SEBASTIÁN PÉREZ

Ante este título, lo primero que cabría es preguntarse si existe la posibilidad de vivir sin música. Como veremos más adelante, la música es un elemento inserto en nuestro mundo, nos rodea, está por todas partes, forma una “atmósfera” que respiramos y que nos transforma. Lo único que nos queda es preguntarnos si somos conscientes o no de ello, o dicho de otro modo, si somos oyentes pasivos o activos, si elegimos la música que queremos que nos acompañe o nos elige ella.

Porque este es uno de los motivos importantes. Elegir implica una definición, una identificación, una entidad; si es pasiva, somos elegidos por la moda o el entorno; si es activa, somos nosotros los que elegimos, nos definimos.

Ahora lo preciso sería hacer un test con diferentes tipos de música y señalar cómo valoramos nuestra identificación con ella, cuánto nos gusta la compañía de una u otra, cuánto tiempo estamos en contacto con una u otra.

Podríamos elegir, por ejemplo, nueve estilos: rock, BSO, clásica, pop, heavy, folk, cantautor, celta, jazz. Está claro que ahí no están todos, pero es una buena representación. Bien, y después de escucharlos todos, ¿cuál tiene la puntuación más alta? Y ahora la otra pregunta: ¿coincide con la idea que teníamos? ¿Coincide con el estilo con el que nos identificábamos?

La música como un símbolo de identidad es tan vieja como el hombre. Las comunidades de emigrantes la utilizaron y la utilizan, se aferran a su música tradicional para preservar su estilo de vida. Ha sido un vínculo de solidaridad entre los miembros de una generación, como por ejemplo los años 60, en los que el rock and roll plasmaba un sistema de valores opuesto al de los padres. Hoy día, en la sociedad urbana occidental u occidentalizada, con subculturas solapadas, decidir qué música escuchar es decir quién eres o quién quieres ser.

Otro aspecto que es importante resaltar es el de la autenticidad del intérprete hasta hacerlo un creador de estilo, idea que recorrió todo el s. XX hasta aplicarse, como veremos, también a la música llamada clásica.

En EE.UU., a comienzos del siglo XX, surgió el blues como expresión de una raza oprimida que cantaba música desde el alma (soul). Su difusión y evolución llevó en los años 50 a un gran mercado por parte de las casas discográficas, pero existía el inconveniente de que estaba cantada por negros. Así surgieron los “Covers”, música negra tocada y cantada por blancos. Y de ahí una reacción que identificaba lo auténtico con el rock, pues se tocaba la propia música, música escrita y cantada por ellos y que no satisfacía las necesidades de un mercado, frente al pop, marionetas del negocio que satisfacían gustos interpretando música de otros.

Estas ideas del creador como mejor que el reproductor y de dar con la música una visión del mundo le guste o no a la audiencia, fueron también absorbidas en los años 70 por las discográficas, que vieron un gran mercado en la música clásica.

En este caso el músico era un artista de pericia técnica pero de visión personal, con lo cual se vende su visión interpretativa, que es excepcional. El intérprete es la estrella, como en el pop. Pero se vende no un reproductor, sino un creador, y así se salvaguarda la autenticidad que reclama el público. De este modo, podemos ver en las carátulas de los discos cómo tal pianista interpreta a Beethoven siendo siempre la imagen del intérprete la que sobresale sobre la del compositor.

Todo esto nos da una idea de cómo en el mundo en que vivimos estamos vinculados a la música y a ciertas ideas sobre ella, que vivimos con música que nos representa y nos identificamos con estilos que reproducen una forma de ver la vida y un código o sistema de valores. Estos pueden ser introducidos pasivamente por la atmósfera musical, por la educación, por las modas, etc., o elegidos conscientemente.

Este es un PODER de la música. NOS HACE LIBRES, nos descubre el potencial que tenemos latente de crear Identidad y Fraternidad.

Una vez expuestas estas ideas, podríamos sintetizar algunas razones para vivir con música y hacernos más libres.

La música:

1. Libera de pasiones y eleva lo propio del hombre: el sentimiento.

Permite vivir, como espectador, el sueño por realizar, vivirlo como ya hecho.

Vivir la pasión o el dolor, por ejemplo en una ópera, nos enseña sobre el dolor o la pasión en general, sin nombres, nos enseña viviendo como espectadores lo que viviremos en la propia vida.

2. Transmite, es comunicación. Es un sobre que puede hacer llegar a los demás lo que queramos: instintos, sentimientos, imágenes, sueños ideales.

La música es un tremendo comunicador, permite hacer visibles aspectos que de otro modo permanecerían ocultos. Llega, penetra en los oyentes y los mueve en una dirección determinada, y lo más asombroso es que no le importa ni dónde ni cuándo. Ella tiene algo de universal.

3. Crea un estilo de vida, unos valores, una forma de entender la vida. Para muchos forma parte de su código. Es un signo de identidad: yo soy así.

Una moral, una ética, una Identidad.

Vivir de una manera determinada implica ponerse en contacto con determinadas ideas musicales.

4. Educa, transforma, sea activa o pasivamente. Despierta capacidades dormidas o que creíamos no poseer. Inclina el carácter y ordena el temperamento.

Toda la educación musical se basa en la capacidad que la música posee de educir, de extraer potenciales psicológicos, mentales y creativos. La música se conecta con el hombre, por ser reflejo de la naturaleza (de la que el hombre es parte), y puede modificar o direccionar aspectos como el sentimiento, la atención, la memoria, el ritmo cardíaco, etc.

5. Transforma el mundo. Un hombre libre hace libres a más hombres, un enamorado de la música contagia el amor por la música. Eso modela la sociedad, la transforma. Quizás no inmediatamente, pero como la música rebasa el tiempo y el espacio, el futuro se inclina bajo sus efectos.

Para muchos, el primer ejemplo de autenticidad en la música fue Beethoven, que no estuvo al servicio de ningún mecenas, quería ser libre y escribir la música que le surgiera, no la que le impusiesen. Esta idea, como hemos visto, también se reflejó en los años 60 haciendo de la autenticidad y la independencia un símbolo.

El tiempo no afecta a la música; al contrario, la hace germinar.

6. Nos hace creadores, autores.

Tenemos que retomar el sentido del autor, del creador, del “creator”, el que hace conocer o nacer.

Todos tenemos la posibilidad de canalizar, de expresar desde cierta parte de nosotros, la inspiración, esas ideas o pensamientos que vienen de arriba y de las que no somos responsables. Como decía Brahms, “No es mérito mío, es un presente, un regalo que viene de arriba”.

7. Nos hace intérpretes. “Inter pretium”: al lado de lo valioso. Entre lo valioso. Puente.

Seres receptivos y transmisores. Hombres “frontera” entre lo visible y lo invisible, entre lo tangible y lo inmaterial. Un comunicador, un puente comunicando lo humano y las fuerzas creativas.

8. Nos enseña a escuchar. Oyente: auditor: el que escucha, el discípulo. El que aprende.

La primera forma de hacer música es saberla apreciar, saber identificarnos con la que le da valor a nuestra vida, escogiéndola como compañera cotidiana que nos eleve cuando dudamos y nos serene cuando nos excedemos.