Nueva Acrópolis - educación musicalESMERALDA MERINO

¿No es extraordinario que unas tripas de carnero hagan salir a las almas de su envoltura humana? (Shakespeare, Mucho ruido y pocas nueces).

Así se expresaba el genial dramaturgo inglés a través de Benedicto para referirse a la sublime emoción que le embargaba al escuchar los sonidos emitidos por las cuerdas de un instrumento.

¿Es capaz la música de modelar, como defendían los griegos, el sentido ético de una persona, su valor moral, su comportamiento individual y colectivo, educándola, en una palabra?

Ante todo, deberíamos delimitar el contenido de la palabra educación y saber qué tipo de enseñanzas son las que educan y cuáles no, porque, como decía Platón en su Protágoras, una vez que el alma las recibe, recibe también su efecto dañino o beneficioso.

Jinarajadasa defiende que uno de los fines de la educación es que la persona establezca dentro de sí misma ciertos ideales elevados, ciertas modalidades superiores de pensamientos, de sentimientos y de acciones. Esto se puede conseguir por dos medios.

Por un lado, a través de generalizaciones destiladas, es decir, de experiencias que podemos hacer nuestras sin necesidad de vivir en carne propia las situaciones concretas que las conforman. En la vida real extraemos una experiencia de una serie de situaciones del mismo tipo por las que pasamos. Pero podemos comprender, por ejemplo, a qué nos puede llevar la ambición, la venganza, los celos o la traición acompañando a los personajes de las tragedias de Shakespeare sin necesidad de pasar en la vida real por las situaciones que ellos atraviesan. Del mismo modo puede surgir en nosotros el deseo de emular las virtudes y valores de los personajes moralmente cabales.

El otro medio que propone Jinarajadasa para una buena educación es la disciplina de la imaginación. La imaginación es una facultad constructora que podemos disciplinar de modo que agrupe y reagrupe todas las experiencias hasta que el individuo edifique por sí mismo una estructura de ideales éticos, filosóficos y científicos.

Dice la profesora Delia Steinberg Guzmán que educar es educir, extraer del interior del hombre su rico caudal de experiencia acumulada a través de los tiempos. Un hombre bien educado vive su completura, en su polo inferior de materia y en el superior del espíritu. Un hombre poco educado vive a medias, preferentemente allí donde el peso le obliga a caer: en el mundo físico.

El hombre que trabaja la madera conoce las vetas de la materia con que trabaja, y si tuviese un aprendiz a su lado, podría enseñarle todo lo que ha recogido en su experiencia continuada. Pero si el hombre no trabaja su madera interior, ¿qué puede observar?, ¿qué puede recoger?, ¿qué puede transmitir?

Para el profesor Livraga la educación, en el sentido de formación del carácter, es una actividad permanente del individuo para la que nunca es tarde ni temprano. La educación es la capacidad del ser humano de educir una serie de cualidades que le permiten relacionarse con la cultura y transmitirla. Pero esta transmisión de una generación a otra no se refiere solo a los elementos de la cultura, sino a un cierto ámbito psicológico y mental, de tipo espiritual y físico que permite a cada hombre recrear parte del proceso de la humanidad aportando su propia fuerza. Por eso nos recuerda la necesidad de educar en el niño no solo la mente, sino también las emociones y la parte física.

Señala, además, una característica peculiar del ser humano, esencial para entender la relación entre educación y arte: el hombre tiene capacidad de creación. Una araña que vea destruida su tela no puede hacer otra cosa que volver a tejer una nueva; no puede aprovechar lo que quedó de la anterior. En cambio el ser humano posee imaginación que le permite superar obstáculos, adaptarse a las circunstancias imprevistas y superarlas, y tener una fuerza espiritual propiamente humana con la que recrear en obras todo un mundo interior.

La música y los niños

La natural relación del niño con la música llevó a Dalcroze, compositor y pedagogo suizo nacido en 1865, a realizar interesantes experiencias didácticas retomando la vieja idea de los griegos de que la música es esencial en la educación del alma.

En Grecia se cuidaba que la educación de los niños no olvidara la formación de la parte física a través de un culto a la fuerza y a la pureza (gimnasia), y de la parte espiritual a través de la música, que abarcaba todas aquellas disciplinas protegidas por las musas. Se pretendía un cuerpo sano y un espíritu cultivado, propenso a las artes y a una actitud humanista.

Dalcroze observó que la música exige unas capacidades de ordenación y de construcción, las cuales dependen de un estado interior de equilibrio, de su escala de valores y de cómo se sientan las variaciones de velocidad y pesadez. Entonces sintió la necesidad de crear un sistema educativo capaz de regularizar las reacciones nerviosas del niño, desarrollar sus reflejos y disociar sus ritmos naturales a partir de la música asegurándole la posibilidad de reaccionar sobre cada uno de ellos aisladamente, con el fin de llegar a armonizarlos, aunque fuera inconscientemente, y de luchar al instante e instintivamente contra toda pasajera falta de armonía.

Los ejercicios de la Rítmica de Jaques Dalcroze eran cada uno de naturaleza diferente, pero todos tendían a los mismos fines: reforzar la sensibilidad, regularizar los hábitos motores, crear nuevos reflejos, desvelar las facultades imaginativas y desarrollar el sentido de la construcción equilibrada, cada una de estas ideas apoyada sobre las otras.

De ese modo defendía que se podía pasar insensiblemente y sin teorizar de la música como fuerza ordenadora y vivificadora a la música como lenguaje inefable que conmueve y lleva serenidad al alma, y a la música como arte sublime que exalta nuestro espíritu, todo ello en un ambiente colectivo de estímulo y de emulación entre los niños.

Dalcroze llegó a descubrir y reconocer que existen directas y estrechas relaciones entre los desajustes rítmicos de muchos niños y sus defectos de carácter. Este niño falto de equilibrio en la marcha se muestra también desequilibrado en sus razonamientos; este otro incapaz de marchar siguiendo la música sin retardar cada paso, sigue con mucha dificultad en la escuela las explicaciones; el de más allá, que precipita el tiempo cuando marcha, conduce su pequeña vida intelectual y sentimental de una manera agitada, desconcertante y precipitada.

Enseñad a los niños –decía Jinarajadasa– la exactitud de movimientos por medio de la danza; que anoten lo que vean en líneas, color y forma; que expresen abiertamente en poesía lo que sientan; que obedezcan al tono y al ritmo cuando canten; y así les enseñaremos nuevas maneras de dominio propio.

Bibliografía

El arte y las emociones. C. Jinarajadasa. Ed. Orión, 1975.

El ritmo en la educación y formación general de la infancia. Juan Llongueras. Ed. Labor 1942.

Los juegos de Maya. Delia Steinberg Guzmán. Ed. NA, 1982.

Magia, religión y ciencia para el tercer milenio (II). Jorge Ángel Livraga. Ed. NA, 1996.