Nueva Acrópolis - Charles Darwin
MANUEL J. RUIZ

Hablar del fin del darwinismo no es tanto propósito de intenciones como el enunciado del último capítulo que ha comenzado a escribirse en el conocimiento científico de la vida. No es el conjunto de aspiraciones de un puñado de fanáticos creacionistas, sino la dirección que están tomando los últimos avances en el estudio del genoma, por no citar también la embriología, microbiología, etc. Todo está apuntando a la necesidad de una profunda revisión de lo que se tenía por válido en la explicación de la evolución de la vida.

La importancia de todo esto no se limita tan sólo a un aspecto meramente academicista o minoritario del conocimiento, sino que sus consecuencias son  directas para el modelo de sociedad que nos hemos dado.

La propia teoría tuvo desde sus inicios una acusada reciprocidad con las características socio-económicas de la Europa del siglo XIX.

Efectivamente, Darwin formula su teoría en plena época victoriana, con su rigidez social, la supremacía de los imperios coloniales y de la burguesía capitalista, con la concepción de razas y clases superiores e inferiores.  Malthus teoriza acerca del crecimiento demográfico, la demanda de recursos y la necesidad de impedir el apoyo a las clases pobres para limitar su expansión. El concepto de “lucha por la supervivencia” comienza a tener una claridad meridiana. Son también los momentos de las teorías económicas de Adam Smith, preconizando el libre mercado y la libre competencia.

A nivel científico ya se estaba estudiando la evolución desde hace décadas, tanto por franceses (Lamark, Diderot, y muchos más) como por ingleses. En total, más de treinta naturalistas previos a Darwin, ya hablaban de evolución, incluso especulando acerca de la selección natural. Frente a Darwin no sólo estaba el creacionismo, sino también un conjunto de teorías científicas de semejante peso y calado.

A nivel personal, Darwin es un clérigo anglicano sin una formación académica, pero con una situación económica acomodada y una gran capacidad de trabajo, que le permiten dedicarse al trabajo especulativo.

Con todo esto, Darwin no expone ideas nuevas, puesto que todo era conocido antes. El éxito de las teorías de Darwin se debe a la sencillez de su idea de selección natural de los más aptos como forma de evolución, y  a que sabe promocionarse muy bien, por encima de sus “competidores”. La propia idea de la selección natural también fue promovida por un gran zoólogo amigo suyo, llamado Wallace, que sin embargo no creía que dicho mecanismo fuese suficiente para explicar la aparición del hombre. Por último, la gran acogida y divulgación de estas ideas se debe también a que suponen un espaldarazo científico al incipiente capitalismo y sistema de mercado libre, en el que la competencia, la eliminación de los débiles y la supremacía de los mejores y más fuertes encuentran justificación en una teoría que defiende eso mismo como forma de organización de la Naturaleza.

Tras varias décadas de crisis, los avances de otras ramas de los estudios naturales, como la biometría, la ecología y fundamentalmente la Genética, renuevan el impulso del darwinismo. Se lanza la teoría cromosómica, mediante la cual se expone que cada carácter está regido por un gen, situado en los cromosomas que se transmiten de generación en generación. Se desarrolla rápidamente la Genética de Poblaciones, con elaborados desarrollos matemáticos que permiten predecir cómo se difunden entre los conjuntos de individuos las variaciones nuevas.

Todo parece encajar y se crea la llamada teoría sintética de la evolución (o neodarwinismo), mediante la cual la evolución de los seres vivos se realiza de forma gradual por medio de la selección natural sobre las pequeñas mutaciones genéticas producidas al azar. Este mecanismo sirve tanto para los pequeños cambios entre especies o subespecies, como para la creación de grandes grupos. Todo se basa en la acumulación de pequeñas variaciones surgidas al azar y seleccionadas por el entorno si se adaptan mejor a él.

A nivel social, el buen acogimiento con que se toman las ideas de Darwin entre la burguesía industrial, se transforma en pocas décadas en toda una ideología social. Así surge el darwinismo social, mediante el cual se justificaron políticas tremendamente injustas. Comienza a difundirse la eugenesia, es decir, la aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana. Se aprobaron y desarrollaron leyes, en Estados Unidos y Alemania, que propiciaron la esterilización de cientos de miles de personas para impedir la proliferación de “rasgos inferiores” supuestamente asociados a la herencia. El darwinismo sirvió de justificante a los regímenes racistas de la primera mitad del siglo XX. En honor a la verdad hay que decir que todas las aberraciones que se cometieron como una mala consecuencia del darwinismo, han sido denunciadas y superadas por la propia clase científica. Pero todavía quedó el poso de la “supervivencia del más fuerte”.

Mediante el darwinismo, se ha llegado también a explicar el comportamiento como fruto de la selección natural. Así la competencia es la aptitud natural. Lo altruista sólo existe porque en un momento determinado fue útil. La sociedad competitiva acabó predominando frente a la sociedad cooperativa que propugnaban ideólogos de las diversas revoluciones decimonónicas. Kropotkin, aristócrata y anarquista ruso llegó a proponer, sin éxito, que la selección natural favorecía la ayuda mutua frente a la competitividad.

¿Cuál es la situación ahora? De desmoronamiento del viejo paradigma.

Frente al darwinismo nunca ha dejado de haber objeciones. Las más perseverantes y sólidas han sido las relativas al gradualismo (no se encuentran eslabones perdidos en el registro fósil), las mutaciones al azar y la capacidad de la selección natural para producir el aislamiento reproductor que hace falta para producir una nueva especie a partir de otra. Teniendo en cuenta estas variables, Stephen J. Gould plantea ocho perspectivas de la evolución, es decir, las posibles combinaciones teniendo en cuenta el modo de cambio (debida al medio ambiente o a factores internos), la dirección (al azar o finalista) y el tiempo (gradual o a saltos). Llegó a formular una teoría (la llamada, de los “equilibrios puntuados” o puntuacionista) que es opuesta al darwinismo en algunos planteamientos, aunque admite la selección natural como motor principal.

Tras la segunda mitad del siglo XX surgen teorías que van en contra de algunos de los postulados del neodarwinismo. Pero las objeciones más fuertes  provienen de manos de filósofos de la ciencia y del avance de materias como la Genética, la Embriología y la Bioquímica.

Karl Popper, uno de los más prestigiosos filósofos de la ciencia del siglo XX sostuvo que el darwinismo tiene un carácter tautológico (“los que sobreviven son los más aptos” es un pensamiento circular), y por tanto, como toda teoría tautológica,  tiene un poder explicativo prácticamente nulo. No es posible contrastar la hipótesis. No es una verdadera teoría científica. Para que llegase a serlo (con posibilidad de contrastar falsadores, es decir, conocer e identificar lo falso) tendría que reformularse de nuevo. Para ello, Popper sugirió una serie de cambios que obligarían a admitir que la selección natural no siempre sería el motor de la evolución, puesto que los seres manifiestan también voluntad de acomodar el entorno a sus necesidades.

Lynn Margulis, destacada microbióloga, ha llegado a postular, tras sus trabajos con bacterias y otros organismos unicelulares, que los mayores niveles de complicación en la organización celular se deben a procesos de simbiosis, y que esta integración de los contenidos genéticos de una especie en otra, es el principal motor de la evolución, independiente de la selección natural.

Los avances en genómica han supuesto una auténtica revolución. os caracteres no están controlados sólo por genes. No es cierto lo de “un gen, un carácter”. Por lo tanto, la alteración de la frecuencia génica no es la “materia prima” sobre la que trabaje la selección natural. Los genes están controlados por otros genes y por varios niveles de regulación por multitud de proteínas. Influye también la célula en la que se encuentre el gen, el momento de desarrollo y determinadas condiciones ambientales del interior celular. Existen genes móviles denominados transposones, que se trasladan de unas partes a otras del genoma, largas cadenas aparentemente inertes, llamadas intrones. Incluso se han identificado múltiples secuencias de ADN bacteriano (muchas más de doscientas en el genoma humano) y retrovirus insertos en los cromosomas, responsables de la codificación de proteínas. Además, se han descubierto los llamados genes Hox, que controlan el desarrollo morfológico en la embriogénesis, y que se encuentran en todos los grandes grupos.

En definitiva, parece que la genética, que a principios del siglo XX dio aire al neodarwinismo al proporcionar la “materia prima” para que opere la selección natural, avanza en el sentido contrario: podrían darse cambios en los caracteres del individuo sin que intervenga la selección natural, sino procesos estrictamente internos.

Otro de los grandes puntos débiles que se está encontrando en la teoría sintética de la evolución es con respecto a su falta de correspondencia con principios de la física moderna. D’Arcy Thompson puso de relieve cómo muchos aspectos del crecimiento y de la forma de los seres vivos de deben exclusivamente al cumplimiento de leyes físicas. Por otro lado, según se está mostrando con las investigaciones sobre los sistemas complejos, estos tienden al orden de manera natural, por una suerte de leyes innatas del sistema. Las consecuencias en biología son evidentes, tanto en el origen de los primeros agregados biológicos como en la organización de los sistemas biológicos. Biólogos como Kauffman están estudiando cómo los ecosistemas y los organismos son sistemas complejos y se ordenan de forman natural. En ambos casos, independientemente de la selección natural.

El asunto del azar también es discutido a la luz de la física. Los procesos vitales se comportan de manera cuántica; es decir, se van autoorganizando en niveles superiores que sólo tienen sentido teniendo en cuenta los inferiores. Ejemplo: formación de células eucariotas partiendo de bacterias, la formación de tejidos desde células, etc. Todo esto plantea una dirección (ausencia de azar). También están las nociones finalistas derivadas de la física relativista: el tiempo es una dimensión extendida, como el espacio. Los hechos actuales dependen del tiempo pasado y del tiempo futuro. Por lo tanto la evolución de los seres vivos no es un proceso al azar.

Con todo, se está empezando a hablar de la evolución a dos niveles: macroevolución, o formación de los grandes grupos de seres vivos, y microevolución, o pequeñas adaptaciones específicas a determinadas variaciones ambientales. Se está postulando que en el seno de cada uno de los Filum (divisiones de los seres vivos en grandes grupos: artrópodos, gusanos, cordados, etc) puede existir una especie de programa interno de macroevolución, de tal manera que estos se irían desarrollando a lo largo del tiempo de acuerdo con este programa interno, independientemente de la selección natural.

Por último, dentro de estas breves menciones de planteamientos alternativos al darwinismo (no están todos, ni mucho menos), no puede dejarse de lado el resurgimiento de la teoría de los caracteres adquiridos del biólogo francés Lamarck, y principal oponente de Darwin. Estudios recientes en inmunología ante enfermedades y en la resistencia a los plaguicidas por parte de plagas, están haciendo desempolvar esta teoría, mediante la cual los caracteres se van adquiriendo mediante el uso.

Lo cierto es que está surgiendo una “tercera vía” poderosa en el ámbito del conocimiento de la evolución biológica. Los darwinistas ortodoxos y acérrimos siguen planteando el discurso en los términos de neodarwinismo o creacionismo (que dicho sea de paso, también está renaciendo sorprendentemente: los que siguen al pie de la letra los primeros versículos del Génesis crecen como la espuma). Pero la realidad va por otros derroteros y ya se habla de reconocer que la Naturaleza está construida de modo inteligente sin necesidad de recurrir al creacionismo forzoso.

Honestamente, no creo que estemos frente al fin del darwinismo como teoría científica, la cual tiene  aspectos plausibles a determinadas escalas de la ecología de poblaciones. Sin embargo,  ya no puede seguir estableciéndose la idea de que la evolución de los seres vivos, como concepto, es sinónimo de darwinismo, neodarwinismo o teoría sintética de la evolución.

Tomando los conceptos desarrollados por Kuhn, otro filósofo de la ciencia, el viejo paradigma que acoge al neodarwinismo queda obsoleto y hay cambiarlo por un nuevo paradigma: una nueva revolución científica.

En el fondo, todo el debate se centra entre la concepción de un mundo materialista y la concepción de un mundo no exclusivamente materialista.