EN LAS NUBES

 

DELIA STEINBERG GUZMÁN

Después de varios días fuera del país, y casi sin oportunidad de recibir noticias actualizadas, regreso por fin en un avión, en medio de gruesas nubes, con una inmensa franja luminosa por encima de ellas.

Estoy en las nubes… Tal como se interpreta esta expresión, me encuentro un tanto fuera de la realidad cotidiana, o en el sitio donde me gustaría esconderme de vez en cuando para alejarme de la opresión que se vuelve rutina sin darse cuenta.

En las nubes me siento flotar en la belleza del paisaje atípico en el cual emergen desde abajo y de tanto en tanto, algunos picos enhiestos de montaña, o el brillo del amplio mar. Me dejo llevar por mis músicas predilectas a través de unos auriculares que me aíslan todavía más. Y por fin cedo ante la lectura de un periódico…

Al principio leo sin entender, como si me encontrara ante un lenguaje por completo desconocido e ilógico. Me cuesta concentrarme y aceptar que lo que tengo delante es el reflejo –o pretende serlo– de la realidad. Al principio, me esfuerzo por seguir en las nubes. Pero al poco rato, casi con dolor, me sumerjo en la lectura de lo que sé mío y parte de mi vida.

Aun antes de aterrizar el avión he dejado de estar en las nubes. He sentido la realidad antes de tocar tierra. He retomado el hilo de las mil luchas enloquecidas que azotan mi tierra y todos los rincones de la tierra, de los mil diálogos de sordos en los que lo de menos es entenderse unos a otros, de las mil ambiciones que sacuden a la gente, de palabras vacías y de palabras hechas, de ansiedad por estar a la vanguardia aunque sea por un corto tiempo.

Vuelvo a mirar por la estrecha ventana del avión para recuperar mi levedad anterior, para estar en las nubes, pero ya no puedo. Estoy en la “realidad”. Una dura realidad con sus exigencias.

¿Creer? A todos y a nadie.

A todos porque cada uno tiene algo que decir y tal vez le asistan sus razones. A nadie porque todos parecen utilizar la mentira descarada, la tergiversación, la manipulación de hechos e ideas, y eso es alarmante.

¿Amar? A todos y a nadie.

A nadie porque nos enseñan, consciente o inconscientemente, a desconfiar de todos. A todos porque nadie está al margen de esa Humanidad que conformamos en conjunto, a pesar de tantos odios, tanta separatividad y tantos crímenes absurdos.

¿Hacer? Todo y nada.

Nada, por momentos, cuando nos sentimos impotentes ante la magnitud de lo que nos espera y nos incumbe, cuando nos asalta el deseo de huir, pero ¿adónde? Todo, porque pese al deseo de evasión, sabemos que cada grano de arena que podamos aportar es importante cuando hay que construir un gran edificio.

Ahora que he aceptado la realidad, me sumerjo otra vez en las nubes, en lo puro, sutil y luminoso, como un respiro para los pulmones agotados de la polución diaria. Juego con las figuras etéreas de las nubes, juego a ponerles ojos y manos y a sonreír con ellas.

Dentro de un par de horas seguiré el rumbo de todo lo que se mueve en la superficie de la tierra: tormentas, dolor, hambre, miedo y también alguna sonrisa. Es la misma, llena de esperanza, que te lanzo a ti, que me lees ahora que ya no estoy en las nubes…