CARA A CARA

 

PATRICIA MUÑOZ

Los seres humanos vivimos en continua interrelación. Desde la pequeña familia nuclear hasta la gran familia de la Humanidad, debido a los nexos existentes entre sus componentes, los hombres.

En la última década ha cobrado mayor importancia el estudio y desarrollo de las relaciones humanas como un medio para hacer al hombre más eficaz en su trabajo y para utilizarlo mejor. Este aspecto negativo del fenómeno no debe impresionarnos, sino más bien servirnos de estímulo para crear y acrecentar la parte positiva que encontramos en la nueva importancia que han tomado las relaciones humanas.

El siglo XX, en su vertiginoso avance técnico, fue despreciando poco a poco el valor del yo, y su particularísimo aporte a la vida, creó un sistema deshumanizante en el que el hombre tiene un valor como elemento mecánico y pasivo. Esta antinatural situación ha creado tales problemas en el interior de la sociedad que en la última década se ha visto un intento de retorno al humanismo, pero a un humanismo utilitario que busca y revela el valor del hombre como un objeto del cual se puede extraer el máximo potencial con el fin egoísta de transformarlo en un buen productor y un buen consumidor.

En medio de un mundo epidérmico que contiene miles de opciones de vida para el hombre materialista y superficial, pero casi ninguna para el hombre espiritual, las vivencias de bienestar y felicidad están asociadas únicamente a los deseos satisfechos, acontecimientos y metas alcanzadas, placeres corporales, etc. Sin embargo, el hombre interior reclama su parte, y medio ciego, sordo y mudo, busca por instinto una salida a la luz espiritual y un encuentro cara a cara con su yo, que es también el yo de quienes lo rodean.

Surge la posibilidad de encontrar un destello de verdad en los ojos del otro, y cobra nueva importancia la relación humana y la comunicación; y como es un ser poco diestro en relacionarse consigo mismo, también lo será en sus relaciones con los demás.

Comunicación y conocimiento de sí mismo

Se dice que a mayor comunicación, mejores relaciones. Sin embargo, el conocimiento de sí mismo es un complemento esencial de toda comunicación y de toda relación. Los grandes problemas entre los hombres muchas veces se resumen en una deficiente o inexistente comunicación. Pero ¿quién podrá ser tan poco práctico como para entorpecer conscientemente la relación con los otros? Al parecer nadie quisiera no ser entendido, pero ocurre con demasiada frecuencia.

Uno de los primeros obstáculos para el autoconocimiento es que nuestra educación nos ha dejado la lamentable herencia de buscar fuera lo que se debe buscar dentro, y el sendero interior es comprendido por millones de hombres como un conjunto de fenómenos físicos perceptibles a través de los sentidos. Y, lo que es más, es concebido como una historia posible de novelar, “para que todos sientan lo que yo siento”.

La mente y el corazón de este desconcertado y solitario humano están cerrados herméticamente, y la llave de oro para el proceso de autoconocimiento y auténtica relación con los demás es el amor.

Del amor se van a generar la confianza, la autovaloración, la tolerancia, la paciencia y otras mil virtudes necesarias para vivir y para que realmente se pueda dar una transformación hacia el Mundo Nuevo.

Amar al otro, entender al otro

No es posible introducirse en el mundo interior de nadie si previamente no se tiene un interés y un nexo con él. Este interés ha de ser necesariamente inegoísta y con miras a dar algo, a dejar algo, a aportar una parte de sí al proceso del otro.

Aprender a escuchar es lo primero si pretendemos comprender. Como todos los hombres vemos el mundo desde nuestra perspectiva, fácilmente caemos en la falta de ecuanimidad cuando se trata de valorar otros puntos de vista. La falta de cortesía, el juicio superficial y la generalización son acérrimos enemigos de la legítima comunicación cara a cara, pues estamos tratando de ganar terreno en la búsqueda de la verdad, de comprender, de unir para extraer lo mejor, no de ganar una absurda carrera en la que está en juego nuestro orgullo personalista.

Dar algo de sí

Es necesario estar dispuesto a hacer todos los esfuerzos posibles para entablar una relación positiva y profunda, pues no se trata de rozarse con la gente para guardar una apariencia, sino compartir el Ser-Humanidad y aceptar que cada cual será diferente en cuanto a experiencias, virtudes, carencias, sentimientos, obras, y no solamente aceptarlo, sino estar dispuesto a entregar algo de sí mismo: comprensión, tolerancia, prestar oídos a sus ideas y sentimientos, amistad; en una palabra, amor, para que se transforme en el corazón de quien lo recibe en una bocanada de aire puro que le haga saber que hay quienes pueden expresar y vivir sentimientos profundos sin avergonzarse de ello o sentirse pasado de moda. Es fundamental no poner condiciones, pues en este caso no se está dando sino cambiando, negociando algo que no es legítimo negociar.

El lenguaje que hay que utilizar debe ser en lo posible sencillo y profundo a la vez, pues la abundancia de tecnicismos, modismos y términos especializados carece de universalidad. Cuando el lenguaje está cargado de ironías puede ofender o menoscabar si no se utiliza de una manera atinada. Paciencia y amabilidad con quienes se comparte el diario vivir son excelentes muestras de amor y nobleza.

Fraternidad

Estas ideas no pueden operar en la práctica si no se está poderosamente involucrado con la de la fraternidad, que es una actitud ante la vida que nos hace participar del Ser-Humanidad. Implica la aceptación de las personas tal como son, reconociendo sus potencialidades, y por difícil que parezca, el amor y respeto por las personas. Esta es una actitud activa y digna de practicarse continuamente y en todo grupo al que se pertenezca. La fraternidad reconoce las diferencias entre los hombres pero también la unidad; es una relación humana profunda que no acepta la posesión ni la mediocridad en los sentimientos. Las relaciones humanas son fundamentales para el desarrollo del hombre y la civilización. Sin una debida profundidad, provocan en el hombre angustia y vacío. No tienen sentido si no están basadas en el profundo sentimiento del amor y si no buscan una legítima comunicación y acercamiento entre las personas.