ALQUIMISTAS EN LA CORTE DE RODOLFO II

SLAVIKA KROCA

«Uno de los soberanos que mayor protección han dispensado a la alquimia y a los sabios a ella consagrados fue Rodolfo II de Alemania, que subió al trono en 1576. Educado en España en la corte de Felipe II, adquirió en este país afición a la astrología y a la alquimia. Cansado pronto de las arduas tareas del gobierno del Imperio, lo confió al cuidado de sus ministros, y se encerró en el castillo de Praga para entregarse libre y exclusivamente hasta el fin de su vida a sus estudios favoritos. Las primeras lecciones de alquimia las recibió de sus médicos ordinarios, Thadeaus de Hayec, y más tarde, Miguel Mayer y Martín Ruland. Todos los alquimistas, cualesquiera que fuesen su país y condición, tenían la seguridad de ser bien acogidos en la corte del emperador, que los recompensaba con largueza cuando en presencia suya ejecutaban un experimento digno de interés. Los alquimistas, por su parte, no se mostraban ingratos; dieron a su regio protector el título de Hermes de Alemania, y en todas partes ensalzaron sus méritos. Rodolfo, según sus biógrafos, figuraba en el número de los afortunados poseedores de la piedra filosofal, lo que se comprobó cuando, después de su muerte, se encontraron en su laboratorio ochenta y cuatro quintales de oro y sesenta de plata fundidos en pequeñas masas en forma de ladrillos» (Helena P. Blavatsky. Glosario Teosófico).

Esta es la descripción de Rodolfo II propuesta por Blavatsky en su Glosario. La figura a la que se atribuye la posesión de la “piedra filosofal” fue considerada muchas veces, siempre en sentido exotérico, un personaje extravagante, propenso a dejarse estafar por cualquier impostor alquimista. No sorprende, sabiéndose que hoy tampoco se toma en serio la alquimia y que más bien se la tacha con el epíteto de “hija del error”.

Independientemente de lo señalado, la época de Rodolfo II fue denominada en Bohemia “Edad de Oro”. Hoy día se sigue hablando de Praga como “dorada ciudad”, aunque los habitantes no lleguen a coincidir respecto del origen de este atributo. Unos opinan que Praga es esa “ciudad dorada” por sus muchas torrecillas doradas, que son más de 350. Otros, una minoría, creen que el adjetivo se refiere a la vertiente espiritual de la vida praguense y, muy particularmente, a las actividades alquímicas otrora desarrolladas en la ciudad.

Sea como fuere, desde aquella época, en Praga quedan calles denominadas según los cuatro metales fundamentales: la del Oro (Zlatá), la de la Plata (Stríbrná) y la del Hierro (Zelézná). La del Bronce ha desaparecido, pero es lícito conjeturar la existencia de una calle de ese nombre. Hay dos calles del Oro: la primera está en la Ciudad Nueva, en la proximidad de las calles de la Plata y del Hierro. La segunda se encuentra en el castillo y la forman diminutas casitas con enormes chimeneas, suponiéndose que en ellas moraban los alquimistas al servicio de Rodolfo II. La alquimia se conocía y practicaba en Bohemia a partir del siglo XIV. Fue protector suyo el emperador Carlos IV y, posteriormente, los arzobispos praguenses Conrado de Vechta, Albík de Unicov y, en las ciudades de Melník y Hradec Králové, llegó a practicarla Bárbara, la esposa del emperador Segismundo. Pero la “Edad de Oro” de Bohemia no llegaría hasta la época de Rodolfo II, “pues con Rodolfo II hizo su aparición un nuevo Hermes Trimegistos, quien como una roca magnética atraía a sí a los Maestros y Adeptos de la misteriosa ciencia…” (Josef Svátek, Obrazy z kulturních dejin ceskych II. Praga, 1891). A finales del siglo XV había en Bohemia varios laboratorios herméticos, uno de los cuales, el del príncipe Hynek de Minterberg, se ha preservado hasta nuestros días en la ciudad de Kutná Hora.

Rodolfo II llegó a conocer la alquimia en el curso de aquellos ocho años que pasó en España. Recibió las primeras lecciones de los alquimistas españoles, quienes le facilitaron el conocimiento de “la secreta arte egipcíaca”, y prosiguió en sus estudios después de su regreso a Viena. Cuando ascendió al trono en 1564, hallamos en la primera lista de cortesanos a varios “destillatores”, nombre dado a los alquimistas en la corte imperial.

En 1583 Praga recupera el rango de ciudad residencial del emperador de Alemania y rey de Bohemia, debido al traslado de Rodolfo II a esta ciudad el día 16 de octubre.

Con la corte llegó a Praga Bartolomeo Spranger (1546-1611), pintor oficial “heredado” por Rodolfo II después del fallecimiento de su padre Maximiliano II. Fue mérito de este pintor que Rodolfo II separase en 1595 a los pintores de la categoría de artesanos, dando así nacimiento al arte de la pintura. En la corte desempeñó sus actividades también Joris Hoefnagel, autor de miniaturas de cuadrúpedos, reptiles y peces, cuyas características aproximan su obra a una documentación científica sobre la naturaleza. Jacob de Gheyn realizó un libro de grabados con imágenes de flores y animales. Al mismo tiempo, se fueron constituyendo colecciones de instrumentos prácticos, científicos y astronómicos. Rodolfo II reunió una colección de cerca de 1300 cuadros y 500 esculturas. Eran más de mil las diversas obras de artesanía fina y los objetos naturales. El emperador hizo construir el ala norte del castillo de Praga con el fin de ubicar sus tesoros, y logró llenarla. No le importaba a Rodolfo II la cantidad, sino en primer lugar, la calidad de sus colecciones. Estas incluían obras de ilustres artistas, como Leonardo da Vinci, Rafael, Tiziano, el Veronés, Tintoretto, Durero, Cranach, Holbein, Brueghel y tantos otros. Naturalmente, emplazó entre estas las obras de artistas que trabajaron para él: Bartolomeo Spranger, Hans von Aachen, Josef Heintz, el escultor Adrien de Vries, el grabador Egidius Sadeler, el lapidario Miseroni, y las de aquellos que estuvieron algún tiempo a su servicio en la corte: Giuseppe Archimboldo o Jan Brueghel, apodado “de terciopelo”. Asimismo, tenía una relación muy personal con la obra de Durero y con todo tipo de piezas artísticas construidas con piedras preciosas.

Retornando a nuestro tema original, podemos decir que Rodolfo II recibió la primera enseñanza seria en materia de alquimia de sus médicos Thaddeaus Hayek de Hayek y, más tarde, de Miguel Mayer y Martín Ruland.

Thaddeaus de Hayek no era simplemente médico de Rodolfo II, sino principalmente consejero suyo en todas las cuestiones de índole científica. Tenía el cometido de examinar a los alquimistas aspirantes a ingresar en el servicio imperial. Se le consideraba la figura más descollante y significativa de la ciencia de su tiempo. Además de médico era matemático y astrónomo, químico y botánico, erudito con profundísimo conocimiento de la situación cultural de Bohemia, así como, dato de especial interés en este lugar, un hombre iniciado en las ciencias herméticas.

Es autor de trabajos exactos sobre astronomía, pero también de la descripción del sistema de fabricación de la cerveza, empleado hasta nuestros días. Se supone que contribuyó a sentar las bases de la descripción cartográfica de Bohemia y que coadyuvó a establecer vínculos entre Praga y Europa en el terreno de la ciencia. Su correspondencia con doctos varones de todos los rincones de Europa fue coronada de éxitos, realidad evidenciada por el dato de que fue uno de los diez hombres que observaron en el año 1572 una nueva estrella y supieron dar una interpretación correcta del fenómeno. No tardó en entrar en contacto con los nueve restantes, uno de los cuales era Tycho de Brahe.

Juan Dée y Eduard Kelly se dirigieron precisamente a Hayek. En el verano del año 1584 se presentaron por primera vez en la corte imperial praguense. En la casa de Hayek, Dée llevó a cabo con éxito la transmutación de mercurio en oro puro, por lo cual fue nombrado alquimista de la corte. Eduard Kelly fue recomendado al señor Guillermo de Rosemberg, protector de alquimistas y Adepto de la ciencia hermética. El señor Guillermo de Rosemberg saldría más tarde en defensa de Juan Dée, expulsado de Bohemia por el emperador Rodolfo debido a intrigas cortesanas. Dée se instaló en el castillo del señor de Rosemberg en Trebon y Eduard Kelly vino a ser su sucesor en el laboratorio imperial. No obstante, el señor Kelly no lograba olvidar las excelentes condiciones que le había ofrecido el señor de Rosemberg y visitaba varias veces al año el castillo de Trebon.

El emperador le concedió el título de Caballero y tramitó su admisión como habitante del Reino de Bohemia, fin para el cual el señor de Rosemberg le cedió uno de sus castillos, dos predios y varios poblados con cortijos, bosques y prados. Más tarde, Kelly instaló un taller de alquimia en una de las casas más renombradas de Praga: adquirió la “Casa de Fausto”, nombre que llevaba desde mediados del siglo XV, cuando en ella residían personas dedicadas a la alquimia. Muy poco se sabe sobre la labor de Kelly en Praga y en la corte del señor de Rosemberg en Trebon. Si bien es evidente que ese período fue de gran auge de la alquimia, es sabido que lamentablemente también lo fue de enmarañadas intrigas y de gran repudio a la alquimia y los alquimistas.

Según algunos documentos conservados, podemos constatar que Kelly mató en duelo al funcionario de la corte Hunkler, por lo cual la ley le condenaba a la pena capital. Amigos hubo que quisieron ayudarle, pero su intento de fuga se frustró y Kelly fue encarcelado en el castillo Krivoklát. Según algunos documentos, se pretendía que revelara los secretos de su arte, mas esto parece poco probable, dado que Rodolfo II tenía profundos conocimientos de la alquimia y, además, había trabajado conjuntamente con Kelly. No obstante, sabido es que la historia la escriben los vencedores, y nuestro único recurso es interrogarnos por el grado de veracidad de cuanto ha llegado hasta nosotros. Kelly enfermó, fue puesto en libertad, pero había quedado sin recursos, porque todos sus bienes habían sido embargados. Fue encarcelado de nuevo, pero esta vez se le autorizó a que concluyera la redacción de su obra sobre alquimia Tractatus de lapide philosophorum, que envió al emperador Rodolfo II junto con una carta proclamando su inocencia. Kelly murió en 1597, en el curso del mes de noviembre o en Navidad, pues ni en lo relativo a esta fecha llegan a coincidir los documentos preservados. Dícese que bebió una tintura venenosa, dando así fin a su vida.

Otro de los alquimistas cuya presencia se documenta en la corte de Rodolfo II fue Bragodini, originario de Chipre. Se había desempeñado como alquimista en Grecia y Venecia, para trasladarse después a Praga. Los demás alquimistas le veneraban como a un segundo Paracelso. Sin embargo, no permaneció en Praga mucho tiempo, puesto que en ese momento Kelly ya trabajaba en la corte.

En 1590 vino a Praga Jerónimo Alessandro Scotta. Además de la alquimia, se ocupaba de la astrología y sabemos que supo anunciar a Rodolfo II quién ascendería al trono de Polonia. Con el emperador Rodolfo, se dedicaron juntos más a la astrología que a la alquimia. Miguel Sendivogius desempeñó en la corte imperial un papel descollante. Procedente de Polonia, había conocido en el curso de sus viajes a Dée, Kelly y Sethon, y fue discípulo de este último. En Praga colaboró con varios médicos, como Nicolás Lev, en cuya casa vivió durante cierto tiempo, con el patricio Lodovico Korálek, en cuyo laboratorio el ilustre jurista Juan Kapr de Kaperstein y el médico Wenceslao Lavín trabajaban con Martín Stroff. Sendivogius, además de “saber transmutar un tornillo de hierro en plata pura”, logró curar al hijo del señor Lev, lo que le valió la fama de ser poseedor de la “panacea universal”. Rodolfo II realizó, valiéndose de su “elixir”, la transmutación de mercurio en oro, y mandó erigir en el castillo praguense una estela a fin de conmemorar dicha transmutación. En el epígrafe se leía: “Faciat hoc quispiam alius, quod fecit Sendivogius Polonius” (Que otro haga lo que ha hecho Sendivogius Polaco). Sendivogius publicó en Praga, en el año 1604, el tratado alquímico Cosmopolitani novum lumen chymicum.

Además de estos alquimistas y de otros menos ilustres, la alquimia fue también quehacer en la corte de Rodolfo II de los más célebres astrónomos de la época, Tycho de Brahe y Johanus Kepler. Tycho de Brahe tenía su propio taller de alquimia y en el año 1599 envió desde allí un medicamento contra la peste. Fue él quien solicitó tener por ayudante a Kepler. A comienzos del año 1600, este llegó a Praga, sin sospechar que pocos días más tarde, otro insigne varón convocado doce años antes a la corte de Rodolfo II, era conducido a la hoguera por herejía y asesinado en Italia. Se trataba de Giordano Bruno, por su inclinación más filósofo que astrónomo, bien que con apasionado interés por las estrellas y el universo. Muy probablemente, había residido en el recinto del castillo de Praga, impartía lecciones en la Universidad praguense y publicó en la ciudad dos libros: De speciorum scrutinio et lampade combinatoria Raimondi Lulli y 160 artículos de Iordano Bruno Nolense contra los matemáticos y filósofos contemporáneos. Kepler conocía a Bruno a través de sus escritos, y en una ocasión afirmó que una visión tan osada como la de Bruno respecto de la infinitud de los universos le causaba vértigo.

De todas las ciudades donde Kepler permaneció un tiempo considerable, Praga fue la única en la que no sufrió persecución alguna por motivos religiosos. Él mismo afirmaba que los años en ella vividos habían sido benditos. En otoño de 1601, después de la muerte de Tycho de Brahe, Kepler fue nombrado matemático imperial. En 1609 publicó su obra más famosa, Astronomia nova, dedicada a Rodolfo II, y también escribió en Praga sus importantes trabajos de óptica sobre el empleo de lentes en el telescopio astronómico, Dioptrica. Más tarde publicó en Ulm, como recuerdo de su estancia en Praga, las Tabulae Rudolphinae.

Hay muchos ilustres nombres con los que podríamos aún topar en la Praga rodolfina. Merecida fama tiene la primera disección pública de un cadáver humano, realizada a finales del siglo XVI o comienzos del XVII por Jan Jesensky Jessenius.

Rodolfo II falleció el 20 de enero del año 1610. Su corazón fue depositado en una urna de plata dorada, colocada a su costado izquierdo. A su derecha se encontraba una jarra de plata con asa, para guardar el cerebro. Llevaba puesto un sombrero color marrón, vestido de terciopelo marrón con dibujo y decorado con botones y galones, vestido interior de tafetán y mangas de seda marrones; en las piernas, calzones de terciopelo marrón.

Vivió como un alquimista y fue enterrado como un alquimista. Ninguno de los pretendidos alquimistas que resultaron ser impostores fue ejecutado en Bohemia en la época de Rodolfo II, como solía suceder en otros países. Muchos de los castigos y penas aplicados se pueden achacar a intrigas de diversos y destacados cortesanos. Y los que fueron encarcelados no tardaron en ser liberados por orden del emperador Rodolfo II.

Si bien hoy en día muchos se mofan públicamente de la alquimia, debieran darse cuenta de que sin Raymundo Lullio, Paracelso y todo un largo desfile de ilustres nombres, no habría existido tampoco un Lavoisier ni todos aquellos que le siguieron.

Hoy, poco o nada queda en Praga de aquellos hermosos tiempos de la alquímica época de Rodolfo II. Permanecen las doradas esferas y puntas de 350 torrecillas y campanillas. La Dorada Praga espiritual ha sido corroída por las mordeduras del tiempo, cuyas huellas más graves datan del más reciente período comunista y materialista. La mayoría de las obras de arte reunidas por Rodolfo II se las llevaron los suecos al finalizar la Guerra de los Treinta Años. Desapareció la libertad religiosa preconizada por Rodolfo II, y mucho tardará en recuperar su plena vigencia. Asimismo han desaparecido la riqueza y el oro fabricado por el emperador por vías de la alquimia. También ha desaparecido el espíritu alquimista.

¿Conseguirá Praga alzarse de nuevo a sus dimensiones espirituales? ¿Nacerán nuevos alquimistas capaces de resucitar a los espíritus desaparecidos del pasado? Esperamos que sí, pues como dijo cierto sabio profesor, “la esperanza es una forma de fe”.