PILAR LUIS PEÑA

“No creo en nuestra ciencia, ni en nuestra política, ni en nuestra manera de pensar, y no comparto ni uno solo de los ideales de nuestro tiempo. Pero no carezco de fe. Creo en las leyes milenarias de la humanidad, y creo que sobrevivirán a toda la confusión de nuestra época actual… Creo que, pese a su aparente absurdo, la vida tiene un sentido” (Hermann Hesse).

Una de las obras literarias más leídas en el s. XX y que seguro seguirá siendo leída en este nuevo siglo  XXI es Siddhartha, del premio Nobel de literatura de 1946, el escritor alemán Hermann Hesse.

Esta novela fue publicada en el año 1922, cuando el autor tenía cuarenta y cinco años de edad y ya se había consagrado como literato reconocido gracias a sus obras Peter Camenzid (1904), Bajo la rueda (1906), Knulp (1915) y Demian (1919), entre otras.

Hermann Hesse siempre se presentó a sí mismo como un buscador, como un hombre que quería ahondar constantemente en el significado de la vida, en el destino, en las profundidades del alma humana. Y ahí radica precisamente su fuerza, en el hecho de que supo acercarse a lo atemporal, a las preguntas inherentes a la condición humana. Por ello ha pasado un siglo prácticamente desde la publicación de la primera obra que le hizo famoso, su Peter Camenzid, y sin embargo, sus obras siguen siendo leídas con la misma admiración que entonces.

Es importante mencionar que el interés de H. Hesse por la filosofía y la mística de la India era en realidad un interés familiar, porque tanto su abuelo materno, el famoso sanscritista Gundert, como su padre, Johannes Hesse, habían sido misioneros pietistas en la India. En su hogar estaban tan presentes las concepciones cristiano-protestantes como la hinduista-budista de la vida. De hecho, H. Hesse siempre señaló que la obra Siddhartha era la obra de su propio credo. Todos los personajes de sus novelas fueron una parte importante de su propia alma, rebelde e incansable buscadora de valores perdurables y comunes a toda la Humanidad.

La trama de la novela

Siddharta, el protagonista de la novela, es un destacado hijo de brahmanes (casta sacerdotal de la India), que no encuentra por medio de la religiosidad reglamentada una forma para poder satisfacer sus ansias de verdad, de encontrar la causa primera de las cosas. Tanto es así, que decide abandonar su hogar familiar contra la voluntad de su padre. Lo hace en compañía de su amigo Govinda, que lo secunda.

En busca de verdades más directas y desprendidas de formalismos vacíos, se une a un grupo de samanas, nombre que recibían los ascetas que vivían en las montañas alejados de los convencionalismos sociales, realizando largas meditaciones y sacrificios del cuerpo. El objetivo de estas estrictas austeridades era alcanzar, superando los personalismos, el Atman, la causa primera, la Unidad que todo lo abarca.

Pero tampoco junto a los samanas del bosque consigue su anhelo de verdad, y entiende que la verdad de la vida toda no la podría nunca encontrar anulando una parte de esa vida toda, su propio cuerpo, soporte de su existencia. Junto con su amigo, abandona a los samanas y emprenden un viaje en busca de Buda (s. VI a.C.), de Gautama, que quiere decir “El victorioso en la Tierra”, del que se decía que precisamente había conseguido esta seguridad, esta armonía, esta plenitud en la vida.

Cuando los dos muchachos se encuentran con el Buda histórico, quedan realmente impresionados por lo que este hombre desprendía de sí, efectivamente, esa serenidad, ese saber estar en el justo medio, ese saber entender más allá de las aparentes contradicciones de la vida. Govinda decide quedarse en la orden del Buda, el Shanga, como monje. Pero Siddharta, aun en la certeza de que el Buda había llegado a su ansiada meta, entiende algo que el mismo Buda enseñaba; las doctrinas son bastones que pueden ayudar a llevarnos al conocimiento, pero que solo el esfuerzo individual de cada ser humano puede llevarle finalmente a la perfección anhelada. Las doctrinas son un medio y no un fin.

Regresa a la ciudad en la búsqueda de su propio camino de perfección. Por su elección, se hace discípulo de una bella cortesana, Kamala, que le enseñó todos los secretos del amor. También se hace discípulo de Kamaswami, que era el más rico de los comerciantes de la ciudad. Pasa veinte años con ellos para entender basándose en su propia experiencia que tanto la búsqueda del placer de la vida que experimentó en esos veinte años como la austeridad en extremo que había practicado con los samanas nunca le llevarían al Atma, a la perfección, a entender el sentido profundo de la vida, sueño alado que le había movido tanto tiempo atrás y que estaba a punto de olvidar.

Abandona la ciudad, a su amante y a un hijo que estaba en su seno sin él saberlo. Finalmente se une al barquero Vasudeva, con el que ya se había cruzado en otra ocasión, pero al que él en aquel momento no supo reconocer como instructor. El barquero lo iniciará en el arte de entender el lenguaje del río en el que navegan, que no es más que una metáfora del río de la vida, del sentido de la vida. Finalmente, Siddhartha conquista en base a su propio esfuerzo, a la comprensión profunda del lenguaje del río de la vida y a la ayuda de todos los seres humanos con los que se encontró a lo largo de su intensa vida, la fusión con el todo, con el Atman, estrella dorada que lo había alentado desde su juventud.

Los personajes

La obra Siddhartha está llena de conceptos de la filosofía hinduista-budista tan importantes como el Karma, el Nirvana o la Rueda del Samsara, pero en este breve artículo periodístico nos centraremos en el simbolismo y los mitos que aparecen en la obra.

Todo el que ha leído a Hesse sabe que deja un sabor a belleza y a profundidad en el alma. Hesse siempre dominó el arte de elevarnos al plano del mito, al mundo de los símbolos donde hay realidades universales, válidas para todos los seres humanos. Es inevitable leer una obra de Hesse y sentirse identificado con algunos de sus personajes o parte de todos ellos.

La bella cortesana Kamala y el comerciante Kamaswami son personajes dominados en sus vidas por lo que Platón llamó la parte concupiscible del alma humana, aquella que gusta de los objetos sensibles, que apetece de forma desmedida bienes materiales, aquella que nunca se conforma con lo que tiene o lo que la vida le da y siempre quiere más, más posesiones externas, mayor seguridad, mayor comodidad, mayor prestigio social.

Si vamos a la etimología de las palabras, nos encontramos con que los dos tienen la misma a raíz “kama”, que precisamente quiere decir, “deseo” en sánscrito, la antigua lengua de los brahmanes. Literalmente, Kamala quiere decir aquello que es querible, que es deseable, representa el vivir para satisfacer los sentidos, sin preocuparse de a qué puede llevarnos esa simple corriente de sensaciones. Mientras que Kamaswami quiere decir “el maestro de los deseos”, aquel que sabe hacer realidad sus deseos materiales pero que curiosamente es temeroso, tiene miedo de perder aquello que con tanto esfuerzo logró conseguir.

El barquero Vasudeva representa al hombre sabio, a aquel que ya encontró el fin de toda búsqueda, el sentido profundo de la vida, de la propia vida. Curiosamente Hesse dio a este personaje el nombre del padre de Krishna, uno de los grandes sabios de la humanidad, inspirador de la gran obra épica de la filosofía brahmánica el Baghavad Gita.

Vasudeva, como encarnación del hombre sabio, está caracterizado por un anciano, símbolo de experiencia, de las pruebas superadas en la vida. Su virtud principal es que posee el arte de saber escuchar ante todo a la vida y también a todos los seres humanos, sin prejuicios, sin opiniones. Por este motivo, por el valor que se da en Oriente a la virtud de saber escuchar, de interpretar el significado de la vida, en la iconografía oriental se representan las imágenes de los budas con las orejas grandes.

Siddhartha es símbolo de los seres humanos que estamos a medio camino entre la sabiduría y la ignorancia, entre aquellos que han vislumbrado el sentido profundo de la vida, de la existencia, y aquellos que toman por sentido de la vida la acumulación de bienes y honores. Siddhartha también tiene deseos como Kamala y Kamaswami, pero sus deseos no son de posesiones sino de conocimiento; representaría al filósofo, al amante del conocimiento, a los guerreros del espíritu que quieren superar sus límites e ignorancia para alcanzar las realidades perennes de la vida.

Govinda quiere decir en sánscrito “la parte en que la Luna va menguando”; de ahí que en la obra, Siddhartha llame en alguna ocasión a su amigo “la sombra”. Govinda también representa al hombre que busca, pero sin acabar de asumir su propia responsabilidad, sin riesgos, que quiere caminos ya trillados; por eso en varios momentos de la obra lo que hace es secundar a Siddhartha en sus decisiones, hacerle, en fin, de sombra.

Hesse tiene la genialidad de hacernos sentir que sus personajes son encarnaciones de parcelas del alma humana. Todos tenemos algo de Kamalas, buscamos placeres y rehuimos los dolores, sin pararnos a reflexionar adónde nos llevará esa rueda sin fin. Porque cada placer tiene la semilla del dolor. Sufrimos por conseguir lo que amamos, y sufrimos cuando lo poseemos pensando en su fin. Todos tenemos algo de Kamaswamis en cuanto que nos preocupamos por tener cierta estabilidad y seguridad en la vida. Todos tenemos dentro a un Vasudeva, que cuando lo escuchamos nos recuerda las cosas por las que de verdad vale la pena luchar, que nos recuerda que las posesiones reales de la vida no son materiales, que están en la conquista de nuestros propios miedos y limitaciones y la comprensión de todos los seres. Pero sobre todo, nos hace vivir, soñar, experimentar con Siddhartha, viajeros eternos, buscadores de las causas de la vida más allá de miedos y limitaciones.

El mito

El hilo de fondo de la novela es, precisamente, el hilo de fondo de la vida humana, es el hilo del querer encontrar un sentido, el querer encontrar la verdad en sentido filosófico y amplio de la vida. Entender por qué nacemos, el por qué morimos.

Este mito de la búsqueda lo vamos a encontrar en todas las culturas, lo vamos a encontrar en el mito de Teseo y Ariadna griego, en el Bhaghavad Gita de la India y en el mito cristiano de san Jorge, el dragón y la princesa, donde ese san Jorge no representa ni más ni menos que a ese Siddharta que quiere conquistar a la princesa, que es la sabiduría, la parte más noble, venciendo al dragón, que representa estos miedos y defectos que no nos dejan avanzar.

Dentro de este mito de la búsqueda de la perfección, en la novela podemos hablar de dos viajes. El primero y evidente por el mundo externo, y el segundo por su propio mundo interno. Y es la aventura, la odisea externa la que provoca una odisea o periplo interno mucho más apasionante. Siddhartha se va transformando, va cambiando a lo largo de la obra. Él quiere tener el conocimiento, pero tiene dos velos, sutiles pero reales, que no le dejan ver, es demasiado inteligente, es el más inteligente de los hijos de brahmanes, es el más diligente a la hora de hacer las cosas, es el más atento, tiene toda la erudición de los versos sagrados y, por lo tanto, ya sabe mucho, ¿qué va a aprender? Tiene un orgullo que no le deja aprender de otros y este es su principal velo. Prueba de ello es que la primera vez que se encuentra con el barquero Vasudeva, quien sería al final de la obra su maestro, antes de ir a la ciudad, lo toma como un hombre necio cuando el barquero ya poseía la sabiduría que le transmite al final de la obra. Es aquella vieja enseñanza del Buda: “el ignorante que se cree sabio, realmente es un ignorante”, mientras que “el ignorante que se sabe ignorante, entonces es un sabio”.

Siddhartha tuvo que perderse en lo que son los placeres de la vida, las ansias de poder, para poder vencer este orgullo, para poder sentirse como los demás hombres y romper este velo que lo separaba de los demás. El segundo velo se lo hizo ver Kamala: “Siddharta, tú eres incapaz de amar”. Era incapaz de entregarse, de darlo todo por otro ser humano, y esto era, sumado a su orgullo, lo que lo limitaba. Pero la vida le da un hijo orgulloso e irrespetuoso. Él lo aprecia y quiere facilitárselo todo porque es su hijo, por él va a cometer todas las locuras, y despierta al amor. Pero la vida le hace entender una lección sintetizada de forma genial por el poeta libanés Khalil Gibran en su obra El profeta; nuestros hijos no son realmente nuestros, son hijos de la vida. Los padres solo somos arcos que servimos a la vida para que esa flecha, que son los hijos, tome su propio camino, su propio destino.

Así, el hijo buscó su propio destino, se fue, le dejó. En ese momento, Siddharta mira el río, y el río se ríe, y el río le recuerda algo, le recuerda su imagen, la imagen de otro ser que él en otro tiempo había respetado e incluso temido. Era la imagen de su padre, y él entonces recordó el día en que marchó, y recordó que nunca volvió, y que quizás aquel hombre que tanto le había amado había muerto sin haber vuelto a ver a su hijo. El río se reía, su vida y su historia no eran más que la historia repetida de su padre. Entonces entendía que aquellas cosas que no se viven hasta el final se siguen repitiendo.

Estas eran algunas de las viejas enseñanzas de la India, la enseñanza del Karma, de la que Vasudeva ya le había hablado la primera vez que se encontraron, pero él era demasiado orgulloso para entender. Porque cuando llegaron a la otra orilla, Siddharta le dice que no tenía dinero para pagarle, y el barquero le dice que no importa, que ya contaba con ello; es más, “Todo en la vida vuelve”, ya lo harás en otra ocasión.

Él va a seguir mirando el río, y el río le va a enseñar su imagen entrelazada con la de su padre, con la de su hijo, y al mismo tiempo la imagen de Kamala, y la de Govinda, y la de todos los que había conocido en la vida; cada imagen iba buscando una meta, un fin, con ansiedad, con dolor. Y la consecución de esa meta era el comienzo de otra búsqueda, de otra meta, de otra ansiedad, de otro dolor. El agua del río también buscaba su meta, que era llegar al mar, desde donde se evaporaba para formar nubes que volverían a producir lluvias y a su vez formarían nuevos ríos, nuevos arroyos, nuevos torrentes.

Siddharta va a seguir mirando al río y va a escuchar todas las voces, las voces de alegría, de tristeza, de dolor, de gozo. Cuando escucha atentamente el río y no hace suya ninguna de esas voces, la suma de todas ellas es un único sonido, oye que es la perfección. Entonces Siddharta deja de luchar contra el destino, en ese momento entiende el sentido de la corriente de la vida, en ese momento entiende que la sabiduría es la conciencia de la unidad de las cosas, que la sabiduría es saber ver detrás de todas las ansiedades, todas las luchas de la vida, la de los padres con el hijo, la del joven que lucha por un estatus. Es saber pensar y sentir y vivir en cada momento la Unidad.

Bibliografía

Mi credo, H. Hesse, Ed. Bruguera.

Siddharta, H. Hesse, Ed. Mexicanos Unidos.

Hermann Hesse, José María Carandell, Ed. Barcanova.