Nueva Acrópolis - Novedad y eternidadDELIA STEINBERG GUZMÁN

Queremos hoy concederle el sitio de nuestras observaciones a la nunca bien ponderada NOVEDAD. Es la novedad un afán casi incontrolado que obliga al hombre a los cambios más inauditos con tal de que las cosas que hoy ostenta no tengan nada que ver con las que ayer mostraba.

Pero ¿existen en verdad tantas cosas nuevas como para cubrir el largo camino de la evolución humana? No vamos a caer en la tentación de sacar a relucir los innumerables refranes que se asemejan a aquello de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Precisamente, recordamos las palabras de una gran filósofa del siglo pasado, Helena Blavatsky, quien afirmaba que la sabiduría habilidosa consiste en presentar “el viejo vino en odres nuevos”.

Y asusta comprobar cómo quienes prefieren para su paladar vinos de antiguas cosechas y largo almacenamiento, dan de beber en cambio a sus almas el jugo flojo y sin sabor de las ideas “a la moda”, fruto del día no siempre maduro, y lo que es peor, con pocas posibilidades de madurar, ya que muchas veces no son más que plantas artificiales…

Creemos, en verdad, que la novedad, en su sentido superficial, es la contraparte más absoluta de la eternidad. Los hombres que se saben eternos e infinitos, que sienten su raíz afincada en lo hondo del cosmos, no temen las sanas repeticiones, pues ellas los acercan inexorablemente al Principio Divino. Como diría Aristóteles, la virtud es el fruto de una larga serie de hábitos virtuosos. Pero quienes, en cambio, se consideran tan pasajeros como las sombras nocturnas, quienes nada esperan de la vida, buscan el cambio curioso y móvil, el aliciente que los ayude a soportar tanto vacío interior.

Cuando un libro, una buena música, una obra de arte, una representación teatral, están llenos de símbolos y de ideas sugestivas para el alma, no importa leer varias veces lo mismo, o escucharlo, verlo, gozarlo repetidamente, pues cada oportunidad es buena para captar nuevos contenidos. Pero cuando el arte es elemento de distracción, las cosas se ven tan solo una vez… Y como el arte, las ideas sirven para un día, lo mismo que las modas, que los amores, que las verdades…

¡Triste el hombre que corre desesperado tras una novedad que ha de hacerlo elogiable ante los demás! Porque las verdades pueden renovarse a lo largo de miles de años, pero no pueden innovarse o dejarían de ser verdades. No por innovar aceptaríamos que el sol ya no calentase, o que la luna asumiese la forma de un triángulo. Así, si tuviésemos firmes las ideas rectoras para nuestra vida, nos provocaría susto, desconcierto y sana reacción el ver cómo se cambian las cosas, tan solo porque hay que cambiarlas para no ser “anacrónicos”.

La filosofía enseña que el tiempo es una ilusión; el “anacronismo” es otra ilusión creada por la falta de evolución espiritual. La mayor novedad es poder vivir la misma verdad en las distintas etapas de la existencia. Lo viejo y lo nuevo no existen en la dimensión atemporal de la verdad. Solo existe lo real y lo falso, y solo se concibe el movimiento en cuanto él nos acerca a la perfección. Más movimiento, más cambio: más síntomas de que aún tenemos mucho que caminar y poco para vanagloriarnos. Más firmeza, más seguridad en los caminos que elegimos: más posibilidad de penetrar el misterio siempre eterno y siempre renovadamente fresco que vive en el corazón de cada
hombre.