HOY VI LA ESPERANZA

 

DELIA STEINBERG GUZMÁN

Hoy vi la esperanza… Extraño don salido hace miles de años de la mítica caja de Pandora, todavía sigue siendo fundamental para los hombres. Y es probable que la veamos, elevando hacia ella los ojos, cada vez que el desconcierto y la angustia hacen presa de nosotros.

Dicen las viejas tradiciones de nuestro ancestro helénico, que hace ya mucho tiempo, cuando los hombres habían desperdiciado sus oportunidades de crecimiento y redención, los dioses los castigaron enviando a la tierra una mujer-robot de extraordinaria belleza. Llena de perfidia, esta mujer –Pandora– fue fácilmente aceptada por los hombres y aun por los héroes, confianza que aprovechó para abrir la caja de su oculto tesoro, que siempre la acompañaba, dejando caer todos los males conocidos sobre este mundo… Pero, en el fondo de la caja quedó la esperanza…

Y en el fondo de todos los hombres vive un resto de esperanza cuando todos los caminos han sido cegados, cuando todas las ilusiones han sido aplastadas, cuando ninguna luz se vislumbra en el horizonte.

Por eso, hoy vi la esperanza, y su visión me ayudó a comprender cuántas y cuántas cosas hemos perdido los humanos para que esta imagen tenga que presentarse ante nosotros.

Ciertamente, muchas cosas se han perdido; muchos valores se han quebrado en este extraño momento de transición histórica. En verdad, falta luz, falta claridad de conceptos; la mente y los sentimientos están como embotados ante el cumplimiento de sus funciones naturales. Todo parece sumergirse en una peligrosa inercia, cuya fuerza de arrastre se traduce en destrucción y violencia en todos los órdenes. Es entonces, cuando aparentemente ya nada queda en el fondo de la caja de la vida, cuando la esperanza se deja ver.

Esperanza es esperar… es tener esa dosis de paciencia y de fe que nos permite superar el mal momento presente para lanzar las energías hacia un futuro mejor. Pero, cuidado… Esperanza no puede ser esperar continuamente.

Este misterioso don de los dioses es tan frágil y sutil como las sombras mágicas que se dibujan en los atardeceres. Hay que saber atrapar la imagen con rapidez antes de que ella se disuelva entre las sombras mayores de la noche. Hay que saber actuar con prontitud una vez que el compás de espera nos ha permitido recuperar el aliento.

La esperanza no es un don para los hombres inactivos: ni siquiera lo es para aquellos que se han dejado caer definitivamente ante las dificultades. La esperanza es una promesa, pero hay que luchar denodadamente para plasmar esa promesa… Ella promete, nosotros realizamos.

La visión de la esperanza me ha llenado de gozo. No podemos –no debemos– renunciar al esfuerzo constante que supone la existencia. No es noble aflojar el impulso cuando las dificultades son mayores. Precisamente cuando todo parece imposible e insalvable, es cuando la esperanza se asoma desde el fondo de su caja mágica, y promete otros tiempos para quienes saben verla.

¿Quieres tú también ver la esperanza? Asómate a mi gran ojo, al ojo que corona estas páginas y también la verás detrás del velo del momento actual que hoy nubla nuestro entendimiento. La verás envuelta en velos de ilusión, tenue como los sueños, pero tan real como el entusiasmo que, estoy segura, vive en el fondo de tu corazón.