JORGE ÁNGEL LIVRAGA

Hoy, en que el mito de la igualdad se tambalea, se puede apreciar más libremente la sabiduría de los antiguos, que afirmaban que todas las cosas y los seres tienen existencias diferentes.

Es más: dentro de una misma persona es difícil registrar dos estados de ánimo iguales a lo largo de un día, un mes o un año. Lo malo es que, salvo las excepciones que confirman la regla, estos estados de ánimo tienen frecuentemente un común denominador pernicioso, que es el de observar con preferen­cia la parte negativa de todo y todas las cosas.

A su manera, cada cual se siente un “mártir”, un incomprendido o una víctima de los demás, que no lo aman ni valoran como merece, más un largo etcétera que sería imposible describir aquí.

Es notable cómo el egocentrismo, con tendencia más o menos acusada hacia el egoísmo, modifica las actitudes y procederes, convirtiendo en necios a los inteligentes, en ociosos a los trabajadores y en débiles a los potencialmente fuertes. El exceso de individualismo es tan malo como su contrario.

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