DE ARBORIS

 

PAULA REVELLADO

“Es la visión religiosa de la vida lo que permite descifrar en el ritmo de la vegetación otras significaciones, y en primer lugar, ideas de regeneración, de eterna juventud, de salud, de inmortalidad…” (M. Eliade).

Desde que el hombre es hombre, la chispa divina, por medio de la intuición de lo sagrado, ha hecho que, casi sin darse cuenta, los seres humanos de este nuestro planeta se acercaran a la Naturaleza para tratar de encontrar en ella la sombra de ese Ser superior que algunos hemos dado en llamar Dios. Desde que la conciencia nos hizo darnos cuenta del espacio que compartíamos con el reino vegetal, algo especial brilló en las mentes de nuestros antepasados, algo que hablaba de fuerza, de crecimiento, de renovación, de la magia de las estaciones, que no es otra que la magia de los ciclos de la vida.

El árbol, como ser más imponente de ese reino vegetal, fue respetado y adorado; fue sinónimo de continuidad, de ese saber aguantar y crecer por encima y más allá del frío y del calor, de los vientos que nos vapulean y de las tormentas que nos azotan, símbolo de la voluntad que supera las más duras pruebas, de ese Ser superior que se encuentra en lo más profundo de cada uno de nosotros y que lucha constantemente por salir a la luz a pesar de todas las trabas que le ponemos.

Diversos autores nos han dado diferentes versiones simbólicas del árbol. Empiezo por recordar la de Madame Blavatsky, la cual en su Doctrina Secreta nos habla del Árbol de la Vida, árbol sagrado cuyas raíces nacen en el Cielo, según sus palabras, “de la Raíz sin Raíz del Ser-Todo”. De este mismo árbol invertido se nos habla en el Bhagavad Gita, según el cual hacia abajo y hacia arriba se extienden sus ramas nutridas con la savia de las cualidades. Los objetos de los sentidos son sus yemas, y hacia abajo crecen como lazos de acción en el mundo de los hombres. Blavatsky nos dice que hay que ir más allá de las raíces de este árbol Asvattha para unirse uno mismo con la Divinidad.

De otro aspecto del Árbol de la Vida o Árbol Cósmico nos habla Mircea Eliade, el cual, de forma complementaria a la idea de la Montaña Central, menciona la creencia de algunos pueblos de Asia de la imagen del centro del mundo, en el cual un gran álamo blanco o una columna celeste permitían el ascenso directo al Cielo.

De una u otra forma, la imagen del árbol se extiende a lo largo y ancho de nuestro planeta para venir a darnos una lectura de los Misterios de la evolución. Los egipcios dieron también una imagen del Árbol de la Vida, esta vez en forma de tau, por la cual asciende la serpiente del conocimiento, símbolo que muy frecuentemente aparece unido al árbol, ya que la base para el crecimiento espiritual es el conocimiento de las leyes que nos rigen a nosotros y al universo que nos rodea (conocimiento simbolizado por la serpiente).

La cábala hebrea presenta el Árbol de las Luces o de la Sephira, en cuyas hojas están grabadas las letras del alfabeto hebreo.

Otro de los árboles bien conocidos por nuestra cultura es el Árbol del Edén, el Árbol del Conocimiento, por medio de cuyo fruto prohibido el ser humano adquiría la conciencia y era expulsado del Paraíso de los no-conscientes, de los inocentes. A partir del momento en que el hombre despierta su conciencia por medio del conocimiento, su responsabilidad en la vida es mayor, ya que el hecho de discernir obliga en mayor medida a actuar con rectitud.

También existe en algunas culturas el mito del árbol debajo del cual se alcanza la iluminación. Quizá el ejemplo más conocido que tengamos sea el del príncipe Sidharta Gautama, conocido como el Buda, que sentado debajo del árbol Bodhi recuerda todas sus vidas anteriores y se libera por medio del conocimiento de la cadena de las encarnaciones. En este caso, el árbol, el macrocosmos, cobija al microcosmos, el hombre celeste o Buda.

En la Grecia clásica, el olivo simbolizaba el tiempo y se relacionaba con el culto a Cronos. También aparece el olivo relacionado con Atenea, diosa de la sabiduría, posiblemente porque a la sabiduría se llega por medio del estudio y la paciente observación de las reglas, y el olivo, como árbol centenario, está directamente relacionado con ella. El laurel, símbolo de la guerra y de la victoria, se consagraba al dios Ares, o Marte, y aún en nuestros días el laurel sigue coronando al vencedor, aunque sea de forma simbólica.

Sobre el conocimiento profundo de los poderes del mundo vegetal se han escrito varios tratados a lo largo de la Historia, pero uno de los más completos es la Botánica oculta de Paracelso, el cual, basándose en la antigua sabiduría sobre el simbolismo de las plantas, nos ofrece un mundo de conocimientos que, por lo general, escapan a nuestros ojos profanos. Nos presenta Paracelso el árbol y su estructura directamente relacionados con los cuatro elementos y con la estructura corporal y vital de los animales y humanos. Nos habla también de los diferentes tipos de plantas y de lo que las relaciona con los caracteres que imprimen los signos del Zodíaco, por el cual se rige su forma de “ser”.

Nos referiremos ahora al simbolismo de algunas especies de árboles que todos conocemos y a la significación que han tenido o siguen teniendo para la cultura de los pueblos.

El avellano se utilizó para la construcción de varitas adivinatorias, cortando la rama a la salida del sol de cualquier día del mes de junio. El ciprés, árbol considerado mágico y sagrado para diversos pueblos, era para los griegos símbolo de la Iniciación o la superación de la materia. Ornaba la frente del dios Hades, el del oscuro mundo del misterio. La encina, además de ser utilizada para fines terapéuticos, aparece en un viejo grimorio latino según el cual, para tener suerte en los negocios, había que coger cinco bellotas de encina en día domingo en su hora planetaria, quemarlas y reducirlas a ceniza y llevarlas dentro de una bolsita de seda amarilla. La higuera era un árbol sagrado entre los romanos, con cuyas hojas se coronaba a Saturno. Los griegos lo dedicaron a Hermes.

La palmera estaba consagrada a Zeus y constituía el emblema del triunfo místico. El pino se dedicaba a Cibeles y a Pan. Se podría continuar con las diferentes culturas en las que el árbol ha jugado un papel importante como símbolo reconocido a través de muchas generaciones, pero preferimos relatar un pequeño cuento sufí que nos habla también de un árbol mágico.

El cuento se titula La búsqueda del árbol cuyo fruto hace inmortal, y dice así:

Un día, un hombre instruido, por gusto de relatar una historia, hablaba de un árbol situado en la India. “Nadie que come de sus frutos –decía– envejece ni muere jamás”.

Un rey oyó referir este relato de un persona fidedigna, y se sintió ansioso de descubrir aquel árbol. Por eso envió en su busca a un mensajero inteligente. Este recorrió el país, visitando todas la ciudades, llanuras y montañas. Todos aquellos a quienes preguntaba se burlaban de él, le trataban de loco, le mostraban un respeto irónico más penoso que un insulto. Otras veces le enviaban a lugares en los que supuestamente estaba el árbol en cuestión. Cada uno le daba informaciones diferentes hasta que, al final, tras varios años transcurridos en vanas investigaciones, el mensajero resolvió abandonar su búsqueda y, totalmente desconsolado, tomó el camino de vuelta.

Ahora bien, en un lugar donde hizo un alto, vivía un sabio. El mensajero se dijo: “Ya que no tengo más esperanza, lo visitaré antes de irme, para que me acompañe su bendición”. Y, llorando, se fue a ver al sabio y le puso de manifiesto su desespero. El sabio le preguntó cuál era el motivo. Él respondió: “El emperador me envió a buscar un árbol que es único en el mundo; su fruto es de la sustancia del Agua de la Vida. Hace años que lo estoy buscando y solo he recibido rechiflas”.

El sabio se echó a reír y dijo: “¡Ingenuo!, ese árbol es el del conocimiento; altísimo, enorme y que se extiende hasta muy lejos. Es un Agua de la Vida que proviene del Océano Infinito de Dios. Partiste en busca de la forma y te perdiste. Renuncia a los nombres y considera los atributos, para que los atributos puedan guiarte a la esencia”.

Volvamos pues, en este momento histórico en que nos ha tocado vivir, lleno de prisas y de sinrazón, a las raíces (nunca mejor dicho) del conocimiento, a la sólida base de tradiciones simbólicas que sustenta el recorrido evolutivo de la Humanidad, sin olvidar que lo que muchos ojos sabios supieron ver en la Naturaleza forma parte de la cuna sobre la que descansa nuestra conciencia somnolienta.

Baste que nuestros ojos se posen en las ramas de cualquier árbol conocido para que nos demos cuenta de que una vez más llega la primavera.