (posición dominante), nosotros adoptamos la posición de niño para que nos preste atención a lo que decimos; si el otro actúa como adulto, entonces nosotros también como adulto, posición de igual a igual (esta es la posición ideal para que haya una real conversación); y si el otro adopta la posición de niño (posición sumisa), nosotros la de padre. Pero recuerda que en la conversación nadie tiene que salir ganando ni perdiendo: todos han de enriquecerse como personas; estas son posiciones para permitir que el otro se exprese y para podernos hacer entender.

– Si el mensaje es importante, lo mejor es prepararlo antes y escribirlo para asegurarnos de que tenemos claro lo que queremos decir. Y cuanto más importante, lo tenemos que escribir con más antelación para dejarlo reposar un par de días y releerlo para asegurarnos de que es lo más objetivo posible. Llegada la ocasión, podemos sacar nuestro texto (personalmente, yo prefiero hacer un guión con las ideas o temas principales) y leerlo; si lo memorizamos, aconsejo el guión escrito en el bolsillo, es una ayudita que nos da seguridad. Las cosas importantes no se improvisan; si lo hacemos, es que en verdad no son tan importantes para nosotros como decimos.

– Acuérdate de utilizar el lenguaje positivo, esto te ayudará a tener pensamientos positivos y mejorará enormemente tu capacidad de conversar, llevándote hacia la empatía. Pensar en positivo no es ser un optimista loco, sino ser realista en el sentido natural de la palabra: no dejarse atrapar por las ideas irracionales que nos hacen ver todo en plan radical entre un extremo y su contrario; es rechazar los absolutismos y enfrentar la vida –y la conversación– dejando puertas abiertas a nuevas posibilidades de enriquecimiento interior, para uno mismo y para los demás.

 

El lenguaje positivo es hijo del pensamiento positivo.

Cómo desarrollar el pensamiento positivo en nosotros: a base de esfuerzo y atención, unido a un afán de aprendizaje y superación, todo ello movido por el amor. Sé que parece cursi, pero es una verdad como un templo: la real empatía solo se da cuando el otro, y los otros, tienen valor para nosotros, los valoramos porque nos importan, porque son importantes en nuestra vida; los hemos incorporado a nosotros, a nuestro mundo, y ello nos permite ampliarlo y que sea cada vez menos un mundo chiquito, mediocre y tristón. Esa fuerza que nos une a otros seres es el amor, el gran pegamento que reúne, anima y da sentido profundo y sincero a nuestras vidas haciéndolas más ricas, llenas y felices. Cuando nos acercamos al otro sin amor, es hipocresía, porque “aparentamos” que nos importa, pero en realidad no es así. Solo viviendo el amor somos auténticos; por ello, una definición de filosofía es “la sabiduría del amor”, pues todos los grandes sabios lo han sido porque han sabido amar.

El pensamiento positivo es un logro de la voluntad consciente.

Algunos consejos:

– Recuerda: no seas extremista, pues ello te vuelve rígido, con lo cual puedes ser quebradizo como el cristal o frío e hiriente como el hierro. Has de ser flexible como el junco que soporta año tras año la furia de los monzones: se dobla pero no se quiebra. Y para ello has de desterrar la palabra NO de tu mente y de tu lenguaje diario, usándola sólo cuando hayas de tomar una decisión radical sobre algo.

  • Habla en positivo en vez de en negativo. “Haz tal cosa” en vez de “no hagas esto”. “Esto es mío y solo lo uso yo”, en vez de “no cojas tal cosa”.
  • A menos que sea algo en lo que estás firmemente decidido, utiliza el “puede ser”, “deja que lo piense”, “veamos si es posible más adelante”, etc., en vez del “¡no!”.
  • Cambia el “no puedo” por el “sí puedo”.
  • Deja siempre una puerta abierta, una posibilidad de lograrlo. En vez de “no puedo comprar tal cosa”, proponte “voy a reunir dinero para comprarme tal cosa”. Atención: cuidemos nuestras palabras y no hablemos por hablar. ¡Si en mi interior no estoy convencido de “conseguir tal cosa” o sé que es imposible para mí alcanzarla, lo mejor es quitárnosla enseguida de la cabeza! Si no lo hacemos, se convierte en un sueño muerto y es un sentimiento de fracaso ante otros intentos en el futuro: ESTO ES UNA DE LAS COSAS QUE MÁS ALIMENTAN NUESTROS PENSAMIENTOS NEGATIVOS: LA SENSACIÓN DE FRACASO NOS LLEVA AL “NO PUEDO”.
  • Trata de practicar el hablar un día sin decir NO como solución; verás que es muy difícil, porque nos han educado en la prohibición y no en la creatividad.

 

No te amargues y acepta las cosas como parte de la vida. El filósofo y emperador de Roma, Marco Aurelio, daba el siguiente consejo: “Cada mañana piensa: `hoy me encontraré con un necio, con un avaro y con un hipócrita´; y sabiendo que es así y que es propio del vivir en sociedad, no debemos extrañarnos ni amargarnos cuando nos suceda”. La perfección absoluta no existe en este mundo, pero sí podemos tratar de perfeccionarnos.

No seas tajante. No te plantees las cosas en plan “o todo o nada”.

  • No generalices. Cambia el  “esto me pasa a mí siempre” por “a veces me sucede tal cosa”, lo cual es más real. Y con el otro, cambia el “es que siempre te equivocas”, por “cuando no pones atención, te equivocas”. Nunca utilices con tu pareja términos como “eres un/a inútil”, “todo lo haces mal, no sirves para nada”, etc., porque eso la infravalora y a ti te hace prepotente; emplea “sé que estás cansado/a y, aun así, lo has hecho con todo el cariño”, “hoy no te ha salido tan bien como otras veces”, etc.; la pareja es una relación de dos en plano de igualdad, cada cual con sus características, nunca de sometimiento ni de abuso de uno sobre otro.
  • No seas fanático. “Yo sé lo que digo”, “yo tengo la razón”, “yo tengo la verdad”, etc. Así excluimos a los demás… y ellos a nosotros. Nadie está a gusto con un pedante ni con un soberbio sabelotodo. Trata de utilizar “yo propongo que…”, “yo creo que…”, “yo pienso que…”.
  • En general: sé flexible, reconoce que “todos podemos tener un mal día”.

Presta atención al mensaje y no a las palabras que te incomoden o no te gusten. Y aplícatelo también a ti mismo y a lo que sucede en tu vida interior. Desarrolla una visión global por dentro y por fuera. ¡Escucha! No te pierdas en los detalles.

Nunca hables de tus defectos en presente, siempre en pasado. “Yo era dormilón”, “yo era inconstante”.

No hables de tus proyectos en condicional. “Haría tal cosa”; di: “voy a hacer tal cosa”. Piensa bien qué es lo que quieres hacer, y si no estás realmente decidido, no permitas que ese sueño se desarrolle en ti, pues será un cadáver que arrastrarás.

En vez de decir “lo haré más adelante”, ¡ponte a hacerlo ahora mismo! No caigas en el error de la dilación: te resta fuerzas y te carcome el entusiasmo.

– Sigue el consejo de Marco Aurelio: cuando tengas que hablar de los defectos de alguien, dilos, pero no añadas nada más. “Sí, bebe mucho”, pero no le añadas: “es un borracho asqueroso”.

– Como no eres adivino, no digas “yo sé lo que piensas” y atrévete a preguntarle y escucharle. Ni te precipites en sacar conclusiones y/o hacer predicciones negativas de lo que puede suceder en el futuro.

– Por favor, no te hagas la víctima para adquirir protagonismo.

Fíjate más en los logros que has conseguido y en las cosas buenas que haces, antes que en los fallos o en las críticas o ataques que te hagan.

Si empiezas a aplicar lo que hemos hablado hasta ahora, de seguro que cambia tu vida para mejor, porque la harás más rica, divertida e interesante. Sin saberlo, te volverás cada vez más “filósofo” y estarás más cerca del lenguaje del alma, del corazón de los demás, pero también del tuyo y del de la Naturaleza.

PARA DIALOGAR O VIVIR CON FILOSOFÍA

Dice la filósofa española Delia S. Guzmán que la filosofía es una maravillosa aventura individual que nos lleva de la curiosidad a la transmutación o arte de poner en acción nuestras mejores cualidades o valores que están dormidos; una aventura que nos lleva a la AUTENTICIDAD.

Esta aventura del alma comienza cuando nos esforzamos por escuchar en vez de limitarnos a oír, sigue cuando nos esforzamos en conversar bien, en alcanzar la empatía o capacidad de ponernos en el lugar del otro porque él es importante en nuestras vidas, porque hay amor. Aquí nace ya el filósofo, aunque no nos demos cuenta, pues hay solo un paso para querer acercarnos con concordia, “corazón con corazón”, de “esencia a esencia”, dejando atrás las máscaras, etiquetas y tabúes tras los que nos ocultamos y nos ocultan las modas y convencionalismos de todo tipo.

La filosofía es un camino de largo recorrido, donde se empieza viajando hacia el interior de uno mismo para, a continuación, sacar para compartir y experimentar, volviendo a llevar hacia adentro las nuevas experiencias y madurarlas, para de nuevo volver a sacarlas para compartir y experimentar, en un dinámica como la del corazón: recoger la sangre y expandirla, recoger la sangre y expandirla… Es un viaje interior y exterior, pues hay que vivir lo que consideramos válido.

El viaje siempre tiene tres grandes etapas:

1.ª etapa. Tomar conciencia de que somos ignorantes. Es el punto de partida que nos lleva a querer salir de la ignorancia. Se despierta el amor al conocimiento, la voluntad para buscarlo, la humildad en reconocer nuestros límites y el sentido del humor, pues por mucho que sepamos nunca lo sabremos todo.

2.ª etapa. El aprendizaje. El estudio comparado es el método más eficaz porque nos permite apreciar las diferencias de los enfoques y descubrir que todos los grandes sabios y mahatmas (“almas grandes”) han buscado lo mismo. Así podemos elegir aquellas cosas que mejor se adapten a nuestra personalidad y al momento que vivimos. Empezamos a intuir la conexión entre Dios o el espíritu, el universo y el ser humano.

Hay una regla de oro, ya señalada en el s. XIX por la gran maestra de filosofía Helena P. Blavatsky: “Honrad las verdades con la práctica”. Nos va a costar un esfuerzo, pero, si lo piensas, descubrirás que todo lo importante de tu vida te ha costado un sacrificio, porque, con palabras de H. P. Blavatsky, “sin esfuerzo no hay mérito”. Aprenderás que tú eres el arquitecto de tu destino, ya que puedes modificar tus actos, para bien o para mal, y, por tanto, sus consecuencias.

Trabajarás para mejorar tu carácter; para ello pondrás en marcha tu voluntad, primero en pequeñas cosas y, progresivamente, en cosas que te cuesten más. El amor al conocimiento te hará participar en las clases tratando de faltar lo menos posible y no ciñéndote a ser como una esponja que solo se limita a absorber: mejor si además “investigas” para ampliar tus conocimientos y constatar que no te están engañando. Si te brota del corazón, podrás hacer voluntariado, ya sea interno o en proyectos sociales, culturales, medioambientales, etc.; esto te permitirá vivir de forma activa la solidaridad y el valor del trabajo y la camaradería, pues “la unión hace la fuerza”. Descubrirás que realmente puedes “hacer prodigios”, pues tú eres más fuerte de lo que crees.

3.ª y última etapa. La sabiduría o transmutación. Es la alcanzada por los sabios y mahatmas o almas grandes de la humanidad, por los grandes maestros que han ayudado a mejorar al ser humano.

Como yo sigo siendo aprendiz, poco puedo decirte sobre cómo es la conciencia a ese nivel. Lo único que puedo hacer es darte el consejo que me dieron a mí: fíjate en sus obras, en las huellas que dejó su paso por el mundo, y trata de seguirlas con tus propios pasos. Es la única forma de “sentir” y de “vivir” lo mismo que ellos.

Sí hay una cosa que sé con certeza: ¡los verdaderos sabios son felices y alegres!

¡Cuánta razón tenía mi madre! “Hijo, sonríe porque ya lo dice el refrán: a quien sonríe la vida le sonríe!”

Así que ya sabes: todo lo positivo de la vida, incluida una buena conversación, comienza con una sonrisa, porque no hay barrera que se resista a la amabilidad.

JAVIER SAURA