M.ª ANGUSTIAS CARRILLO

La primera cantata de Bach fue escrita en Arnstadt hacia 1704 y se titula Puesto que Tú no abandonarás mi alma en el infierno, sobre un texto anónimo, y lleva el número 15 del catálogo BWV. Ya en Mülhausen, donde fue nombrado organista de la iglesia de San Blas en 1707, compuso dos de las más bellas cantatas que conservamos: la BWV 131: Desde lo más profundo clamo a Ti, Señor, y la BWV 106: El tiempo de Dios es el mejor. La cantata 131 se estrenó en 1707, tras haber sufrido la ciudad los efectos devastadores de un gran incendio. El ministro de una de las iglesias destruidas pidió al compositor que escribiera una cantata sobre el Salmo 130, De profundis clamavi, y J. S. Bach creó una música en la que supo expresar toda la inmensa tristeza de los que habían perdido su fortuna o sus seres queridos en el incendio. En la primera aria, el bajo solista, acompañado solamente por el oboe, el violoncelo y el órgano, clama: «¡Señor!, ¡Señor!»; como suplicando: «¡escúchame, no me abandones!» de una forma realmente conmovedora, y el coro final termina con una preciosa fuga.

En la BWV 106, conocida también como Actus tragicus, el texto parece ser que está elaborado por el propio Bach. Es una amarga y a la vez exultante descripción del aspecto liberador de la muerte. Esta famosa cantata constituye para muchos su primera obra maestra. Tras el preludio instrumental al que antes aludimos, de patética belleza, el coro expresa sentimientos de serena y confiada esperanza, subrayados por dos preciosas arias de tenor y de bajo. La parte central de la cantata está construida por un coro en el que contraltos, tenores y bajos desarrollan contrapuntísticamente una sólida figuración apoyada sobre el incesante martilleo del bajo continuo.

Rara vez la música ha sabido darnos, con tan pocos medios, unos momentos de emoción tan intensos y auténticos.

En julio de 1708, J. S. Bach se instala en Weimar, la pequeña corte alemana que un siglo más tarde iba a ser llamada por Goethe la «Atenas germánica». De este período, en el que se cimenta su fama como el mejor organista de Alemania, se conservan unas veinte cantatas, que se distinguen por una menor amplitud de las partes corales, con ventaja para el recitativo y las arias. Las más destacadas son la BWV 61, Ven, Redentor de los paganos, la BWV 31, El cielo ríe, la tierra se alegra, y la BWV 21, Yo estaba muy acongojado, dividida en dos partes, que es una de las más largas y quizá la más bella de este período.

En diciembre de 1717, el músico y toda su familia se trasladan a la corte de Köthen, donde pasarán cinco años felices hasta su definitiva instalación en Leipzig. En esta etapa al servicio del príncipe Leopoldo de Anhalt-Köthen, espíritu sensible, generoso y gran amante de la música, la obra de Bach toma un rumbo completamente nuevo, pues la corte era calvinista y, por tanto, la música religiosa apenas tenía cabida en ella. El compositor disfrutó en estos años de una tranquilidad familiar y una posición mucho más digna que las que hasta ahora le habían otorgado sus anteriores cargos. Su producción en el campo instrumental alcanzó metas asombrosas; suites, sonatas, partitas, conciertos, invenciones, preludios, fugas, oberturas y la famosa colección de los seis Conciertos de Brandeburgo pertenecen también a esta época de intenso trabajo en la madurez de su genio.

El 23 de octubre de 1723 toma posesión del cargo de Cantor de Santo Tomás en Leipzig, última etapa de su errante vida, donde escribe la mayor parte de sus cantatas. Pero Bach era, además de un compositor genial, una persona muy práctica, por lo que cuando ya llevaba varios años escribiendo una cantata semanal, decidió que muchas de ellas podía volver a usarlas, y ya sólo componía una cantata nueva para días muy señalados. No obstante, de Leipzig se conservan más de cien cantatas.

Mucho más se podría decir de las cantatas de Bach, pues este trabajo es solo un estudio muy superficial. Dichas cantatas abarcan toda la vida de su autor y aún hoy día no se conocen todas las circunstancias de su creación. Lo mejor es escucharlas y tratar de sumergirse en ese mundo mágico lleno de equilibrio y armonía que su envolvente sonido crea a nuestro alrededor.

Bach fue siempre un luchador solitario, silencioso y tenaz. Trabajaba sin horarios, pero empleaba en ello la mayor parte del día y de la noche si era necesario. Fue considerado por sus contemporáneos como un gran improvisador e intérprete magnífico, pero como compositor se le consideraba excesivamente conservador y no tuvo nunca el éxito de su contemporáneo Haendel ni las simpatías de sus superiores. Impertérrito, él seguía las líneas que se había propuesto, componiendo a su placer sin tener en cuenta las opiniones que no le interesaban. Para el mundo que le rodeaba podía dar la impresión de que tenía un carácter excesivamente extravagante e independiente, y tuvieron que pasar muchos años para que el público empezara a aceptar y reconocer toda la grandeza de su música genial, pues las modas que siguieron a su muerte, en 1750, llegaron a ocultar su gigantesca figura. El inicio de su rehabilitación se inició en 1829 gracias a F. Mendelssohn y, desde entonces, su prestigio ha ido creciendo hasta nuestros días, al punto de que hoy es casi un músico de moda.