ROSA ENTRENA

Uno de los problemas principales del hombre actual es su deseo impetuoso de “delimitar”, no solo los objetos de su vida, sino también los conceptos de su mente. De esta forma, queriendo abarcarlo todo en su mano, la vida se le escapa “como el agua entre los dedos”. Y es que hay esencias que no se pueden contener ni medir. Es necesario que el hombre se olvide del reloj y, tomándose todo el tiempo del mundo, vuelva a sentir en sus venas el maravilloso misterio de la vida: el misterio del agua.

Contemplando el agua, sentimos el despertar de un conocimiento intuitivo. Ante nosotros se abren las puertas a otras realidades. Solo tenemos que esperar a que la música del mar inmenso o la quietud del lago transparente nos transporten a los mundos de la imaginación.

Dejémonos atrapar por esa fuerza ancestral que nos lleva hacia el mar, sintamos cómo los brazos de la Madre Agua se abren para acariciarnos y tranquilizarnos con su música, al tiempo que una fuerza misteriosa nos quiere arrastrar hacia el fondo del abismo, en el abrazo frío de la muerte… del misterio.

Porque el agua, además de ser el elemento químico que nosotros conocemos como H2O, es también una esencia cuya historia es mucho más antigua que la del hombre, que la de la Tierra. El agua es tan vieja que, si pudiésemos interpretar sus movimientos, veríamos el dibujo de la evolución de la vida; si comprendiésemos sus colores, descubriríamos que son el reflejo del cielo y la luz en sus diferentes manifestaciones, y si entendiésemos el cantar de su música en los arroyos, en los ríos, en el mar, sin duda tocaríamos con los dedos el lenguaje de los dioses; la sabiduría de la vida.

Las aguas de la vida

Tras laboriosos años de investigación, la ciencia ha confirmado la milenaria enseñanza de las antiguas tradiciones: “La vida comenzó en el mar”. Pero hace miles de años que estos conocimientos estaban escritos en los Vedas. Ocultos bajo un lenguaje extraño para el profano, su forma simbólica parecía increíble a los que no poseían la clave para su interpretación. En la Antigüedad, estos conocimientos eran considerados misterios, no en el sentido que hoy se le da –acientífico–, sino en el verdadero sentido etimológico de la palabra, es decir, conocimientos secretos. Por esta razón, solo eran transferibles a aquellos que demostraban ser merecedores de su revelación. Muchos científicos, ante la infranqueable barrera de su traducción, propagaron a viva voz que las doctrinas religiosas antiguas no eran sino cuentos para niños. Nosotros, desgraciadamente, tampoco poseemos la clave para comprenderlos en todo su significado, pero seguimos admirando los vestigios que, esparcidos por la Tierra, nos legaron; quizás para advertirnos de que en otros tiempos el hombre poseía conocimientos hoy perdidos, quizás para despertar en nuestra conciencia recuerdos de eternidad.

Todavía hoy podemos leer algunas de aquellas enseñanzas traducidas a un lenguaje más comprensible para nosotros: son los escritos de filósofos como Tales de Mileto:

“El agua no es la causa de la Naturaleza, sino la Naturaleza misma, considerada en la raíz de su propia espontaneidad, physis que brota de una espontaneidad autoconstitutiva”.

Observando la Naturaleza, también nosotros nos podemos dar cuenta de esta gran verdad, pues todas las simientes son de naturaleza húmeda, y es precisamente esta humedad la que les confiere el poder germinativo de la vida, la physis o capacidad de hacer surgir.

En las antiguas tradiciones, estas aguas recibieron el apelativo de “aguas primordiales” o “aguas caóticas”. De ellas emergen todas las cosas, y en ellas se sumerge, para morir, todo lo manifestado. Tendríamos que retroceder al principio de la creación para tener un conocimiento experimental de las mismas, o remontarnos al ocaso del universo para comprobar lo que las tradiciones dicen por la boca de la diosa lo, conocida en todos los pueblos bajo diferentes nombres:

“Yo soy la que es, ha sido y será”.

“Yo soy la Naturaleza, Madre de todas las cosas, dueña de todos los elementos; origen y principio, Reina de los Mares…”.

Porque las “Aguas de la Vida” no son solamente el alfa de la creación, sino también el omega de la disolución del universo. Contienen en su seno el poder germinativo de la madre y el poder destructivo del fuego. Por ello recibían el nombre de océano u Ome-ce-anas, cuyo significado es “el Cielo de los Dos en Uno”; para los caldeos, Ur-anas, cuyo significado es “fuego oculto en el albergue del agua”; para los egipcios, Osiris e Isis; para los hindúes, Purusha y Prakriti, o esas dos fuerzas que se manifiestan en toda la Naturaleza. En fin, sería la Divinidad que alberga los dos principios, femenino y masculino, considerada como la primitiva mónada pitagórica.

Antes de exponer el acto de la creación a partir de las aguas primordiales, debemos aclarar el erróneo concepto de la creación. Esta nunca puede surgir de la nada, ya que la Naturaleza no puede nacer del vacío. Esto nos lo explica, en cierta medida, una frase de Roso de Luna, al referirse a “la luz negra u oscuridad, el caos, la Nada, que es todo o eterna raíz”. Es a partir de esta eterna raíz, de estas aguas primordiales, de donde surgirá el cosmos.

Otra vieja enseñanza nos dice: “La creación de las formas y materias solo pueden tener lugar por medio de una modificación de la energía primordial”. Algunas tradiciones representan el sacrificio de la creación con la “Muerte del Dragón”. En ellas, el dragón es el símbolo de las aguas cósmicas, es el enemigo primordial que ha de ser vencido y despedazado para que el cosmos pueda crearse. Héroes como Apolo, Cadmo, Perseo, Sigfrido, san Jorge o san Miguel consiguen vencer al dragón. Otras tradiciones lo representan con el parto de una Virgen-Madre.

Las aguas primordiales, veneradas como Virgen-Madre o Virgen Celeste, estuvieron presentes en todas las religiones. Poseían la fuerza regeneradora de una madre, “aquel modo de ser que se forma a partir de su propia sustancia y, produciendo, se produce, la fuente de todas las cosas espontáneas, el vivo engendrar cuya fecundidad emerge de sí mismo”. Poseyendo todos los gérmenes, es virgen, pues no necesita la intervención del opuesto. Como el Arca de Noé, porta en su seno todos los principios –femenino y masculino–, y por ello, muchas veces tal arca es también el símbolo de su poder generador.

No solo los Vedas, también el Génesis nos revela que las aguas existían antes que la Tierra: “Las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas”.

Es la presencia de este Espíritu de Dios, también llamado “Espíritu vivificador”, Rayo de luz”, “Espíritu Santo”, la que producirá el milagro de la germinación de las semillas.

“Sin él, ni Isis, ni Osiris pueden llevar a cabo cosa alguna en la Gran Obra”. En las doctrinas cosmogónicas de Hermes, Orfeo, Pitágoras y Sanchoniatón, es denominado “principio mental”. Hermes, como el emblema de la palabra que lo crea todo, es el poder del Verbo o Mantram, el principio que provoca el movimiento de la creación, movimiento que los antiguos señalaron existente desde la eternidad.

“En los períodos de una nueva generación, el movimiento perpetuo se convierte en Aliento, del que procede la luz primordial, en cuyas radiaciones se manifiesta el Pensamiento Eterno, oculto en las tinieblas, manifiesto en la Palabra o Mantram. De esta palabra surge el universo a la existencia”.

De esta forma, las aguas primordiales se convierten en aguas primigenias fecundadas por los fuegos celestes. En alquimia, esta agua es denominada mercurio, como elemento transformador y secreto del mundo lunar de los cambios. Mercurio es aquello que se devora eternamente a sí mismo, es la naturaleza fascinada y vencida por la Naturaleza. Por esta razón, los egipcios consideraban que la diosa Isis-Hathor, representada por la vaca sagrada, debía ser conducida por Hermes, el guía. En las religiones antiguas hay un extraño vínculo entre las aguas, la mujer, el dragón y Mercurio.

La Virgen Madre

Las aguas primordiales, veneradas en todos los pueblos bajo la representación de la Virgen-Madre o Virgen Celeste, reciben distintos nombres por las diversas culturas. Su nombre augusto es el de la diosa lo: “El círculo de la Nada, de donde todo emana, adonde todo vuelve”. “La unión de lo masculino y lo femenino, la integración de los contrarios en la duada y en la mónada Esencial”. En la tradición caldea, es la diosa Isthar o Astoreth (la Luna), que, encerrada en el arca, envía una paloma (emblema de Venus y las diosas lunares) en busca de la tierra enjuta. También es la diosa Belita o “soberana diosa del abismo inferior”, que representa la humedad primordial de toda materia. Con el sobrenombre de la Virgen del Mar, aplasta bajo sus pies al dragón. Los marinos fenicios le daban el nombre de Dido, los egipcios el de Isis, y para las culturas griega y romana, Artemisa y Diana, la cual preside desde el origen toda la evolución de la Tierra.

Los cristianos la llamaron María, “una mujer vestida de sol y con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza, una corona de doce estrellas”. María toma la forma de la Virgen Celeste, y el color azul de su librea no es sino el color simbólico del gran abismo de las aguas. María, con el fruto de su vientre en sus manos, no es otra que Isis con Horus en sus brazos. La Virgen-Madre eterna tras el sacrificio del Dragón.

Si el nombre de María comienza por la letra M, no es una simple casualidad. Desde la época de Sargón el Grande, hacia el 2200 a. C. y tal vez antes, sabemos que el agua está representada por el zig-zag, signo que llega a ser más adelante la letra M. Con esta letra comienzan las palabras vinculadas a las aguas, o al nacimiento de las criaturas y de los mundos.

Las aguas de la sabiduría

“Te advierto que quien quiera que fueres, oh tú que deseas sondear los arcanos de la Naturaleza, que si no hallas dentro de ti aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera”.

Esta es la advertencia que un alquimista hace a un aspirante a los conocimientos. Luego, añade: “En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh hombre, conócete a ti mismo!”.

El cumplimiento de esta máxima es necesario para todo verdadero progreso en la sabiduría. Requiere bucear hasta los abismos del propio yo. Este abismo interior se simboliza con las zonas abismales de los océanos, del fondo del mar, de lo profundo de los lagos. Por ello los caldeos daban al agua el sobrenombre de “Casa de la Sabiduría”. Las tradiciones de Irlanda, Japón y Oceanía sitúan este abismo en el fondo del mar y de los lagos; en los pueblos mediterráneos, se sitúa en la lejanía del horizonte, y para los australianos, en la Vía Láctea.

Una ingenua canción infantil nos indica cómo el aspirante a la sabiduría ha de profundizar en estas aguas hasta hallar el tesoro: ¿dónde están las llaves?… En el fondo del mar…”. Por esta razón, al buscador de los misterios se le representa como un pez.

Pero, así como profundos son los abismos del mar, así también son insondables los abismos de la sabiduría impersonal, cuyo efecto inmediato es la muerte de la parte pasional, bestial del hombre. En algunas tradiciones se las ha llamado “Aguas de la Muerte”. La inmersión en las Aguas de la Muerte es la vuelta a lo preformal, a las aguas primigenias; es la muerte de todo lo personal para poder disolverse en la unidad de la verdad. El resurgir de las mismas representa el nacimiento de un nuevo hombre que ha alcanzado la sabiduría.

Las tradiciones nos hablan de dos nacimientos: el nacimiento físico y el espiritual. Del nacimiento físico todos sabemos mucho; sin embargo, es el nacimiento espiritual el que nos salva del dolor, el que produce el milagro de transformar al hombre interior. Diversos caminos conducen a este fin.

Un camino sería el de la actividad contemplativa o estado de Satwa del yoga. Es el estado que nos muestra el mito de Narciso, personaje que se inclina hacia el espejo tranquilo de un estanque. Otro camino es la actividad ciega o estado de Rajas, del que nos dice Lao-Tsé: “La carrera y la caza enloquecen al hombre”. Significa esto que el enemigo es interior, es el propio deseo. Es el símbolo del abandono del centro, la caída en lo fenoménico que persiste a causa de que la ilusión estimula la fuerza del movimiento estéril. La persecución. El tercer camino nos lo demuestra el agua en su ciclo de evaporación (o evolución) acercándose a la sabiduría, mientras el fenómeno de lluvia (o involución) le hace caer en el mundo de la materia. ¿Cuál es el elemento que modifica las aguas? El Sol. ¿Cuál es el elemento que modifica la vida? Es el espíritu a través del sacrificio.

En todas las religiones están representadas estas aguas de la sabiduría, cuyo fin es la purificación o la transformación del hombre interior. Pilas bautismales, fuentes de abluciones, estanques que las representan, lagos que no faltan en ninguno de los templos de Oriente, nos demuestran el papel esencial que realizaban en los ritos de purificación e iniciación.

Esta transformación interior era representada bajo diferentes formas. En los misterios de Mitra, el neófito simulaba la muerte, antes de nacer de nuevo por virtud del Bautismo. En Grecia, Herodoto nos narra con temor cómo en el llamado “Lago de Baco, los sacerdotes efectuaban por la noche escenas de la vida y pasión de Dios”. En Egipto la muerte del discípulo era simbolizada por la muerte de Osiris en el mar. Un lago misterioso y escondido había de recorrer el sol en su travesía nocturna para alcanzar la sabiduría. Este lago subterráneo está relacionado con los lugares donde pasaban las pruebas, el descenso a los Infiernos. Más tarde, los cristianos transformaron estos Infiernos en lugares físicos terribles, quizás porque no se daban cuenta de que, como dicen las enseñanzas decretas, la prueba es la propia vida, denominada metafísicamente como el “mar del dolor”.

La frase mítica de “salvado de las ondas”, “salvado de las aguas”, hace referencia a guías o instructores de la Humanidad. Recibieron el hombre de dragón entre los caldeos, Pez de Liérganes, Quetzalcoátl, Moisés de los hebreos, el hombre solar. Oannes, para los babilonios, es el personaje mítico que revela a los humanos la cultura, representado como mitad pez y mitad hombre. Por el dominio que poseen de las leyes naturales, son capaces de actuar sobre las mismas fuentes de la vida, produciendo lo que los hombres llaman milagros.

El agua, como elemento simbólico, fue utilizada en algunas enseñanzas de los grandes fundadores de religiones. Así, en el sermón de Asapuran, Buda habla del lago de la redención, un lago que por su transparencia permite observar las conchas, caracolas y peces, como la vereda que conduce a la redención. También el renombrado Jesús nos habla de ser “pescadores de hombres”, no en el sentido literal, sino en el de conocer las aguas primordiales y aprender a salvar de las “Aguas de la Vida” a los peces u hombres que todavía están inmersos en la ignorancia, en la materia. Ser pescador es haber alcanzado un estado superior al hombre, es dominar la materia. Las tradiciones simbolizan este logro bajo la forma de un pájaro.

El poder de las aguas

El poder de las aguas no es únicamente palpable en las olas que comen la tierra en su sed de vida; es también visible en las fuerzas del agua tranquila que, constante e incansable, vence a lo más fuerte, arremete contra lo más duro. Como la vida, necesita abrirse camino, deshacerse de aquellas formas que obstaculizan su paso. Por ello su poder, aparentemente destructor, no es sino la fuerza regenadora y purificadora imprescindible para la evolución.

Su poder era bien conocido en la Antigüedad. Las tradiciones nos hablan de la existencia de los diluvios. Aseguran que al final del ciclo llamado de Piscis, varios diluvios repartidos por la Tierra –excepto en África– fueron demoliendo las formas viejas, para poder construir en su seno las nuevas. Unidas a estas tradiciones, las enseñanzas secretas nos hablan del hundimiento de la Atlántida. El eminente arqueólogo Schliemann escribe en un artículo del New York Herald: “La Atlántida fue la región donde primero se elevó la humanidad, desde el estado salvaje, hasta una civilización más avanzada que la nuestra”. Roso de Luna dice que la Atlántida fue el punto de partida de la familia indoeuropea.

Más allá de la catástrofe, más allá de los diluvios, aparecieron en los distintos pueblos de la Tierra ritos, ceremonias que recordaban, en cierta medida, el necesario morir de las formas inútiles dentro del agua, para luego resurgir de las mismas transformadas. Son los ritos del bautismo en su doble sentido de muerte y resurrección, depuración y regeneración. Algunos de los más antiguos ritos pertenecen a la teúrgia caldeo-acadia, y eran también practicados en las ceremonias nocturnas de las pirámides, de donde vemos la pila bautismal en forma de sarcófago, y durante los misterios eleusinos, en los sagrados estanques del templo. Es, asimismo, el rito de Juan el Bautista. Las aguas benditas eran utilizadas por los egipcios en ceremonias: “El sacerdote egipcio rociaba con agua bendita las imágenes de los dioses, a la par que a los fieles”. De ellos pasó a la Roma pagana, y más tarde, al cristianismo.

El poder del agua no se limitaba a cualidades metafísicas, pues en la Antigüedad eran bien conocidos sus poderes curativos. Consideraban el mar como “la sangre que lleva diversas corrientes frías y cálidas en diversos sentidos, para distribuir su rico caudal energético”. Los romanos construyeron termas de agua dulce y agua amarina, de las que todavía hoy quedan restos esparcidos por la cuenca del Mediterráneo. Podemos contemplar los vestigios en Libia de un establecimiento de ese género, construido bajo el reinado de Septimio Severo. El papel del agua en estas culturas queda demostrado no solo en su religión y en sus construcciones públicas, sino en la propia vida de los griegos y romanos, para los cuales la natación era uno de los deportes principales, destacándose como excelentes nadadores.

La ciencia, en el siglo XX, ha vuelto a ratificar aquella vieja enseñanza en la que se afirma que la sangre tiene características similares a las del agua del mar. René Quiton demostraría la identidad del agua del mar y del plasma sanguíneo. Por ello hoy no debe extrañarnos que el culto al agua se extendiese a todos los pueblos. Ellos, antes que nosotros, descubrieron la fuente de ese perpetuo milagro, que expresaron como una renovación de los seres humanos en contacto con el Agua-Madre, fuente de toda la vida.

Las aguas: vida, evolución y muerte

Las aguas juegan con nosotros. Con sus maravillosos movimientos nos engañan, con sus colores nos hechizan como una mujer. Su continuo cambio produce la danza creadora de vida, al compás de la música creada del choque de sus olas, en el dolor de su parto. El agua en las nubes parece a veces negra, pero se convierte en cristalina revelación al posarse en nuestras manos. Y es que el agua tiene, como la mujer, una forma particular de transformarse: “Si se le pone un dique, se detiene. Si se le abre camino, discurre por él. He ahí por qué se dice que no lucha. Y sin embargo, nada le iguala en romper lo fuerte y lo duro” (Lao-Tsé).

Los hindúes la llamaron Maya, la diosa de la ilusión que con su atracción nos transporta por las aguas de la vida, nos hace creer lo contrario de lo que es, y si se lo propone, construye un teatro especialmente montado para el que lo contempla. Maya, como el movimiento del mar, parece moverse en ondas, en lucha de opuestos, pero ella bien sabe que, en verdad, no hay opuestos. Como en una ola, la gota que está arriba pronto estará en el fondo; de la misma forma, todo se reduce a la Unidad. Todo es Uno. Es esta una verdad que no logramos alcanzar porque es demasiado grande para unos ojos tan pequeños. Nosotros solo vemos la superficie de las olas, la manifestación de la vida, pero pront,o en el giro del círculo, otras olas surgen desapareciendo estas. Es el movimiento de la evolución, representado por una esfera en la que todas las cosas aparecen y desaparecen para volver a aparecer. Al igual que las olas del mar van y vienen a la orilla de la playa, así las civilizaciones, la filosofía, la ciencia y la religión desaparecen y vuelven a aparecer en la orilla de la vida, con distintas formas. Porque el movimiento circular de la evolución nunca se repite, como “nunca podemos bañarnos dos veces en el mismo río” (Heráclito). El movimiento circular es atraído por el sol de la sabiduría, hacia el que se dirigen todas las cosas, y de esta forma, se transforma en la espiral del movimiento ascendente evolutivo.

Las aguas, en su continuo fluir, en su continua transformación, pasan por los cuatro estados de la materia, marcándonos una ley natural: “Nada se destruye, todo se transforma”. Llamada por los griegos el “mito del eterno retorno”, sobrevive aún hoy una enseñanza que pretende que “existe una cantidad de energía, siempre invariable, distribuida por el universo”.

Capaz de traspasar los cambios de la materia, de modificarse transformando su estado líquido en gas, el agua se convierte en la mediadora entre dos planos: el material y el metafísico, el de la vida y el de la muerte. En las tradiciones egipcias, un río separaba la ciudad de los vivos de la de los muertos. El mito de Caronte griego nos lo expresa también.

El agua, como reflejo de lo metafísico, nos atrae a su fondo, para absorbernos del mundo de los muertos. En el espejo de su superficie aparecen palacios, seres maravillosos. Leyendas como la del rey Arturo, en las que, surgiendo de las aguas cristalinas de un lago, una mano blande con fuerza la espada del rey para llevarla al fondo. De esta forma, nos pone en comunicación con el más allá, como una pantalla que refleja otros planos, se nos presenta reveladora de grandes verdades. Naciendo de sus aguas transparentes o transportados por ellas, aparecen héroes para salvar a la humanidad. Una nave, un barco, un cisne, les sirven de vehículos en este viaje. Es el viaje de la muerte, en el que el hombre “vuelve a la madre” o “vuelve al mar”. Algunos poetas, como Jorge Manrique, lo cantaron en sus versos:

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar…”.

Es un largo camino para disolvernos en las aguas primigenias, para evaporarnos por la acción del sol, formando nubes y volviendo a caer en la tierra. Volviendo a vivir. Mas, como nos dijo Pompeyo el Grande: “Vivir no es necesario. Navegar, sí”.