NO SOMOS TONTOS

DELIA STEINBERG GUZMÁN

En honor a la tolerancia, que debe ser el factor sobresaliente de la filosofía, me duele tener que escribir así acerca del mundo que nos ha tocado vivir. No soy de los que piensan que este mundo es negativo, y que todo tiempo pasado fue mejor; ni tampoco de aquellos que postergan la felicidad para un futuro que no podemos precisar.

Me preocupa la cantidad de incongruencias, incoherencias, por no llamarlas definitivamente mentiras, que estamos obligados a soportar. Ni siquiera se disimulan las falsedades, sino que, al contrario, se presentan exactamente como si fueran lo contrario, convencidos de que somos tontos, y basta con que una información provenga de los medios de comunicación para que la consideremos verdadera.

Qué nos venden

1. Nos venden un mundo en progreso indefinido en el que todas las cosas van hacia lo mejor.

2. Nos venden un mundo democrático, aunque este concepto se ha convertido en el “comodín” de cualquier movimiento político, religioso, educacional, empresarial, de lo que venga a cuento. Decir democrático es decir libre.

3. Nos venden un mundo tolerante, en el que, al contrario de siglos anteriores, hemos aprendido a convivir unos pueblos con otros, en que todos respetan las diferencias, las creencias religiosas y las formas de pensar.

4. Nos venden un mundo comunicado e informado por los medios más variados.

Nada de esto es cierto. NADA. Y lo peor es que, por cansancio o ignorancia, terminamos por creer y por aceptar lo que nos venden. Todo ese material se ha introducido subrepticiamente en nuestras mentes, y terminamos usando los mismos conceptos sin saber lo que estamos diciendo.

Veamos.

1. Ante el progreso indefinido, nos encontramos con una bancarrota económica que en este momento afecta aun a los países considerados más ricos del mundo. Y unos países arrastran a otros, porque todas las finanzas crean lazos invisibles de efecto dominó. Eso, por no mencionar las hambrunas que asolan tantos países pobres, y las guerras y guerrillas que impiden el paso de alimentos y artículos de primera necesidad para aliviar tanto dolor.

2. No somos libres. Cuando acudimos a las urnas, lo hacemos tras unas campañas electorales que más bien parecen desfiles de modelos, plagadas de discursos vacíos, y sobre todo de descalificaciones hacia los partidos “contrarios”. ¿Por qué han de ser “contrarios”? ¿Es que la democracia no admite la multiplicidad?

A veces no somos libres ni para circular de un país a otro, a pesar de las estrechas alianzas económicas que los unen. No somos libres para afrontar las migraciones de gente desesperada por la miseria, sencillamente porque no podemos hacer lugar a tantas personas, cuando hasta los propios habitantes de cada país también están al borde de la indigencia.

3. Me gustaría saber dónde está la tolerancia. Bajo unos nombres u otros, la agresión es la noticia cotidiana. Nunca se han visto tantos enfrentamientos étnicos, sociales, religiosos, por no mencionar los sexuales o asexuales.

4. La mayor parte de la comunicación es peor que el opio. Nos adormece y nos engaña sin piedad. Nos obliga a entrar en tramas de las que luego no podemos desprendernos, nos introduce en trampas de las que no podemos deshacernos. Somos esclavos de las computadoras, grandes, pequeñas y de bolsillo; de los teléfonos, de los mensajes abreviados que degradan los lenguajes; de las redes sociales que destruyen nuestra intimidad…

Quién nos lo vende

Esta es una cuestión delicada que, por falta de conocimiento concreto y, sobre todo, de pruebas, me cuesta abordar. Viene en mi ayuda el “mito de la caverna” que describe el filósofo Platón en su libro La República.

No hace falta extenderse en el contenido del mito porque es muy conocido. Se trata de una caverna (el mundo) donde todos estamos encerrados, aunque encantados de estarlo, porque dentro de la caverna se nos ofrecen todo tipo de imágenes falsas con visos de realidad, tan convincentes como para que nadie quiera salir de allí.

Nadie conoce a los “amos de la caverna”, pero es evidente que alguien, o algunos, han montado esta prisión disfrazada de un mundo feliz. Esto permanece así hasta que un atrevido decide romper sus cadenas y salir a ver lo que pasa en el exterior. Y aquí comienza el drama: el que sale comprueba el engaño, intenta contarlo a los demás y se encuentra con una absoluta incomprensión, porque al parecer todos gozan de sus cadenas…

Sinceramente, creo que nuestro mundo, al completo, en todos los continentes y en todos los países, está regido por los “amos de la caverna”. No los conocemos, no son los que dan la cara y ocupan las páginas y las pantallas de los medios de difusión, no; los visibles son sus títeres y ellos permanecen en el anonimato para seguir trabajando a gusto.

¿Por qué nos venden tantas mentiras?

Porque no hay nada mejor que un pueblo engañado, debilitado, idiotizado, para poder manipularlo mejor. Los que viven intoxicados y casi inconscientes, creen cualquier cosa, y son capaces de hacer cualquier cosa.

Algunos títulos sugerentes

Mientras vivimos al margen de la realidad, se propagan hechos como los que siguen, que he tomado al azar de un periódico de unas semanas atrás. Aunque en pocos días estas noticias pueden variar, no cambia la dirección de las cosas. No necesito inventar nada.
“Los atentados terroristas disparan la violencia entre Israel y Gaza”
• “Un comando talibán asalta el centro cultural británico en Kabul”
• “Un atentado en una mezquita de Pakistán causa 48 muertos”
• “La presión de Occidente no logra frenar las matanzas del régimen sirio”
• “Turquía desentierra el hacha de guerra para aplastar a la guerrilla kurda”
• “Los combates entre rebeldes y gadafistas atenazan Trípoli”
• “Centroamérica y el Caribe debaten un frente común contra el crimen”
• “El Papa alerta a los docentes sobre ‘los abusos de una ciencia sin límites’”
Y sin títulos específicos: revueltas estudiantiles, huelgas, manifestaciones callejeras, enfrentamientos de grupos a favor o en contra de cualquier acontecimiento con muertos y heridos, robos y atracos, crímenes, y para qué seguir…

No somos tontos

No nos podemos permitir serlo. Bastaría con ejercitar la facultad de comparar lo que se vende con lo que hay. Informarse está bien. Pero los medios de comunicación no tienen la verdad absoluta: ¿hemos probado alguna vez a leer la misma noticia en dos periódicos de diferente filiación política?

Hay que aprender a ver lo que tenemos alrededor, a escuchar lo que cuentan las personas de sus propias vidas. Las calles hablan, la gente también; tienen su lenguaje particular relativamente fácil de captar.

No somos tontos. Pero tampoco somos inteligentes, porque por ahora no podemos encontrar soluciones que no caigan en el radicalismo y la violencia.

¿Hay soluciones?

Claro que las hay. Seguramente cada grupo vendedor de fantasías presentará sus aportes. Nosotros proponemos la filosofía.

Nos consta que, entre los filósofos más conocidos, Platón y Confucio ya lo hicieron.

No una filosofía teórica, porque con eso no movemos ni una mota de polvo. Proponemos una filosofía activa que nos enseñe a pensar, a usar la razón y no a distorsionarla. Una filosofía de valores morales que dignifique nuestros sentimientos. Una filosofía que nos ayude a resolver las situaciones cotidianas de nuestras propias vidas. Una filosofía que nos sitúe en la realidad y nos haga felices al mismo tiempo.

Así, tal vez, haciendo de cada uno de nosotros un ejemplo individual de transformación, podamos resolver los males que nos destruyen y construir un mundo diferente, esencialmente mejor.

Es tarea para el futuro, pero mucho más cercano de lo que parece si nos atrevemos a empezar por nosotros mismos.