SIRIO

JOSÉ CARLOS FERNÁNDEZ

Tiene dos veces la masa de nuestro Sol y, sin embargo, su brillo y luminosidad es veinte veces mayor.

Sirio es la estrella más brillante y de mayor magnitud (aparente) del firmamento. Está situada en la constelación de Canis Major, y fue llamada “La Estrella del Perro” en civilizaciones tan distintas como China, Egipto y Grecia. Situada a 8.6 años luz de la Tierra, en el hemisferio norte es visible desde el mes de noviembre hasta abril. Sirio A aparece de un color blanco y azul, y en el curso de los años, según la posición recíproca respecto a su compañera, Sirio B, cambia su luminosidad y su brillo, hecho ya observado por los astrónomos antiguos, por ejemplo, los griegos, que referían esta característica como una de las más notables de Sirio.

La astronomía moderna comenzó a detectar irregularidades en la órbita de Sirio desde 1834, pero no conseguirían identificar a su estrella hermana hasta 1862. En el año 1920 se obtuvo el primer espectro de luz procedente de Sirio B, y se la clasificó como una “enana blanca”; era la primera enana blanca que se estudiaba y sirvió de patrón para todas las que se descubrieron después. Las enanas blancas son estrellas de brillo muy débil y gran densidad-. El tamaño de Sirio B es del mismo orden que el de nuestra Tierra y su masa es similar a la de nuestro Sol. Su densidad es 65.000 veces mayor que la del agua. No está hecha –dicen los astrónomos– de materia corriente, sino que los átomos están prensados y los electrones aplastados en lo que se conoce como materia degenerada o superdensa. Las dos estrellas, Sirio A y Sirio B, giran la una en torno a la otra en un período orbital de 49.9 años, intercambiándose partículas y rayos cósmicos; Sirio B, más densa, arrebata materia a su compañera, acelerando ambas más y más su giro, lo que provoca que produzcan una pulsación cósmica, una irradiación y un flujo magnético hacia nuestro Sol, que lo distribuiría como una lente por el sistema solar.

La relación entre esta estrella, Sirio A, y su hermana, Sirio B, quizás recuerde en cierto modo el combate repetido y feroz entre Horus (recordemos que uno de los significados de Horus, en su forma de Horus Sept, es precisamente Sirio) y Seth Tifón; existe incluso una divinidad de dos cabezas, una de Seth y otra de Horus, “reconciliados”. Se los obliga a combatir en un espacio cerrado –tal vez “orbitando” el uno hacia el otro–, con sucesivos acercamientos y alejamientos. Esta idea no debe resultar tan extraña si estudiamos el significado de la palabra typhon, con que los griegos designaron al dios Seth.

Repasemos primero la idea astronómica: Sirio B, una estrella casi oscura, envuelta en fuertes turbulencias magnéticas, hace gravitar pesadamente a Sirio A, le arrebata materia y “la ciega”. Recordemos que los dogones y otros pueblos conceden la preeminencia a Sirio B, que aunque más oscura, tiene mayor fuerza regente y sería el “padre oscuro del hijo luminoso”. Pues bien, Tyfon –nombre griego de Seth– significa “cometa”, es decir, una estrella en movimiento; Tyfos quiere decir “humo, vapor”, y también orgullo y vanidad; Tyflos es “ciego”, en el sentido de “brumoso y oscurecido”, y Tyfloo significa “cegar, confundir”, y también “envolver en humo”. Para colmo, el perro Ortros, uno de los nombres de Sirio en la mitología griega, es hijo del monstruo Tifón, junto con Cerbero, el perro de 3 ó 50 cabezas. El 50 es un número que aparece continuamente asociado a Sirio, por la relación de este con el 5 y por los 50 años de la órbita conjunta y acercamiento y alejamiento de Sirio B y Sirio A.

En el año 1995 los astrónomos franceses Daniel Benest y J. L. Duvent afirmaron que parece existir una pequeña enana roja, Sirio C, en el sistema estelar de Sirio, pues detectaron una perturbación que no se podía explicar de otra manera. Es curioso, ciertamente, que los egipcios, en sus distintos zodíacos, figurasen tres diosas en la barca de Sothis (Sirio): Sothis, Anukis y Satis; y que Neugebauer, el gran estudioso de la astronomía egipcia, afirme que dicha diosa Satis, como su compañera Anukis, no puede considerarse una constelación separada sino más bien vinculada a Sothis.

Una de las formas simbólicas de Sirio en Grecia es Hékate –que también significa la Luna–, la diosa de la magia y de los juramentos terribles, de tres o cincuenta cabezas.

Más extraordinario aún es el conocimiento que de la estrella Sirio tienen los dogones, una tribu africana que vive en el actual Estado de Mali, y que consideran sus conocimientos procedentes del Antiguo Egipto. No son conocimientos a los que ellos se refieren libremente, sino que los transmiten gradualmente en sus iniciaciones a quienes piensan que pueden ser dignos de ellos. Por “fortuna”, los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen, después de vivir varios años entre ellos, pudieron acceder a estos conocimientos “iniciáticos”. Marcel Griaule fue el primer forastero depositario –después de una solemne reunión de los sacerdotes más importantes de la tribu– de dichos conocimientos; resumamos lo que sabe, desde hace siglos, esta tribu sobre el sistema Sirio.

El punto de partida de la creación –evidentemente, de la vida en nuestro sistema solar, y por tanto, del ser humano, no el origen ni la vida de nuestro infinito universo– es la estrella que gira en torno a Sirio, que, de hecho, se llama la estrella Digitaria; los dogones la consideran la más pequeña y la más pesada de todas las estrellas; contiene el germen de todas las cosas. Su movimiento alrededor de su eje y de Sirio sostiene la creación en el espacio. Veremos que su órbita define el calendario (1).

El nombre con que los dogones designan a esta estrella es Po –que es el de la semilla que constituye su alimentación básica, como la de muchas tribus de África–, semilla de la planta Digitaria exilis o Fonio. Resulta que su semilla es de las más diminutas que existen, lo que la vincula directamente con la importancia y, por otra parte, con el tamaño reducido de Sirio B. Para los dogones, esta semilla es la “fuente de todo en el mundo”; pero, en realidad, a lo que se están refiriendo es a que la estrella Po, o Digitaria, es la fuente de todo el mundo, y que todo tipo de materia tiene su raíz en esta estrella.

Creemos que podemos interpretar este fragmento en el sentido de que desde la estrella Sirio –más particularmente, Sirio B– emana una irradiación cósmica que interviene definitivamente en las transmutaciones alquímicas de la materia, no solo de nuestro sistema solar, sino de todas las estrellas cercanas de la “molécula cósmica”, que incluye a Sirio, nuestro Sol, Alfa Centauro, Procion, Altair y decenas de estrellas de mucha menor visibilidad.

Recordemos la enseñanza mistérica: un electrón es como un planeta; un sol, como un átomo; y un grupo de soles ligados armónicamente son como una molécula. Esto, los dogones lo relacionan con la placenta, y se refieren, por ejemplo, a la “placenta de Po”, porque en cierto modo, ella alimentaría a las distintas estrellas que se hallan dentro de su placenta o influencia estelar.

Los dogones describen la órbita de Digitaria como un huevo o una elipse, girando en torno a Sirio A, que se halla –según sus dibujos– en uno de los focos de la elipse (con lo que los dogones demuestran conocimientos de la gravitación universal o de las leyes de Kepler); a su vez, Digitaria , Sirio B, giraría en torno a sí misma cada año, lo que los dogones celebran con el rito del bado, pues sostienen que un haz de rayos cósmicos y espirituales llegaría desde esta estrella cada año. Literalmente, para que cada uno lo interprete como quiera y pueda: en esta ocasión, expulsa de sus tres espirales los seres y las cosas que contiene. A este día se lo llama badyu, “padre arisco”, porque está marcado por un movimiento general del mundo que trastorna a las personas y las coloca en una relación insegura con ellas mismas y con las demás. Los dogones afirman que este sistema es triple –hecho recientemente corroborado por la ciencia–, y llaman a esta tercera estrella Sirio C, emme ya (sorgo hembra), sol pequeño o sol de las mujeres. Dicen que, comparada con Digitaria, es cuatro veces más ligera y recorre un trayecto mayor en la misma dirección y el mismo tiempo, cincuenta años, siendo sus posiciones relativas tales que sus radios forman un ángulo recto.

Los dogones disponen de otros conocimientos esotéricos y astronómicos admirables. Por ejemplo, dicen que la Luna está muerta y seca, como la sangre reseca. Los planetas son estrellas que giran en torno al Sol. Las distintas posiciones de Venus aparecen registradas en altares, piedras realzadas, disposiciones en cuevas. Tienen cuatro calendarios, tres litúrgicos: el solar, el de Venus y el de Sirio; y un cuarto calendario agrario, de base lunar. Conocen los cuatro satélites más importantes de Júpiter, a los que llaman “las cuñas de Júpiter”. Saturno es “la estrella que limita el espacio”. La Tierra está contenida en la Vía Láctea, que es por sí misma la imagen de las estrellas moviéndose en espiral dentro del mundo de las estrellas que se desplazan en espiral. Los movimientos celestes están relacionados con la circulación de la sangre. Los planetas, satélites y estrellas compañeras son la sangre en circulación (visión, por ejemplo, que comparten con los aztecas y con Paracelso).

Como ya dijimos, los dogones usan la placenta como símbolo de un sistema de estrellas o planetas. Se refieren a nuestro sistema solar como la “placenta de Ogo”, mientras que el sistema de la estrella Sirio es la placenta de Nommo. Además, este es el nombre colectivo para el gran héroe de su cultura y fundador de la civilización, proveniente del sistema de Sirio –como Osiris en Egipto–. Ambas placentas cósmicas están vinculadas, se entrecruzan y se encuentran en el origen de diversos calendarios, imponiendo un ritmo a la vida y a las actividades del hombre. Uno de ellos, el más cercano a la Tierra, tendrá el Sol como eje; el Sol es el testimonio de los restos de la placenta de Ogo; y el otro, más lejano, Sirio, el testimonio de la placenta de Nommo, supervisor del universo.

Seguimos extrayendo del trabajo de estos antropólogos, titulado Un sistema siriano en Sudán, las siguientes citas sobre el sistema de Sirio y otros datos de gran interés: Dicen que Sirio aparece rojiza a la vista, y Digitaria blanca, y que Dios, Amma, creó a Digitaria antes que a cualquier otra estrella. Es el huevo del mundo, la infinitamente pequeña, y conforme se desarrolló, engendró todo lo que existe, visible e invisible. Está compuesta de tres de los cuatro elementos básicos: aire, fuego y agua. El elemento tierra esta sustituido por el metal.

Encontramos también enseñanzas precisas de cosmogénesis. Del Huevo del Mundo sale una línea vertical, el primer brote en salir del saco; otro segmento, el segundo brote, asume una posición en cruz, y así aporta los cuatro puntos cardinales: el escenario del mundo. La rectitud de estos dos segmentos simboliza la continuidad de las cosas, su perseverancia en un solo estado. Por último, un tercer brote, tomando el lugar del primero, le da forma de óvalo abierto en su parte inferior, y rodea la base del segmento vertical. La forma curva, en contraste con la recta, sugiere la transformación y el progreso de todas las cosas. El personaje que se obtiene de este modo, llamado la “vida del mundo”, es el ser creado, el agente, el microcosmos que resume el universo.

La estrella (Digitaria) es la reserva y la fuente de todo: “es el granero de todas las cosas del mundo”. Los contenidos del receptáculo estrella son expulsados por la fuerza centrífuga, en forma de partículas infinitesimales comparables a las semillas de la planta Digitaria, que sufren un desarrollo rápido: la cosa que va, emerge fuera, se hace tan grande como ella cada día.

Está hecha de un metal llamado sagala, que es algo más brillante que el hierro y tan pesado, que todos los seres de la Tierra juntos no pueden levantarlo. Recordemos que esta estrella, Digitaria o Sirio B, tiene una densidad decenas de miles de veces superior a la del agua, y por lo tanto, miles de veces a la de un metal común. El hecho de que los dogones la consideren “metálica”, o “del más pesado de los hierros”, tiene cierta corroboración científica. El metal y sus cualidades (brillo, peso, conductividad eléctrica, maleabilidad, resistencia a la atracción, etc.) son tales porque los átomos pierden sus electrones más externos, y los núcleos se estructuran como en “películas”. Pero a la gravedad inmensa a que es sometida la materia en una estrella como Sirio B, prácticamente todos los electrones “saltan” de sus órbitas y quedan libres, por lo que podemos confirmarlo como “el metal de los metales”. El paso siguiente al químico –o físico atómico– se verifica cuando la gravedad y la presión son aún superiores y los electrones se funden con los protones generando neutrones, dando lugar a la llamada estrella de neutrones, miles de veces aún más densa que la enana blanca, pero sin sus propiedades “metálicas”.

Esta estrella, a quien llaman también “principio profundo”, polo to, derivación de tolo po, Estrella de Digitaria, es también para los dogones la Estrella de la Circuncisión. Recordemos que la circuncisión era propia de los sacerdotes egipcios, y que de ahí luego se convirtió, gracias a Moisés, en signo distintivo del pueblo hebreo; Maimónides le dedica varias páginas tratando de explicar el origen y el porqué de dicho rito, sin llegar a decir nada determinante ni convincente.

Una de las figuras geométricas con que simbolizan a la estrella Digitaria (Sirio B) es la espiral, pues dicha estrella consiste en un núcleo central que expulsaba semillas o brotes cada vez mayores en un movimiento espiral cónico. Las siete primeras semillas o brotes se representan gráficamente con siete líneas, que aumentan en longitud dentro del saco, formado a su vez por un óvalo que simboliza el huevo del mundo.

Recordemos que para los dogones la espiral y la hélice son el movimiento vertiginoso del mundo; los radios representan la vibración interior de todas las cosas.

Según los sacerdotes dogones, la máscara kanaga, que figura al Gran Dios, Amma –que recuerda, sin duda, al dios Amón egipcio–, representa, por una parte, el gesto estático del dios, y por otra, la esvástica, mediante la repetición de los mismos gestos en un ángulo de 90º respecto al primero. La segunda figura representa al dios girando sobre sí mismo a medida que desciende a la Tierra para reorganizar el mundo en caos. No podemos dejar de relacionar esto con el esquema del Árbol Cósmico de los africanos del noroeste y con el dibujo con que los bambara, tribu emparentada con los dogones, expresan la actuación del demiurgo durante la creación: en espiral, dentro de una estructura cónica doble similar a un reloj de arena.

Tampoco podemos dejar de expresar las similitud de esta imagen y de cuanto hemos dicho respecto al valor de Sirio como ojo y corazón de nuestro universo; y con la descripción que hace Hesíodo en el escudo de Heracles; Jorge Ángel Livraga describe al dragón que mira hacia atrás en el centro de dicho escudo, y lo relaciona con los cocodrilos de la cultura egipcia, que miran en esta misma y forzada actitud.

El símbolo del dragón es el del Anima Mundi, la fuerza que mueve las cosas, que gira sobre sí mismo, que está vigilando; es el guardián de las puertas, emblema del aliento de la naturaleza que se cuida a sí misma. Y este dragón de Heracles lanza fuego por los ojos.

Al lado de los espejos del borde hay unos círculos representando los cielos, el Urano de los griegos. En una parte del escudo está la estrella Sirio, e inmediatamente debajo, el sagrado Olimpo, y a los pies de este, el Areópago, como en una ciudad.

Si consideramos que el Olimpo es equivalente al monte Meru indo, tenemos a Sirio, lo Uno, Aquello; luego, el monte Olimpo como una tríada o cara de pirámide, y por debajo, el cuadrangular Areópago haciendo las veces de los cuatro elementos de la personalidad, el mundo perecedero y multitudinario. En el escudo de Herácles, Sirio es descrito como emanando una serie de círculos concéntricos “que no acaban jamás” y que abarcan todo el escudo o, lo que es lo mismo, todo el universo (2).

Otra representación singular es el famoso zodíaco de Denderah, hoy en el Museo del Louvre, donde el centro de dicho zodíaco circular, en piedra, lo constituye una estrella que puede ser Thuban, alfa del Dragón, de enorme importancia en la magia y astrología egipcias (a ella conduce simbólicamente uno de los llamados “canales de ventilación” de la Gran Pirámide). En este zodíaco existe otro centro o corazón hacia donde derivan una serie de dioses y figuras estelares, y este es Sirio. Sigamos la descripción, profunda y maestra, de Jorge Ángel Livraga:

Este zodíaco tiene una particularidad extraordinaria: además de los elementos de un zodíaco común, es decir, el hecho de que las figuras estén en su perímetro, encontramos una espiral de dioses que va desde el centro hacia fuera, donde abundan las barcas en forma de serpientes. Esta espiral de dioses representa, según las tradiciones, los ciclos pasados, y en este zodíaco, donde figuran solamente once signos, no está el último, lo que nos daría una antigüedad mínima de 25.000 años, y nos muestra que estamos en todo un período de precesión de equinoccios completo. Este Zodíaco representa una serie de figuras que se van encadenando hasta un centro donde está Sirio, la estrella Sothis, pues como sabemos, en la simbología egipcia, Sothis, o Sirio, configura el corazón espiritual de nuestro cosmos(3).

Notas

(1) Artículo sobre los dogones de los antropólogos Griaule y Dieterlen en African Worlds, citado en El enigma de Sirio, de Robert Temple.

(2) Simbología teológica en Grecia y Roma. Jorge Ángel Livraga.

(3) Magia, religión y ciencia para el tercer milenio (tomo I). Jorge Ángel Livraga, pág.75.