CEREMONIAS ASIA MENOR

JUAN ENRIQUE FERRER

Ea creó a los dioses Umunmutamku y Umunmutamnag para presentar las ofrendas.

Ea creó al dios Kusug, gran sacerdote de los dioses, para ser el que cumpliera sus ritos y sus ceremonias.

Ea creó al rey para asegurar la conservación de los templos.

Ea creó a la Humanidad para servir a los dioses (Fragmento del Ritual de Construcción).

Introducción

Son muchos los libros que se han escrito sobre los pueblos del Asia Menor, como son hurritas, hititas, acadios, casitas, sumerios, babilonios, etc., pero donde más se esfuerzan los investigadores es en su historia, su mitología, su organización social, su fuerza militar, sus impresionantes construcciones, su bellísimo arte… Sin embargo, hay un aspecto que se pasa por alto, el aspecto religioso en lo referente a ceremonias y ritos, siendo justamente a través de estos actos donde un pueblo demuestra sus creencias más íntimas y su fortaleza interior. Todas las demás manifestaciones mencionadas son el resultado, el fruto de ese fervor religioso, de esa ansia espiritual por acercarse a la Divinidad, que llevó al hombre a construir Stonehenge, las grandes pirámides y las majestuosas catedrales.

La Fiesta del Año Nuevo

La mención más antigua y también la más conocida procede de finales del III milenio a.C., de la corte del rey Gudea de Lagash. Entonces la fiesta –llamada Akitu– duraba siete días, durante los cuales las barreras sociales caían, no se emitían juicios, los padres no castigaban a sus hijos y se interrumpía el trabajo cotidiano. Un sentido parecido tenían las saturnales en Roma, consagradas a Saturno, realizándose a finales del año y comienzo del siguiente. En el período neobabilónico (625-539), las ceremonias solemnes, que empezaban con el equinoccio de primavera, duraban doce días, los primeros doce del Nisán o Mes de las Lluvias.

La Fiesta del Año Nuevo no solo era la fiesta religiosa más importante de Babilonia, sino que tenía un significado fundamental para la totalidad de la vida del Estado. Se consideraba grave desgracia nacional no poder celebrar la fiesta a causa de una guerra o por la ausencia del soberano, puesto que el rey, como representante de la Divinidad, era el centro de los acontecimientos.

Sin embargo, el papel principal de Akitu está reservado para Marduk, el dios más importante del panteón babilonio y numen o ángel tutelar de la ciudad, habiéndose equiparado con el Herakles de los griegos o el Hércules de los romanos por su simbolismo solar.

En el primer día del Nisán se desarrollan ceremonias, rezos y ritos en cuyo centro se encuentra la magnífica estatua del dios Marduk del templo de Esangila, que aquellos días es decorado con particular esmero y esplendor; delante de ella, el gran sacerdote reza las oraciones prescritas mientras otros sacerdotes ofrecen sacrificios de comidas y libaciones de vinos.

Al atardecer del cuarto día llega el primer momento culminante de la celebración: se realizan sacrificios ante Marduk y su esposa Sarpanitum; el gran sacerdote debe establecer la posición exacta de los astros y recitar las fórmulas de desconjuro. Después, en presencia del dios, se recita el Poema de la Creación (Enuma Elish), que es una manera de reactualizar por la magia oral y los ritos que la acompañan la lucha entre Marduk y el monstruo marino Tiamat, lucha que había tenido lugar en el principio de los tiempos, y que puso fin al caos con la victoria del dios. Los hititas tenían una costumbre análoga en la que solo cambiaba el nombre de los combatientes, el dios de la tempestad Teshup (Marduk) y la serpiente Illuyanka (Tiamat).

En el quinto día, el templo se purifica para el culto, y en el patio de Esangila acontece la ritual degollación del carnero, el «chivo expiatorio». Se le corta la cabeza al animal y con su cuerpo sangrante se embadurnan las paredes del templo. Los despojos del animal sobre los que se ha descargado todo el mal, todo aquello que puede poner en peligro al Estado, se tiran al Éufrates, mientras en las orillas del río se ha reunido el pueblo en espera de la embarcación que lleva la estatua del dios Nabu, el hijo de Marduk.

Los sacerdotes exorcistas, que se han contaminado en la operación de degollamiento y en el cumplimiento de la ceremonia de purificación, deben esconderse fuera de la ciudad hasta el final de la fiesta. Es curioso observar cómo este rito recuerda acentuadamente el sacrificio expiatorio judío.

El día del sacrificio expiatorio comienza con la ceremonia en la que el rey depone en el templo de Marduk todas las insignias de poder (cetro, anillo y diadema), ofreciéndole después al dios una relación de todas sus hazañas durante el pasado año. Como representante de su pueblo asume todas sus culpas, se arrodilla delante de la imagen del dios como acto de humildad, jura renunciar a todo tipo de violencia e injusticia e intenta demostrar su inocencia por cada desgracia que haya ocurrido durante el año. Seguidamente, el gran sacerdote, el Urigallu, golpea al rey en el rostro, le tira de las orejas y le amonesta para que cumpla con conciencia sus deberes en el futuro. Después de esto, el rey puede volver a adornarse con los signos del poder. Al término del rito el sacerdote lo vuelve a golpear; si después de esta bofetada el rey tiene el rostro bañado en lágrimas, esto constituye un buen presagio para el año que llega (probablemente esta costumbre sea un rito de magia mimética con el que se invoca lluvia para la tierra). Al atardecer de este día, el rey recibe la absolución y los grandes sacerdotes sacrifican un toro blanco en el patio del templo. Se puede apreciar que la conducta del soberano no es la de un tirano que explota al pueblo, que lo carga de impuestos y que los mantiene como esclavos. Muy por el contrario, su responsabilidad era muy grande y tenía que presentar cuenta de sus acciones ante los dioses y los colegios sacerdotales, donde cualquier error en su mandato podía costarle la vida.

El sexto día llegan, por fin, al templo de Marduk las tan esperadas imágenes divinas –sobre todo la de Nabu– transportadas en solemne procesión. Debía de ser un cuadro fastuoso: las estatuas, ricamente decoradas, entran en Babilonia sobre carros o embarcaciones, donde cada ciudad enviaba a su dios principal.

De los días siguientes hay muy poca información; se sabe que se celebraba una fiesta de gran importancia, el Zakmuk, la «Fiesta de las Suertes», así llamada porque en ella se echaban las suertes de todos los meses del año, o, dicho en otros términos, se creaban los doce meses venideros. También se determinaban la suerte del rey y del pueblo en el año que iba a comenzar. Como conclusión de estas profecías, el rey cogía la mano de Marduk, como cuando subió al trono, y con este gesto confirmaba su cargo para el año nuevo que empezaba.

Seguidamente, la estatua de Marduk se depositaba en su barco Makua, y remontando el curso del Éufrates, se dirigía al templo llamado Bit-Akitu, «Casa de la Fiesta del Año Nuevo». Muchos estudiosos consideran que en dicho templo se desarrollaba probablemente una especie de «drama religioso» en el que se recordaba la captura, los sufrimientos y la resurrección de Marduk, un drama del que, sin embargo, no se sabe nada, seguramente por formar parte de los Misterios.

Como coronación de la solemne ceremonia, tenía lugar el sagrado rito del matrimonio entre Marduk y su consorte Sarpanitum, que el rey y una hieródula (sacerdotisa de Isthar) reproducían en la cámara de la diosa, y que seguramente era la señal que desencadenaba la licencia colectiva entre las clases más bajas. Esta orgía colectiva, aparte del significado sexual, tiene otros más importantes, como garantizar la fertilidad y riqueza de la tierra para ese nuevo año. Pero, a nivel cosmológico, la «orgía» es equivalente al caos o a la plenitud final, y desde el punto de vista temporal se relaciona con el Gran Tiempo, con el «instante eterno» de la no duración.

Así pues, el Año Nuevo era una fiesta de renovación de la Creación, de muerte y nacimiento; la muerte del tiempo viejo en el que tuvieron lugar todos los errores y acontecimientos carentes de sentido, y donde todo eso será aniquilado, volverá al caos, y el hombre y toda la Naturaleza podrá volver a nacer a una nueva vida, a un nuevo tiempo en el seno de una nueva Creación, porque todo caos va seguido de Creación.

Ritos de construcción

La actividad principal de los sumerios (IV milenio a.C.) fue la construcción de templos y palacios, los que se convirtieron en centros absolutos del quehacer cotidiano, que imbricaban la condición primordial de toda existencia, ya que sin el binomio dios-rey, o lo que es lo mismo, templo-palacio, no podía existir la ciudad, la cual era a su vez un reflejo del macrocosmos, para que se desenvolviera en perfecta armonía el microcosmos, es decir, el hombre.

Lo más importante dentro del complejo urbanístico de la ciudad era la torre llamada zigurat, conocida en Babilonia como Etemenanki «la Casa de la fundación del Cielo y de la Tierra», e identificada por los hebreos como la «Torre de Babel»; estaba orientada según los cuatro puntos cardinales, y en sus medidas había intervenido la numerología sagrada, cuyo conocimiento estaba en manos de los sacerdotes. Así pues, a los ojos del pueblo, aquel edificio era mucho más que un símbolo; era la representación del centro exacto del Espacio, desde el cual la Suprema Fuerza Vital irradiaba sobre la Tierra entera, atestiguando con ello la presencia de su creador, Marduk.

Los reyes intentaron siempre realzar aquel edificio sagrado. Nabopolasar recibió de Marduk la orden de restaurar el Etemenaki, y tras consultar los oráculos para descubrir el día más propicio, puso manos a la obra.

Lo primero que había que hacer era buscar y sacar a la luz, con ayuda de un hacha especial, santificada por el sumo sacerdote, el Temenu, nombre sumerio del Texto de Fundación, generalmente grabado en un pequeño cilindro o clavo votivo. Estos clavos, fabricados de bronce o arcilla, con la cabeza de un dios, tenían el poder de apartar a los espíritus malignos y arrojarlos de sus escondites. Una vez hallado el Temenu, el rey lo untaba con miel, cerveza y aceite y lo volvía a enterrar, teniendo buen cuidado de ocultar su nueva posición.

Los ritos tenían que ser estrictamente observados. Si algún detalle pasaba inadvertido en los preliminares de la construcción de un edificio, se maldecía solemnemente al culpable. Antes de colocar la nueva capa de ladrillos que constituiría los cimientos de la nueva estructura, era esencial estar bien seguro del sitio exacto, tal como estaba indicado en el Temenu, pues no se permitía error de ningún género a este respecto. Los textos eran precisos sobre este punto: «Ni un dedo más ni un dedo menos que las medidas prescritas».

Era corriente enterrar objetos de diversa índole juntamente con el texto fundacional; en el caso de la reconstrucción del Etemenanki, Nabopolasar hace constar que depositó en los cimientos oro, plata y piedras preciosas. Justamente, es el mismo Nabopolasar, acompañado de todo su séquito, quien tiene el honor de levantar con sus manos las ruinas del viejo templo; para estos hombres, el trabajo físico significaba una forma más de servir a la Divinidad y, de alguna forma, doblegar su orgullo personal, quedando esto confirmado por las palabras pronunciadas por el rey: «Para Marduk, mi señor, incliné mi cerviz, desaté el ropaje que cubría mi Majestad y transporté ladrillos y arcilla sobre mi cabeza».

En cuanto a la ubicación del templo, tampoco debemos pensar que se construía en cualquier lugar, sino que el sitio tenía una vital importancia, elección que estaba reservada al colegio de iniciados o sacerdotes, que a través de una serie de signos telúricos, geománticos y astrológicos, determinaban con precisión el «espacio sagrado».

En la terminología mesopotámica el vocablo templo tiene varias acepciones: el «Monte Casa», la «Casa del Monte de todos los Países», el «Monte de las Tempestades», el «Vínculo entre el Cielo y la Tierra»… Es evidente que establecen una comparación entre el templo y la montaña, pero una montaña cósmica o celeste (el sistema solar), dado que cada uno de los siete pisos del zigurat estaba pintado de un color diferente y en relación con un planeta, siendo el último de oro por representar al Sol.

Cuando un peregrino subía a uno de tantos zigurats como había en Mesopotamia, se iba acercando al centro del mundo, y al llegar a la terraza superior realizaba una ruptura de nivel, trascendiendo el espacio profano, heterogéneo, y penetrando en una «tierra pura», sagrada. El ascenso a esta montaña-templo se hacía por una escalera exterior de forma espiral, semejante a un tornillo, y que lo emparenta con todos los montes sagrados, como el Olimpo, Meru, Helicón, Ararat, lo que permitía al hombre ponerse en contacto con los dioses, con el mundo espiritual, a través de la prodigiosa espiral de la evolución.

Las fiestas de Ishtar

La diosa Ishtar es la equivalente a Venus, Afrodita, Maya o María… Es la diosa del amor, del amanecer y del atardecer. Forma parte de la tríada estelar babilónica junto con Shamash (el Sol) y Sin (la Luna).

Muy querida, respetada y temida por mortales e inmortales, sus fiestas eran causa de que un gran tropel de nómadas y extranjeros acudieran a Babilonia deseosos de participar en el regocijo general.

Estrabón nos ofrece un relato desaprobador de lo que ocurría en la ciudad durante estos grandes festivales. Es evidente que los placeres carnales jugaban un gran papel en la veneración de Ishtar, pero a pesar de la licencia que imperaba en los barrios bajos, aquella era una fiesta religiosa.

Así, Ishtar, en la penumbra de su templo, presidía los ritos dedicatorios peculiares a su culto. Muchachas votivas cantaban sus alabanzas ante la diosa:

«Yo te alabo y te imploro, reina soberana, diosa omnipotente, oh Tú, la más hermosa, que inflamas mis deseos, protectora de los ejércitos, inescrutable diosa de los hombres y de las mujeres». Sus sacerdotisas vivían en el templo, hermosas y enigmáticas, envueltas en delicados velos, consideradas como las propias hijas de la diosa. Pero no eran ellas solas las que ansiaban servirla. Dentro del sagrado recinto del santuario acudían también hombres que en completa humildad se entregaban al servicio de la diosa para siempre, por medio del rito de autocastración, ejecutado ante la inescrutable presencia de la divinidad.

La castración realizada conscientemente y de forma voluntaria no era patrimonio exclusivo de estos sacerdotes; también la llevaban a cabo los grandes militares y los sumos sacerdotes de otros cultos, como símbolo de su entrega, de su renunciamiento a la procreación material por otra superior de tipo espiritual.

Siguiendo con el relato, nos encontramos en el exterior del templo con una Babilonia abigarrada y tumultuosa, mientras el festival está en su apogeo. De vez en cuando, un oficiante de los ritos se dirigía a la orilla del Éufrates para echar en la rápida corriente una cabeza de carnero recién sacrificado. En el interior del recinto del templo los servidores elevaban sus vasos de libaciones y hacían ofrendas de los cuartos y las entrañas de los animales a sus dioses, al rey, a los sacerdotes, a los plateros… A la luz de millares de braseros y antorchas perfumadas con especias aromáticas, encendidos en las casas, calles y plazas, el pueblo de Babilonia ofrecía banquetes a los dioses y a los errantes espectros de los difuntos que necesitaban eternamente sustento.

Otra ceremonia que tenía lugar en honor de Ishtar era la que se celebraba en el crepúsculo vespertino, cuando aparecían en el firmamento las primeras estrellas y, sobre todo, Venus. La ciudad se aquietaba y se hacía el silencio. Una virgen, hasta entonces recluida en la quietud del templo, salía acompañada por el Urigallu, guardián del lugar sagrado, que se sabía íntegro el Poema de la Creación y podía repetirlo ante la divina imagen. Acompañábanle los sacerdotes menores, magos y hechiceros, y la procesión empezaba a moverse lentamente hacia el zigurat.

Los cantores entonaban sus plegarias en forma de salmos, y los eunucos, tonadillas con la flauta siguiendo a la procesión, para adular a los espíritus que flotaban como círculos luminosos en la espaciosa noche.

Ante la multitud reunida para asistir a los antiquísimos ritos, la virgen votiva de Ishtar iba subiendo lentamente los siete pisos hasta llegar a la cumbre, donde el movimiento ascendente en espiral y cada uno de los colores producían un estado más profundo de concentración y distanciamiento del mundo profano. Una vez en lo alto entraba en el santuario de Marduk, donde debía permanecer toda la noche, esperando la visita del dios. La hija de Ishtar entregaba su cuerpo como ofrenda, la ofrenda viviente de un pueblo a su diosa nacional, la misteriosa esposa de una noche sin mañana, una noche que para ella equivaldría a la eternidad…

Ritos funerarios

Entre los hititas parecen haberse practicado simultáneamente dos tipos de ritos funerarios: los de inhumación e incineración, sin que podamos asegurar la preferencia de uno u otro. Lo único que sabemos con certeza es que los reyes de Hatti, en la Época Imperial, según el ritual conservado, parecen haber preferido la incineración.

Las complejas ceremonias del funeral real duraban catorce días. Todos los investigadores que han estudiado el ritual destacan la semejanza con los funerales de Héctor y Patroclo, tal y como Homero nos canta en La Ilíada. Junto a la pira se sacrificaban bueyes, corderos y caballos. Colocando el cadáver real en lo más alto, se encendía la hoguera que ardía largas horas. Al amanecer del segundo día se apagaba el fuego mediante numerosas jarras de vino, cerveza y walhi.

Entonces los huesos eran recogidos cuidadosamente con una cuchara de plata y bañados en el aceite contenido en un recipiente del mismo metal. Luego, se cubría con un lienzo y, finalmente, tras ciertos ritos en los que participaba la maga, la Hasawa, eran trasladados a la cámara funeraria, donde descansaban sobre un lecho sagrado. Pero los ritos en sí continuaban durante doce días más.

Pasados los ritos funerarios, los difuntos viajaban hacia el más allá, porque los hititas creían en un mundo después de la muerte. Estos ritos facilitaban al rey su gran viaje a las Eternas Praderas o Campos Elíseos donde habitan los dioses. Mas para los difuntos ordinarios (no iniciados), no había lugar en las «Eternas Praderas». Ellos iban a la Tierra Negra, donde el dios de la tormenta había confinado a los antiguos dioses. En realidad, la Tierra Negra era una ciudad amurallada, en cuyo interior había grandes calderos de bronce sometidos a un fuego eterno, donde se consumía el mal y los muertos no eran más que polvo. Podemos ver la semejanza con el Cielo y el Infierno cristianos, ya que muy probablemente fue aquí donde se inspiraron los padres de la Iglesia.

En cuanto al ritual funerario babilónico, podemos destacar que el cadáver real, con sus acompañantes, era colocado en una tumba excavada en la tierra con una profundidad entre los nueve y los doce metros. Sellada la puerta, se realizan sacrificios en el pequeño patio delante de la entrada. Después se rellena este de tierra hasta que queda a nivel del piso, sobresaliendo tan solo una cúpula. Se encienden hogueras alrededor de la cúpula y se celebran los funerales, vertiéndose las libaciones para los difuntos por un conducto de arcilla que penetraba en la tierra a un lado de la tumba. Encima de esta se construía un edificio subterráneo. En los distintos pisos de este edificio se realizaban ofrendas y nuevos sacrificios humanos. Normalmente, cuando el rey fallecía, toda la corte le acompañaba en ese viaje al más allá.

Se ha podido comprobar que estos hombres se sacrificaban de forma voluntaria por su rey-dios, al que habían jurado servir en este plano o en el otro, pues ellos no tenían el mismo concepto que nosotros sobre la muerte, principalmente por su creencia en la inmortalidad del alma, siendo la muerte la puerta que permitía el nacimiento a otro plano de conciencia.

La ceremonia está imbricada en la Naturaleza y en el cosmos. El movimiento espiral de la galaxia, la salida del sol o la apertura de un capullo en flor con los primeros rayos del amanecer están realizando una mágica ceremonia que les hace avanzar en su camino de evolución y les acerca cada vez más a la Divinidad. Pero el hombre parece que ha olvidado o no quiere acordarse de que él forma parte también de la Naturaleza y el universo, que nadie escapa del Plan Divino de Evolución.

El hombre actual, prisionero del materialismo, crispado por el estrés y esclavo de sus odios, deseos y pasiones, no encuentra la tranquilidad de espíritu necesaria para poder vivir la vida como una ceremonia. Cuando el hombre viva de forma más natural, tal vez encuentre el equilibro, la armonía y la ceremonia en su interior, como la hallaron estas civilizaciones del pasado.