EL OCIO RUTINARIO

JUAN JESÚS DIANES

La escena se repite todos los fines de semana en muchas ciudades. Es la marcha joven, la multitud variopinta que se congrega en los nuevos templos del ocio callejero.

Entre bolsas de plástico, restos de vasos y botellas, avanzan los sufridos ciudadanos madrugadores del día siguiente mientras los esforzados empleados de la limpieza se afanan en demostrarnos que “ahí no ha pasado nada”.

Esta es una de las formas más en auge en cuanto al ocio popular, pero no hay que olvidar que también podemos hablar de la televisión, del cine, de Internet, la música y la lectura, aunque estos últimos, por desgracia, en menor medida. Y digo por desgracia puesto que el ocio no puede prescindir de elementos que enriquezcan a la persona y le aporten ideas y conceptos nuevos, así como sentido crítico y discernimiento.

Lamentablemente, esto no sucede así. Predomina un concepto del tiempo libre, o sea, el tiempo que no se dedica a trabajar por una remuneración o a estudiar en un instituto o universidad, eminentemente pasivo, inerte, adormecedor. Es como si pretendiéramos liberarnos de la pesada carga de preocupaciones, estrés, agotamiento psíquico y físico por medio del alcohol, de la droga catódica o la distracción sin pretensiones, pero lo que sucede es que ese placer es muy efímero y de repente nos golpea de nuevo una realidad que no podemos o sabemos acomodar para que todo momento nos resulte grato y enriquecedor.

¿Cómo huir de la rutina, tanto psíquica como mental, que nos ahoga y nos hace pasar por la vida a ciegas?

Tal vez la solución sea dejar de concebir el trabajo como una losa que alguien nos ha impuesto y considerar que se trata de un medio de autoperfeccionamiento, de adquisición de disciplina, método e inteligencia para solucionar problemas. Es una valiosa enseñanza la que proporciona a uno mismo el trabajo bien hecho, haberse probado en una tarea que exige ofrecer nuestro ser y salir victorioso, y es exportable a todas las facetas de la vida.

Si de algún modo somos capaces de conseguir que el trabajo deje de ser absorbente y alienante, el ocio toma un nuevo cariz. Ya no necesitaremos evadirnos en la inconsciencia, ni dejarnos llevar en el anhelo de no tener responsabilidades que nos superen y asfixien. No existe la rutina en aquel que afronta cada día con la renovada ilusión de mejorar su forma de ser, de relacionarse con los demás y de vivir experiencias que le expongan a probar sus capacidades. Del mismo modo, el tiempo libre se convierte en oportunidad para desarrollar los “divinos ocios”, al decir de Platón, y estas ocupaciones nos permiten permanecer interesados y creativos en actividades más relajadas y reconfortantes, que nos permiten cambiar de actividad sin perder el ritmo vital.

En la naturaleza, nada se detiene ni se escabulle de su rol, sino que marcha cíclicamente en periodos de expansión y recogimiento, de acción y reflexión, sin paralizarse o anquilosarse jamás.

Es la filosofía la disciplina que aúna toda la actividad de la persona en tanto en cuanto persigue el conocimiento de uno mismo y los porqués de la existencia, y por ello se constituye en el tronco de todas las ramas o facetas de la vida.

Trabajo y ocio no tienen por qué ser irreconciliables; es más, son perfectamente compatibles y no son desiguales en importancia. Hay que obtener un sano equilibrio basado en un eje que integre lo que hacemos, y este eje debe orientarse hacia lo mejor de nosotros mismos, para potenciarlo y hallar la felicidad y el entusiasmo de una vida plena.