LEONARDO DA VINCI

ROSA M.ª FERRÁNDEZ

El prototipo de hombre renacentista, su capacidad investigadora y creadora es una fuente de libre cauce donde todas las potencias humanas se ponen en acción para beneficio de toda la humanidad.

En la historia conocida hay suficientes personajes que podríamos calificar de extraordinarios, en alguna de las múltiples facetas humanas, pero escasos son los que han sobresalido en tantos y tan variados campos al mismo tiempo. Leonardo es un genio entre los genios y su existencia coincide con uno de los periodos más luminosos de la historia: el Renacimiento italiano.

Leonardo nace a pocos kilómetros de esa ciudad curiosamente llamada Florencia, allí donde iban a florecer los más grandes genios del Renacimiento y sus obras inmortales… Su inquietud científica y artística ya despuntaba en los primeros años de su vida. Su habitación era un laboratorio donde se acumulaban los más extraños objetos, animalillos, piedras y fósiles que hallaba en sus inspecciones campestres.

Sus inquietudes artísticas fueron rápidamente encauzadas por su padre, Ser Piero da Vinci, que dejó la custodia de su hijo en manos de un hombre que encarna el espíritu renacentista, Andrea del Verrocchio. Será este maestro quien inicie al joven Leonardo en pintura, escultura, música, ingeniería y filosofía. Como buen discípulo, pronto igualará a su tutor, quien le permitirá participar en sus obras.

La luz y la sombra

Leonardo no solo abrió caminos nuevos en la pintura, sino que le dio nuevos valores a este arte. Hasta entonces las diferentes representaciones de figuras humanas o animales y la misma naturaleza formaban un todo artificial y superpuesto. La pintura es color y es luz, y Leonardo investigó profundamente los efectos de la luz sobre el ojo humano. Un cuadro, lo mismo que la vida, es un debate entre la luz y las tinieblas. Leonardo representó como ninguno hasta entonces ese debate externo e interno entre lo claro y lo oscuro. Dio vida a esa misteriosa técnica del sfumatto, donde la línea y los contornos se van difuminando lentamente, donde todo se funde en un conjunto único en esa irreal dualidad del claro y el oscuro.

Gran amante de la música, Leonardo consideraba a la pintura hermana de esta, y la definía como una sinfonía de luz y de formas; las partes –decía– tienen que formar un todo armónico. Vemos en muchas de sus obras que los personajes están todos envueltos en una misma atmósfera, unidos por la mirada, la dirección del cuerpo, todos están sutil y naturalmente enlazados. Para Leonardo una pintura debía tener alma, no ser solo una fría representación simbólica despojada de su espíritu. La misma forma debía ser un mensaje, pero no un mensaje cualquiera sino una inquietud profunda. A lo largo de toda su vida realizó exhaustivos y completos estudios anatómicos; al mismo tiempo, era un incansable observador de los tipos humanos, encaminado hacia la búsqueda de la expresión del alma a través de la forma.

Conocedor de Pitágoras y amigo de Luca Pacioli, Leonardo creó sus obras bajo el conocimiento de las divinas proporciones o número áurico.

Su obra de La Última Cena le llevó diez años de trabajo. Esta representación simbólica, que va más allá de la alegórica última cena del Maestro Jesús, es una representación de los doce signos del Zodíaco dirigidos por el Sol oculto. Cada personaje expresa las características de cada signo y su correspondiente planeta. Frecuentó todo tipo de lugares para encontrar los personajes adecuados, con la intención de captar de ellos un rasgo, un gesto, una mirada, un algo que sirviera de representación.

El eterno misterio de la sonrisa

La pintura –dijo Leonardo– es una poesía que se ve. La desconocida dama llamada Mona Lisa o Gioconda ha pasado a la historia por esa enigmática sonrisa de la que tanto se ha especulado, pues cada época y cada especulador le ha dado una interpretación, como si fuera un profundo espejo en el que todos se reflejan. ¿Qué misterio encierra para que se la considere como la Esfinge de Occidente? Nada destaca en este personaje tan sencillamente vestido y ataviado, algo inhabitual en la época. No es la belleza física, sino la expresión de su rostro la que atrae e inquieta al espectador. Hay en ese esbozo de sonrisa contenida una similitud con las estatuas de la Grecia arcaica y el viejo Egipto. Sus ojos parecen sonreír más que su boca, la suya es una felicidad que viene de adentro y esa plenitud es un misterio para el hombre que no halla puentes que le lleven hacia su armonía interna.

San Juan y el Baco

En el Museo del Louvre podemos ver los cuadros de estos dos personajes representados por Leonardo, y son tal vez las más enigmáticas obras realizadas en la última etapa de su vida. Tienen al mismo tiempo esa expresión sonriente y misteriosa de la Gioconda y de la Santa Ana inacabada, pero esta vez en versión masculina. Con San Juan y Baco, le da forma artística al símbolo del andrógino, yendo más allá de la lógica humana. Leonardo, en esa búsqueda metafísica de la vida y sus orígenes, crea unos seres que parecen emerger de un principio único, más allá de la dualidad del universo. Son la expresión del espíritu completo del hombre realizado, que contiene en sí todas las potencias del universo, es el círculo que encierra el ying y el yang de los orientales, el satwa hindú; en una palabra: el ser humano perfeccionado y completo que ha trascendido los pares de opuestos, lo masculino y lo femenino, la vida y la muerte, el arquetipo de una humanidad que está aún en sus albores.

La gran maestra de Leonardo era la naturaleza y la vida misma, velo de todos los misterios que él observaba pacientemente, y sus mejores consejeros eran viejos libros: Platón, Ramón Llull, Pitágoras, Ptolomeo, Tito Livio, etc. Un amor incondicional a toda la naturaleza y sus criaturas y un respeto profundo al saber de todos aquellos hombres que le precedieron alimentaron su fecundo espíritu investigador y creador.

Leonardo es el hombre renacentista y universal por excelencia porque toda su vida es una síntesis de búsqueda y de hallazgos. Ningún anhelo humano se escapó a su mente inquieta y a sus manos creadoras: tratados de pintura, estudios de anatomía, fisiología, geología, proyectos de ingeniería, máquinas voladoras, trajes de buzo, automóviles, bicicletas, barcos, telescopios, telares, cuentos, chistes, vivencias, ética y un largo etc. En Leonardo el saber es una sola y única inquietud fecunda y vital que no está dividida ni especializada: ciencia, religión, arte, política, son las caras visibles de una realidad más profunda, donde todo lo visible es un todo inseparable, donde el ser humano es criatura y creador, descubridor y objeto de descubrimiento al mismo tiempo. ¡Ojalá ese espíritu omniabarcante vuelva a resurgir entre la humanidad!, pues el ser humano en este periodo histórico de asfixia materialista necesita más que nunca liberar ese caudal inmenso de potencias del espíritu que buscan su verdadera y total realización.

Bibliografía

La génesis del arte, José Manuel Infiesta Monterde, Universidad Politécnica de Barcelona, 1974.

Leonardo da Vinci, Fred Berenice, Ed. Grijalbo, 1971.

Leonardo da Vinci, Biblioteca Histórica Grandes Personajes, Ed. Urbión, 1983.

Significado esotérico-astrológico de La Última Cena, Jorge Á. Livraga Rizzi, revista Nueva Acrópolis, n.º 144, 1986.

Conocer a Leonardo da Vinci y su obra, Luis Racionero, Ed. Dopesa, 1978.