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Lao Tse y el Tao

LAO TSE Y EL TAO

SARA ORTIZ ROUS

El Tao es un libro para quienes no confían en las palabras; un libro que se lee, relee y disfruta durante toda una vida. Un libro de consulta que cambia con los años, como el vino, destilando nuevos sabores, pensamientos no descubiertos.

Lao Tse nació en una pequeña aldea del reino de Tch’en (sur de China), en el siglo VI a.C., así que fue contemporáneo de Buda, Zoroastro, Mahavira, Pitágoras y varios de los filósofos presocráticos. No podemos determinar ni el año de nacimiento ni el de su muerte, ni siquiera con una aproximación de varios años. La única fecha que conocemos de su vida es el encuentro con Confucio, en el que tuvo lugar un eclipse de sol. El cálculo nos da un eclipse de sol en el 518, visible desde China. Presumiblemente, Confucio tenía alrededor de treinta y cuatro años, y Lao Tse unos cincuenta más, así que nació alrededor del 600 a.C.

De este encuentro con Confucio nada de cierto se sabe. Solo queda el comentario de Confucio: “Los pájaros vuelan, los peces nadan, los cuadrúpedos corren. Al que corre se le agarra con la red, al que nada con un anzuelo, al que vuela con un arco. En cuanto al dragón, que se eleva hacia el cielo llevado por el viento y las nubes, no sé yo cómo se le podrá coger. He visto a Lao Tse, hoy he visto un dragón”. Aclaramos que en China el dragón no es terrestre sino celeste, del espíritu.

Lao Tse (palabra que significa viejo maestro) fue bibliotecario en la corte de los Chou. Un bibliotecario no era en la antigua China lo que hoy corresponde a ese título. Le estaba encomendado un cargo sacerdotal y su misión consistía en consultar los archivos, los oráculos, e indagar el sentido de la existencia, del éxito y la decadencia: era un sabio de la antigua tradición.

“El propósito de las palabras es transmitir las ideas.

Cuando las ideas se han comprendido, las palabras se olvidan.

¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras?

Con ese me gustaría hablar”.

Dicen que Lao Tse no quería hablar. Quería emprender un viaje hacia las cordilleras del oeste para acabar sus días en paz. El guardián del paso de Huan-Ku le observaba, el solitario centinela del paso de las montañas había vivido lo bastante para conocer que aquel anciano reticente era un sabio: sus ojos lo delataban, y el gesto de sus manos al sentarse, y la presencia que emanaba de su cuerpo. Se veía que su casa era el ancho mundo, la tierra su almohada y las estrellas sus sábanas. El guardián tomó una resolución, y empuñando su arma le dijo: “No os dejaré marchar si no me dais una parte de vuestra sabiduría”.

Lao Tse, que había intuido hacía rato sus pensamientos, sacó un pincel y comenzó a trazar caracteres, 5000 ideogramas, sobre la túnica de seda que le ofreció el soldado, destilando en ochenta poemas una de las experiencias más sensatas del conocimiento humano: el Tao Te King.

Este es un libro para quienes no confían en las palabras. Desde el inicio su autor advierte: “El Tao que se puede nombrar no es el verdadero Tao”. Pero Lao Tse hizo lo imposible, un libro que se lee, relee y disfruta durante toda una vida. Un libro de consulta que cambia con los años, como el vino, destilando nuevos sabores, pensamientos no descubiertos. La sabiduría que intenta comunicar Lao Tse es el modo de ser de la Naturaleza y la manera en que debemos obrar para asemejarnos lo más posible a ella.

¿Qué es el Tao Te King? Traducido, “el libro del sentido y de la vida”. Es probable que nos gustase una explicación al estilo occidental: “el Tao es de tal y cual modo y, en consecuencia, el sabio se comportará de este y aquel modo”. Imposible. El lenguaje puede ayudarnos a entender un concepto, pero no la experiencia del Tao. No en vano los filósofos taoístas decían que hay que transmitir lo que armoniza y trasciende los contrarios mediante el silencio.

El Tao es incognoscible, inefable e infinito. La palabra Tao está compuesta de dos ideogramas: uno es cabeza, el otro es marchar; puede significar hombre que camina, ir conscientemente, camino, sentido, logos, vía.

En su sentido original cósmico, el Tao es la realidad última, indefinible y, como tal, es el equivalente del Brahman hinduista o del Dharmakaya budista. Su cualidad es intrínsecamente dinámica. Desde el punto de vista chino, constituye la esencia del universo y es percibido como flujo y cambio continuos.

La confusión sobre esta palabra ha sido grande en Occidente desde que los primeros jesuitas llegaron a China y la tradujeron con simplicidad por “Dios”, pero no es ni una personificación de lo divino a semejanza del hombre ni la causa de lo manifestado, sino que está más allá.

Lao Tse distingue desde el primer capítulo dos estadios diferentes del Tao:

– Eterno, que no tiene nombre, trascendente. Es evidente que el Tao no se desenvuelve en el tiempo ni en el espacio. Mirándolo no se le ve, escuchándolo no se le oye, tocándolo no se le siente. Sólo depende de sí mismo. Lo demás recibe su sentido de algo externo (el ser humano de la Tierra, la Tierra del Cielo, y el Cielo del Tao).

– Con nombre, madre de todos los seres. En este sentido, el Tao puede ser una roca, un hombre, un pájaro, un arroyo. Este Tao está en todas las cosas, tanto nobles como despreciables y tiene el germen de la diversidad.

Dice el Tao Te King: “Del Tao surge el 1, luego el 2, luego el 3 y los 10.000 seres”. Es un proceso de cosmogénesis presente también en filósofos griegos y helenísticos.

En las raíces del pensamiento y el sentimiento chinos reposa el principio de polaridad, que no debe confundirse con los conceptos de oposición o conflicto. En otras culturas están en lucha la luz con la oscuridad, la vida con la muerte, lo positivo con lo negativo. Para el modo de pensar tradicional chino esto resulta tan incomprensible como la existencia de una corriente eléctrica sin sus polos positivo y negativo o como el norte sin el sur. La desaparición de uno es la desaparición del otro. Las polaridades son estados extremos de una misma cosa, como las dos puntas de un bastón.

Los chinos llaman a los dos aspectos de la polaridad el yin y el yang, que literalmente significan el lado umbrío, oscuro de una montaña, y la vertiente soleada. Representan las polaridades de la realidad sensorial: día y noche, masculino y femenino, mente y materia, bien y mal, luz y oscuridad, fuerza y debilidad, cielo y tierra. En el reino del pensamiento, yin es la compleja y femenina mentalidad intuitiva; yang, el claro y racional intelecto. Yin es la tranquilidad, la quietud contemplativa del sabio; yang, la fuerte acción creativa del rey.

Son fuerzas opuestas, pero complementarias, cuya interacción genera el universo, como la dualidad de Purusha-Prakriti en el hinduismo, o Gea-Uranos de Homero.

El conocido diagrama del yin-yang es explícito: todo es dual (de ahí las dos lágrimas, blanca y negra). Los opuestos se complementan, forman un círculo, la figura sin fin. Además, todo es dinámico. Es una simetría rotacional que sugiere, de modo muy enérgico, un continuo movimiento cíclico. Y los dos puntos simbolizan la idea de que cada vez que una de las dos fuerzas alcanza su límite, contiene en sí misma la semilla de su opuesta.

Esta es una visión del mundo que no se ha tenido en Occidente desde que se olvidaron las palabras de Heráclito: armonía en la diversidad como el arco y la lira. No te bañarás dos veces en el mismo río. La noche empieza al mediodía. No es la lógica aristotélica, las cosas no acaban nítidamente, sino que todo está en todo. Todo desborda, fluye, cambia, se interpenetra.

La eficacia del Tao reside en su vacío. Sin vacío nada podría producirse. La utilidad de la vasija no está en la arcilla sino en el hueco, en la falta de material. Un vaso lleno de tierra no nos permite utilizarlo para beber. En una casa, lo útil son los vacíos, los huecos, puertas, ventanas, habitaciones. Y en el hombre, lo útil no son sus horas llenas, sino las vacías, las que tiene para dedicarse a sí mismo o a otros seres humanos, aquellas en que estamos prestos a servir.

Además de su conformidad con el Tao, el hombre perfecto es rey de sus oídos y palabras, no tiene egoísmo, ni corazón propio, sino que hace suyos los corazones de la gente. Es humilde, no se envanece con los éxitos, y es como el agua. El agua se adapta siempre: cuando está en un hueco se remansa, cuando llega un plano se desliza, cuando hay pendiente corre y siempre con perfecta naturalidad. Nada más blando que el agua y, sin embargo, vence lo más duro: rompe acantilados y erosiona valles.

Cuando el agua está quieta es un espejo. Nadie se mira en aguas turbias. Así, la mente solo entiende y refleja con precisión el mundo cuando está calmada.

Y nada de virtudes artificiales. Sorprende que Lao Tse critique la justicia y la caridad. Cuando decayó el Tao aparecieron la caridad y la justicia. Lo que condena es la sustitución del Tao por el formalismo cultivado artificialmente de los letrados de su tiempo. “Eliminad a los eruditos, desterrad a los astutos, ingeniosos en palabras, y el pueblo saldrá ganando con creces”. Rechazó, como Sócrates, a los sofistas, porque con las falsas virtudes habían pervertido la simplicidad y honradez de las gentes.

Lao Tse nada ha dejado de sus ideas sobre el alma, la libertad o el conocimiento. Se ha limitado a recomendar la conformidad con el Tao, cuidado de no arriesgar la vida por la codicia y no gastarla en cavilaciones abstrusas para no enfermar. Lao Tse, como muchos otros sabios orientales, tiene una única meta: la transmutación, un aquietamiento físico y mental que facilite el ascenso a los diferentes niveles de conciencia.

Para saber más:

Tao Te King. Traducción y comentarios de Richard Wilhem. Editorial Sirio.

Tao Te King. Traducción de León Wieger. Ediciones Obelisco.

La sabiduría como estética. China: confucianismo, taoísmo, budismo. Chantal Maillard.. Ediciones Akal, 1995.

Sufismo y taoísmo. Toshihiko Izutsu. Ediciones Siruela, 1997.

Enseñanzas taoístas – Chang Tse – Lie Tse – Lao Tse. Introducción, versión y notas de P. H. Delcius. Colección Aurum, mra. Creación y Realización Editorial.

Textos de estética taoísta. Luis Racionero. Alianza editorial, 1992.

El Tao de la física. Fritjof Capra. Editorial Sirio, 1992.

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