JOSÉ VALENTÍN

A la hora de elegir las obras con que representar el universo simbólico de Hesse, encontré serias dificultades, por cuanto cada uno de sus libros supone una revelación de una nueva parcela de su sabiduría, una recreación del infinito paraje literario de nuestro autor. Podría haber elegido otras obras, y acaso la elección hubiese sido más acertada.

El lobo estepario

Una de las mejores creaciones de su autor, El lobo estepario (1927) es probablemente la novela con una mayor carga autobiográfica.

Quiero advertir al lector habitual que la lectura de esta obra puede resultar peligrosa, y acaso más de uno hiciese mejor en seguir el consejo del autor: “No para cualquiera. Solo para locos”. Si sus manos tocan el libro, si sus dedos abren las páginas del breviario y sus ojos se deslizan con pasión entre sus fórmulas mágicas, bueno es que sepa entonces lo que puede suceder. La travesía que probablemente inicie de manera confiada e ingenua es un viaje hacia los Infiernos.

Una de las más hermosas imágenes mitológicas que ha cruzado nuestra literatura, con su pupila roja y su aliento de muerte, pero acaso también con el más lúgubre y desgarrado aullido de desplazado, es la del lobo. Fiel a su condición de marginal, de Hijo de la Noche, la Pasión y la Tragedia, el lobo buscó refugio entre nuestros cuentos. Los niños le dieron mejor acogida. Hesse retoma el tema de la licantropía y nos muestra, con la vehemencia de quien sintió en su propia piel crecer el pelo y las garras, el universo invernal, desconocido e injustamente despreciado del solitario de las estepas: el lobo, que estaba solo entre los fastuosos palacios de los nobles, con su ralo pelaje; solo entre las gentes sencillas, con su sello de Marte; solo entre los plebeyos con su viejo porte aristocrático; solo con el abrazo terrible de las frías nieves y la caricia de las estrellas.

En realidad, Hesse presenta la obra como si no fuese suya, atribuye su creación a un pobre loco fabulador que en sus noches de delirio creó una quimera de notable calidez imaginativa. Se trata de las anotaciones del diario de Haller –estéril esfuerzo, por cuanto este, Harry Haller, presenta las mismas iniciales de Hesse, H.H.–.

Este personaje singular, con profundos conocimientos pero sin una sola mano amiga, sin una sola voz con que llenar sus oídos, es un desheredado, nos recuerda aquel holandés errante, solo con sus magníficos libros, su océano oscuro y los fantasmas de su tripulación.

Al borde del suicidio, Haller encuentra una taberna, “El Águila Negra”, donde conoce a una curiosa mujer. Armanda –o Herminia, según qué traductor– es un enigma extraordinario y el más maravilloso de los personajes hessianos. Igual puede verse en ella una mujer ligera y veleidosa como la más digna de las sacerdotisas del culto a la Divinidad. Ella calma su espíritu de guerrero antiguo, sin tener siquiera guerra que ganar o en que morir, baña su alma en la dulce lactancia de la Madre y maquilla el deseo con la más prohibida de las pasiones: el amor. En verdad que solo Maya, huésped constante del escritor alemán, puede sonreír tras el velo que hace flotar Armanda.

Lo más grande de la obra, acaso el fragmento más hermoso, más sabio, más divino que Hesse haya escrito, llega con el misterio del “teatro mágico” –con evidentes reminiscencias de las producciones dramáticas de Esquilo–. Haller encuentra ante sí mil puertas diferentes con mil secretos augurios. Tiene ante él la inconmensurable baraja de posibilidades con que juega el hombre en la vida. Algunos de los títulos más variados rezan como sigue:

Mutador. Transformación en los animales y plantas que desee.

¿Quiere usted espiritualizarse? Sabiduría oriental.

Instrucciones para la reconstrucción de la personalidad.

Todas las muchachas son tuyas.

Maravillosa doma del lobo estepario.

Magia blanca y negra, renunciamiento y deseo, aniquilación y gloria. Todas las puertas son tuyas, pero ¡cuidado! A veces la hiel es muy amarga. El “teatro mágico” es el reino de nuestra dimensión, vivimos encadenados a él, vislumbramos una sombra tras los decorados, pero mil y mil juegos nos raptan, y nuestra alma despliega sus magníficos dones entre los reflejos de una maravillosa “casa de los espejos”. Eso es nuestra vida; más allá de la novela de Hesse, nos alimentamos de juegos más o menos velados. Cada puerta que abrimos nos alcanza una gama de posibilidades, nos cierra otra. Cada momento es mágico, porque es insustituible. El viejo Cronos preside también el baile de disfraces.

Cuando Haller mata a Herminia –nótese, el femenino de Hermann, su contraparte–, es el mundo manifestado quien muere tras su estocada. Tras el suave pecho de Armanda se oculta la luz de los misterios reales, Maya es solo bellísima burbuja de cristal.

Narciso y Goldmundo

Trazaré con rapidez mis impresiones sobre estos libros, porque un artículo no puede agotar la interminable cantera de sugerencias e ideas que brinda Hermann Hesse.

Narciso y Goldmundo es una de las joyas más polémicas de su literatura. No faltan autores que han llegado a calificarla directamente de inmoral. En realidad no lo es, y si la juzgan así es porque no profundizan tras el mito. La historia de don Juan, en sus múltiples variedades y formas, presenta siempre una enseñanza útil y provechosa. Narciso y Goldmundo son dos novicios del convento de Mariabroon. Ambos aspiran a la vida piadosa y monástica, pero cada uno de ellos lleva una suerte distinta de destino bajo su alforja. Narciso (el enamorado de sí, de su propia belleza interior), proseguirá toda su vida en el convento, fiel a su búsqueda de sabiduría y pietismo, pero no así Goldmundo (boca-de-oro), que marcha en pos de la vida sensual y de aventuras felices. Narciso dice a Goldmundo:

“Tú eres artista y yo pensador. Tú duermes en el regazo de la madre y yo velo en el desierto. Para mí brilla el sol, para ti la luna y las estrellas”.

Goldmundo se pierde, pero aparece, al fin, vencido y gastado. En la primavera de su vida cortó muchas flores, hermosas y tiernas, pero llegó el invierno de los sentidos, la vejez física, y la última de las mujeres le despreció y se escondió bajo su pudor. Goldmundo regresó abatido, presto a morir a la sombra de los umbrosos tilos del convento de su juventud. Narciso le recibió con los brazos abiertos. Nada hay más dulce que el reencuentro con un alma perdida entre veredas misteriosas. Es Goldmundo quien dice:

“Desde hace muchos años, ha sido el más querido y misterioso de mis sueños hacer una escultura de la Madre; ahora, de modo extraño y desconcertante, en vez de ser mis manos las que le den forma es ella la que me da forma y me configura. Me agarra del corazón, llevándoselo y dejándome vacío, me arrastra a la muerte y muere conmigo también mi sueño, la bella figura, la imagen de la gran Madre-Eva. Aún la puedo ver y si mis manos tuvieran la fuerza necesaria, sería capaz de esculpirla. Mas ella no lo desea, no quiere que yo revele su gran misterio. Prefiere que yo muera. Y muero de buena gana, pues ella endulza mi trance”.

“¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, si no tienes Madre? Sin Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir”. Narciso no se apartó un momento de su cabecera. Las últimas palabras de Goldmundo la abrazaron como fuego en el corazón.

Libro de fábulas

Aparece en 1935. Es poco lo que puede decirse de esta obra maravillosa. Es una colección de fábulas, relatos breves, leyendas… Aquí el autor nos ofrece otra muestra de su quehacer en un campo bien distinto. Son pequeñas historias cargadas de belleza y sentido, porque también en las pequeñas diademas hace falta la mano prodigiosa del mágico joyero que sabe engarzarlas unas con otras. Los más divinos broches de su literatura los creó Hesse en sus relatos, fabulaciones, ensoñaciones breves con aires mitológicos. Apenas una página y media son capaces de ofrecernos toda la sabiduría que contienen sus aguas.

Son como el arroyo que en un trecho de su camino, al saltar entre las piedras, canta la misma canción eterna que en su largo recodo hacia el mar.

Las mejores de las “fábulas” –no lo son en sentido literal, pues rara vez intervienen animales– dibujan un instante el vuelo de pájaro del alma humana sobre las civilizaciones extinguidas: “Tres leyendas de Tebas”, “El sitio de Kremna”, “Chagrin d´amour”, “El tritón” o “Una velada con el doctor Fausto” se recortan contra el paisaje milenario egipcio, la Roma imperial, los caballeros del Grial medievales, los heraldos de la Atlántida o nuestra vieja Europa hipotecada a las fuerzas tenebrosas. Prodigiosa colección de susurros velados.

El juego de los abalorios

Finalmente, El juego de los abalorios, publicada en 1943, en plena madurez –excesiva madurez, quizá–, con frecuencia supone una pequeña decepción para aquellos que se acercan a la obra del novelista autor de Siddharta o El lobo estepario. El libro presenta evidentes fallos temáticos que es difícil perdonarle a un autor curtido en este tipo de obras de Hesse. Y no es que no tenga fragmentos de indudable valor. Incluso podría hacerse un estudio astrológico de la obra, relacionando cada uno de los doce capítulos que la integran con un signo zodiacal. La relación es evidente. Se podrían formular mil teorías dispares, pero me limitaré a señalar la que considero más evidente y que nadie ha señalado aún. La historia que trata está inspirada en un caso real de un personaje de nuestro siglo que falleció hace poco, llamado J. Krishnamurti. Me apoyo para ello en los siguientes elementos:

1.- Las iniciales del personaje (en toda su obra Hesse juega con nombres e iniciales) son J.K., pertenecientes a Josef Knecht. J.K., así firmaba también Jidduh Krishnamurti.

2.- La historia de un místico perteneciente a Castalia que abandona la orden y renuncia a su misión es también la historia de nuestro hombre.

3.- El ingreso de Knecht en la orden se produce cuando este es muy pequeño, apenas un jovencito. También esto coincide.

4.- En uno de los apéndices a la obra, Knecht expone un relato imaginario al que titula “El hindú”, y desarrolla la acción en la India milenaria; Krishnamurti era hindú.

5.- Krishnamurti estuvo vinculado a una “Castalia” muy concreta a la que también estuvo probablemente vinculado Hesse. La Castalia descrita se parece, en sus virtudes y defectos, a la histórica como una gota de agua a otra.

6.- Es, pues, probable, que Hesse conociera personalmente la historia de Krishnamurti y de su orden, y quisiese darle forma literaria. A lo largo de toda su obra, Hesse demuestra esa profunda vena esotérica que le vincula directamente a grupos u órdenes que, dada su época histórica y su ubicación geográfica, difícilmente podían ser otros.

7.- Krishnamurti abandona la orden en 1930. Hesse comienza a trabajar en su libro en 1931. Lo publicará más tarde, pero la idea es contemporánea del hecho histórico.

Lo más grande de la obra reside en los relatos y en los poemas que integran el apéndice. La mejor despedida que podemos dar es aquella que refulge a través de sus propios versos:

“Encumbrémonos en alas del misterio

que encierran las mágicas fórmulas y leyendas:

dentro de ellas se plasman en cara alegoría

lo ilimitado, lo proceloso, la vida:

Suenan como constelaciones cristalinas;

a su servicio cobra sentido nuestra vida,

pues nadie que proceda de su círculo

puede moverse sino hacia su sagrado centro”.