EL PUEBLO IBERICO

M.ª ÁNGELES FERNÁNDEZ

Cuando las primeras oleadas de pueblos indoeuropeos llegan a la Península, se encuentran ya con unas tierras densamente pobladas, que se mantienen con una alta estabilidad política y poseen un estatus cultural altísimo, como lo prueba la existencia del imperio de Tartessos. El posterior aporte celta va a ser muy importante, pero no hasta el extremo de que se hubiese realizado un solapamiento racial. ¿Qué sabemos de nuestros antecesores en pisar las hermosas tierras de España? Por ellos mismos nada, porque de la literatura tartésica milenaria de que nos habla la tradición nada conservamos, exceptuando aproximadamente un centenar de inscripciones sin traducción.

El conocimiento étnico de los iberos, su fisonomía y configuración nos es muy difícil por la práctica del rito funerario de la cremación. Sin embargo, el estudio de los restos óseos recuperados de las cremaciones, en un notable trabajo médico, ha dado ya sus primeros frutos. Los iberos debían de tener algunos rasgos suficientemente característicos, puesto que los griegos distinguían entre los iberos puros y la mezcla de iberos y ligures. En un origen lejanísimo en el tiempo puede aceptarse que existiese un elemento africano occidental muy mezclado con aportes mediterráneos, pero la población ibera anterior a la llegada de los romanos es totalmente indígena.

Sin un mapa de fronteras exacto, aproximadamente podría parcelarse así la Península:

– La base del valle medio y bajo del Guadalquivir correspondería al primitivo elemento tartésico, a los que también llama Polibio turdetanos o túrdulos. En cambio, Estrabón sitúa a los turdetanos solo en Sevilla y parte de Cádiz.

– Hacia el oeste se encontrarían los olbisinos de Huelva. También de estirpe ibera, situados al lado de los tartesios, estaban los ilergetes, ileates y etmaneos. Más al oeste encontramos a los cinetas, y junto a la costa, los cilbicenos y kelkianos.

– Entre el Estrecho y Alicante, siguiendo la línea de la costa, están los mastienos, en los que probablemente podemos identificar a los primeros cartagineses, que más tarde serán llamados bastetanos; hacia arriba, los deitanos y contestanos.

– En la zona montañosa del alto Guadalquivir se encuentran los oretanos, que evidencian una gran influencia libio-fenicia apoyada por las colonias comerciales.

– En la zona de Levante encontramos a los esdetes, deitanos y contestanos.

– Al norte del Júcar, a los edetanos.

– Pasada la línea del Ebro, la localización se va haciendo más complicada. En el nordeste hay dos grupos principales: los ilergetes en Huesca y Lérida y los indiketas en Gerona. Se van a unir a ellos los ilercavones en Tortosa, los cosetanos y lacetanos en Tarragona, los layetanos en Barcelona, los ceretanos en Cerdaña y los ausetanos en Vich y Gerona.

Y en las zonas pirenaicas encontramos a los bergistanos, surdaones, andosinos en Andorra y arenosios en el Valle de Arán.

Todos los historiadores griegos y romanos se han ocupado de las tierras de Iberia. Hecateo da a sus habitantes el nombre de iberos confundido con los tartesios, igual que hace Polibio. Estrabón, en cambio, diferencia ya perfectamente las diversas tribus. Avieno incluye a los iberos de la costa en su Ora Marítima. Hemos de ver lógico el interés por nuestro pueblo, pues en él se ha situado la morada de Hades, la tierra de Occidente, el lugar misterioso donde muere el sol y a donde le siguen las almas de los muertos.

Las aportaciones exteriores durante el Bronce primitivo proceden en su mayor parte del Próximo Oriente y, del horizonte egeo-anatólico. Avanzada la Edad del Bronce, ya en el periodo de El Argar, es la época en que debió de ocurrir el cambio del ritual funerario, y con él, el de las creencias religiosas, ya que ambos conceptos van emparejados en todas las civilizaciones.

Estrabón dice que los iberos tenían cantos y leyes escritas con más de seis mil años de antigüedad, en verso, para facilitar su aprendizaje por el pueblo, lo cual nos habla de una participación del mismo, no de una mera implicación de las leyes sobre un pueblo inculto y sojuzgado. Nos han llegado documentos de una cierta extensión, como los llamados plomos de Gádor y La Bastida, y algunos platos que llevan como ornamentación pequeñas inscripciones, pero en la mayoría de los casos se trata solo de algunas palabras sueltas, inútiles para cualquier intento de traducción, ya que respecto al idioma escrito ibero, se ignora incluso en qué punto se separan los vocablos. Algunas palabras enlazan directamente con el alfabeto fenicio en su vertiente más arcaica, pero también se le han añadido vocales griegas y se pueden encontrar coincidencias con algunos testimonios escritos del Asia Menor. Hay también un curioso dato que indica la separación de culturas dentro de la Península: los iberos escriben de izquierda a derecha, y los tartesios de derecha a izquierda, con el añadido de que algunas veces se encuentran escrituras en espiral y por el sistema bustrofedónico, “como ara el buey”, alternando el sentido de las líneas.

Pero dejemos la escritura y continuemos con el pueblo. Hay tradiciones que nos cuentan cómo Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue atraído en uno de sus viajes por las aguas de un río misterioso. Lo siguió a través de tierras desconocidas y llegó hasta Bares. Esta tradición de un lejano viajero es la más antigua, y curiosamente es también la mejor documentada: Plinio, Estrabón y Tolomeo la citan en sus escritos. Y desde luego, la toponimia gallega está llena de recuerdos de ese abuelo viejísimo que Túbal se dejó atrás: Noega, Noeda, Noya…

La Biblia cita a Tartessos como Tarschisch, pródiga en riquezas y en belleza, a la que acuden para comerciar las naves fenicias, y con las cuales va a mantener relaciones el quizá no tan mítico rey Gerión, que más tarde va a ser sometido por ellos. Gerión, que va a apacentar sus inmensos rebaños de toros rojos en las praderas del Guadalquivir hasta que el periplo trabajador de Hércules se los lleve.

Los fenicios han comerciado mucho tiempo con Iberia, y luego la han dominado; pero cuando Salmanasar V y Sargón I, en 724-720, ocupan Fenicia, tiene lugar la liberación de las tierras tartésicas de que habla Isaías: “Tú, pueblo de Tarschisch, al que ya no oprimen más ligaduras”. Ligaduras que volverán a atarse con la restauración del poder fenicio entre 660-680.

Es el celtíbero Marcial quien por primera vez utiliza la expresión “Hispania Nostra”, abarcando la totalidad de la Península, por encima de la división territorial provincial organizada por la administración romana. Y no es ya un escritor de raigambre hispana, sino que va a ser una constante en los escritores latinos la exaltación sin límites del valor de los guerreros de la tierra ibera. Trogo Pompeyo dice:

“Tienen los iberos las más excelentes virtudes castrenses: prestos a la lucha, resistentes a la abstinencia y a la fatiga, fieles a su jefe hasta el punto de juzgar honroso no sobrevivir a su caudillo muerto. Pero son hombres inquietos, individualistas e indisciplinados”.

Este va a ser el retrato constante que de los españoles hacen cuantos les conocen. Les asombra la ferocidad y el valor que demuestran en el combate, su ciego orgullo: cuando cierto general romano les insta a abandonar sus armas y rendirse a cambio de su vida, no hay un segundo de duda, se lanzan a una batalla perdida de antemano. El arma del íbero es quemada con el cuerpo del guerrero, porque solo ante los dioses es rendida. Sus amigos les quieren como aliados, porque saben que son incapaces de traición y su fidelidad solo se romperá con la muerte, del mismo modo que su valor va a ser baza muy importante en las batallas. Y por los mismos motivos prefieren no tenerlos como enemigos. Por eso se van a valer muchas veces del engaño, ofreciendo una amistad que es solo un señuelo, unas hermosas palabras, porque el ibero es a ello extraordinariamente sensible. Nunca dejó de aceptar una mano tendida.

Tal carácter determinó un movimiento de simpatía de la misma Roma, de modo que al cónsul Cepión se le negaron los honores del triunfo al estimársele conseguido mediante la traición. La crueldad con que Escipión arrasó Numancia se criticó duramente como símbolo de la decadencia de Roma frente al heroísmo de los defensores. Y cuando los hispanos llegan al gobierno de Roma en las figuras de los Balbo, Trajano, Arriano, la Historia los va a situar al nivel de los más grandes.

Los pueblos que vienen de Oriente hacia 1150 a.C. se mezclan con los nativos. Y con ellos todo se desarrolla: los hombres que hacía siglos costeaban en busca de la pesca para su sustento, se convierten ahora en expertos marinos. En Andalucía surge una aristocracia dirigente, los tartesios, en la desembocadura del Guadalquivir. Y junto a ellos se establecen los massienos.

Los escritores griegos recogen su antiquísima mitología. Incluso hay alusiones a ellos en los viajes de Ulises de regreso a Ítaca. Hesíodo pone a Gerión en las costas tartésicas. Y Hércules se llevará sus toros hasta Micenas, para que allí Teseo baile con ellos su danza mortal de poder a poder. La cronología está de acuerdo, puesto que el reinado de Gerión coincide con la llegada a Micenas de los dorios, los cuales se manifiestan como adoradores de Hércules. De este rey Gerión, gobernador de un territorio rico y pacífico, desciende su nieto Nórax, gran navegante, que lleva sus naves hasta la Cerdaña y funda la ciudad de Nora. Después, su descendencia se pierde en la oscuridad.

Sin embargo, conocemos otra dinastía legendaria, de la que habla Justino: unos reyes que gobernaron a los curetes, tribu tartésica en la que se inician los Pueblos del Mar. Justino menciona a dos de sus reyes, Gárgoris y Habis, cultos y civilizadores. Gárgoris inventa la agricultura y enseña a recoger la miel. Pero su nieto, Habis, es fruto de un incesto por lo que, para ocultar la vergüenza del viejo rey, es abandonado a las fieras. No muere, sino que una cierva lo amamanta. Gárgoris, enterado del prodigio que indica una protección de los dioses, acepta su destino y le reconoce como sucesor suyo. La historia habla de Habis como de un gran gobernante: inventó el arado tirado por bueyes, legisló sabiamente y organizó la sociedad en siete clases.

Los autores clásicos han insistido en repetidas ocasiones en que Tartessos era, en su época, el pueblo más culto de Occidente. La sociedad está bien estratificada, encabezada por el rey y la corte, en terratenientes y poderosos dueños de minas e industrias, comerciantes, obreros libres y esclavos. Dada la riqueza del reino y los restos arqueológicos hallados en tumbas, así como los testimonios escritos, pensamos que el nivel de vida debía de ser bastante igualitario. El espacio físico que ocupaba Tartessos no lo conocemos con exactitud. Debería llegar por España al Guadiana y al Júcar, y por Portugal hasta el Algarve.

Sobre quien sí tenemos datos históricos es sobre el rey Argantonios, que debió de vivir de 630 a 550 aproximadamente. Herodoto le supone 120 años de vida, y de ellos, 80 de reinado. Lo cual evidentemente nos induce a pensar que existe una exageración o un error de fechas. Lo cierto es que se le da como prototipo de la Edad de Oro de la humanidad. Su propio nombre significa Rey de la Plata, en referencia a las enormes riquezas de su reino. Según testimonios clásicos, este pudo comprender no menos de 200 ciudades.

El final de Tartessos podría hacerse coincidir con la batalla de Alalia, en el año 535, al mismo tiempo que su aliada Mainake, víctimas ambas de Gadir y de los cartagineses. La gran rival de Tartessos va a ser la otra joya de Iberia, Gadir. Su fundación nos la relata Estrabón, en texto copiado de Posidonio. Nos dice que primeramente hubo dos viajes de tanteo: en la primera expedición llegaron hasta antes del comienzo del estrecho. Un oráculo había ordenado a los tirios la fundación de un establecimiento en las Columnas de Hércules, y habían salido en su busca. Creyeron que los promontorios de Calpe eran el confín del trabajo del semidiós, tomaron tierra e hicieron un sacrificio, el cual no resultó favorable, por lo que regresaron a sus tierras. Poco tiempo después hicieron un segundo intento y llegaron cerca de Huelva: nuevo sacrificio, nuevas señales infaustas en la respuesta de los dioses y nuevo regreso.

Pero la tercera expedición sí fue bendecida por la respuesta del oráculo. La tierra firme que rodea a Gadir era rica en pastos, con aguas suficientes para mantenerlos verdes y posibilidad de tener en ellos numerosos rebaños, además de contar con la proximidad de los grandes centros metalúrgicos tartésicos.

Estrabón no habla de la fecha de fundación de Gadir, pero Veleyo dice que ocurre ochenta años después de la caída de Troya, así que sería en 1104. Plinio se acerca mucho, porque dice que ocurre 1178 años antes de escribir él esto, a lo que se está refiriendo, lo cual da el 1101 (a.C.).

Son los primeros, pero no los únicos fundadores de Gadir. Tiempo después la van a refundar los fenicios. Son muchas las colonias cuyo nombre nos ha llegado: Sexi, Abdera, Malaka, Ebysos, Almuñécar, Villaricos, Carteya, Trayamar. Magníficas obras de arte halladas en las tumbas nos hablan de su influencia. Pero cuando creció la ambición empezó a decrecer la hermandad. Los fenicios quieren extender a toda costa sus centros de salazón, y sobre todo obtener la púrpura. Y Gadir termina por ahogar a Tartessos, colapsando primero su comercio, y luego con las armas. Imponen su población y su lengua, aunque esto no debió de ocurrir hasta la definitiva caída de Tartessos, en el 500 a.C.