CERVANTES

JAVIER BLAY FORNAS

Miguel de Cervantes Saavedra presumiblemente nació el 29 de septiembre de 1547, y fue bautizado en Alcalá de Henares el 9 de octubre, conservándose en la actualidad como documento su partida de bautismo.

Era el cuarto hijo de una familia compuesta por siete hermanos, y su infancia y primera juventud las pasó viajando con su familia de ciudad en ciudad, con graves problemas económicos que perseguirían a Cervantes durante toda su vida.

Su padre, Rodrigo de Cervantes, era cirujano, una profesión que en esa época suponía ser una especie de barbero y sangrador, un oficio pobre que no daba suficiente dinero para mantener a su numerosa familia. Se sabe que cuando Cervantes tenía cuatro años se trasladaron a Valladolid, donde entonces residía la corte de España, para ver si tenían mejor fortuna. Sin embargo, las deudas llevaron a su padre a la cárcel y provocaron el embargo de todos sus bienes. También Cervantes, en su madurez, sería encarcelado durante un tiempo, sin otro delito que el de ser honrado, a causa de las envidias e intereses de algunas personas y de la ineptitud de ciertos jueces.

Tras su estancia en Valladolid, la familia Cervantes vuelve de nuevo a Alcalá de Henares, y luego se trasladan sucesivamente a Córdoba y Sevilla, siempre agobiados por las deudas y la miseria.

Poco más se sabe de estos oscuros años de la vida de Cervantes. Seguramente los continuos cambios de residencia le impedirían ir a la universidad, a pesar de haber nacido muy cerca, y sus estudios dejarían que desear.

A la edad de diecinueve años, lo encontramos instalado con su familia en Madrid, donde asiste al colegio de la Villa, dirigido por Juan López de Hoyos, el cual le llama «mi carísimo discípulo», prueba de su interés y aplicación. En esta época realiza sus primeros versos, y se le encarga que componga cuatro poemas, destinados a la Relación Oficial de las Exequias Fúnebres, celebradas con motivo de la muerte de Isabel de Valois, la joven esposa del rey Felipe II.

Cuando tiene veintidós años, lo encontramos sorprendentemente instalado en Roma, convertido en camarero de monseñor Aquaviva, con quien permanecería poco más de un año. La causa de este cambio repentino de residencia, cuando prometía como poeta novel, pudo deberse a que tuviese un lance de honor, tan frecuente en esa época, con un tal Antonio de Siguera, maestro de obras, al cual hirió en el duelo. Existe una provisión real que ordenaba su apresamiento, y tal vez fuera este el motivo por el cual marchó a Italia.

El Manco de Lepanto

En Italia aún florecían los soles del Renacimiento, y Cervantes quedó fascinado por su contacto con los autores clásicos. Conoció a Platón, Homero, Virgilio y Ovidio. Sin embargo, Cervantes no había nacido para ser un criado. Así, nos dirá al final de su vida: «Yo, señores, soy un hombre curioso; sobre la mitad de mi alma predomina Marte, y sobre la otra mitad, Mercurio y Apolo; algunos años me he dado al ejercicio de la guerra, y algunos otros, los más duros, al de las letras». En esta época deja de servir a monseñor Aquaviva, y cambia la pluma por la espada, entrando en el ejército como soldado de los Tercios españoles, que estaban considerados como la mejor infantería del mundo. Esta etapa de soldado en Italia la recordará siempre con mucho cariño. Es su época heroica con las armas.

Cervantes participó heroicamente en la famosa batalla de Lepanto, que enfrentó a la Liga Santa con una escuadra de más de trescientas naves y 80.000 hombres, con la Armada turca, que se componía de 250 barcos y 120.000 hombres. En una galera española, llamada «La Marquesa», servía el soldado Miguel de Cervantes. El día que se avista al enemigo y va a comenzar la batalla, Miguel está enfermo, con mucha fiebre, y el mismo capitán de la galera le ordena que se quede bajo cubierta, pues su sitio está en la cama y no en la batalla. Cervantes se niega a obedecer, la enfermedad no justificaba para él la ausencia, y pide a su capitán que «le pusiese en parte y lugar que fuese peligrosa, que allí estaría o moriría peleando».

El capitán lo coloca en un lugar conflictivo al mando de doce soldados, y allí, Cervantes luchó heroicamente hasta caer herido por dos arcabuzazos en el pecho y otro en la mano izquierda, que le quedaría inútil, aunque sin perderla, de donde le viene el sobrenombre de «el Manco de Lepanto».

Durante toda su vida estuvo orgulloso de haber participado en esta batalla, y decía que «las heridas que el soldado muestra en el rostro y en el pecho, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra».

Tras recuperarse de las heridas y recibir la felicitación del mismo don Juan de Austria, aún participó en otras batallas en calidad de «soldado aventajado». Las más importantes son Navarino, Túnez y La Goleta. Después, tras cinco años de servicio en Italia, decide regresar a España, donde vuelve como un héroe y con cartas de recomendación del mismo don Juan de Austria y el duque de Sessa, para ser ascendido a capitán.

El cautiverio

La vida de Cervantes es un continuo desafío al destino. Tras una aventura surge una nueva desventura. Ahora que parece sonreírle la vida, el destino lo va enfrentar a una de las más duras pruebas: el cautiverio, la prisión y la esclavitud.

El barco en que regresaba a España es apresado por unos galeones turcos, y lo llevan secuestrado a Argel, donde, debido a las cartas de recomendación que se le encuentran y creyendo que era una persona importante, piden a su familia un rescate elevadísimo, 500 escudos de oro, cantidad imposible de reunir por sus parientes.

Allí, en los baños de Argel, que era como se llamaba a las cárceles turcas, los cautivos eran cargados de cadenas, despreciados y maltratados. Cervantes nos relata esta experiencia en algunas de sus obras que toman tintes autobiográficos: Los baños de Argel, El cautivo, El trato de Argel, etc.

Pero en Cervantes, a pesar de su difícil situación, nunca decayó el ánimo. Afirmaba que siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas, y así, nunca le abandonó la esperanza de obtener la libertad, y pasaba los días planeando alguna fuga, por tierra o por mar, solo o en compañía de otros cautivos. Desgraciadamente, todos los intentos de escapar fueron un fracaso.

Durante los más de cinco años que permaneció cautivo en Argel, realizó cuatro intentos de fuga, a pesar de que el castigo que se imponía al reo era la pena de muerte.

Cervantes, cuando es apresado, asume toda la responsabilidad de la fuga para salvar la vida de sus compañeros. Cuando es entregado al gobernador de Argel, Masán Bajá, este le perdona la vida, admirado por el valor y la grandeza de este hombre singular.

El 19 de septiembre de 1580, los trinitarios fray Juan Gil y fray Antón de la Bella, valedores de los 500 escudos de oro solicitados, satisfacen el rescate y termina así su cautiverio.

La madurez

El 27 de octubre de 1580 Cervantes llega a las costas españolas y desembarca en Denia. Tiene treinta y tres años y ha pasado su juventud, más de diez años, entre la guerra y la esclavitud. Durante este tiempo ha muerto don Juan de Austria, y aquellas cartas de recomendación que llevaba ya no sirven gran cosa, pues España está llena de héroes y mutilados de guerra que van a pedir favores a la corte.

Comienza aquí una segunda etapa en la vida de Cervantes, quizá más dura que la anterior, pues sigue pobre, viviendo en la miseria y padeciendo numerosas dificultades y sinsabores. Sin embargo, nunca se le leerá una queja ni un lamento en sus escritos, sino todo lo contrario. Cervantes vive con humildad, pero donde estuvo residió la grandeza. No gozó de bienes materiales, pero se mostraba rebosante de virtudes, de ingenio, de inspiración.

En 1585 publica La Galatea, su primera obra importante, y algunas comedias de las que se han perdido la mayoría. Pero la pluma no le da para vivir, y tiene que dejarla para aceptar un puesto de comisario para el acopio de víveres destinados a la tristemente famosa «Armada Invencible».

Inicia con este cargo de comisario un ajetreado viaje por los pueblos de Andalucía que le colmará de disgustos, denuncias y algún encarcelamiento. Por requisar el grano eclesiástico, cumpliendo con su deber, le excomulgan injustamente, primero el vicario general de Sevilla y después el vicario de Córdoba.

Pasó así quince años de su vida, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, tras los cuales acabó más pobre de lo que era. No tenía dinero ni para comprarse ropa, prueba fehaciente de su honradez y de que no se aprovechó de su cargo de comisario y recaudador.

Esta etapa le sirvió para entrar en contacto directo y prolongado con las gentes del pueblo llano y con la naturaleza; este mundo variado aparecerá luego maravillosamente reflejado en sus obras, con los matices más sutiles y bajo los aspectos más realistas. Durante estos quince años el escritor no ha renunciado a la gloria literaria, aunque haya dejado la pluma por la necesidad imperiosa del sobrevivir cotidiano. Tiene ya más de cincuenta años. De La Galatea no se acuerda nadie, y sus primeras comedias se las ha tragado el olvido al no haber sido impresas en libro alguno.

¿Qué cabe esperar de este viejo cincuentón fracasado, de verso escaso y poco airoso, que perdió la posibilidad de hacer fortuna con las armas y los negocios? Lógicamente pensaríamos que nada. Pero nuestra lógica en el mundo y en la vida es muy estrecha y abarca muy pocas cosas. Él está seguro de su genio y espera.

El Quijote

Por fin, vio la luz en los primeros días de enero de 1605 la primera parte de su novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cervantes tiene cincuenta y ocho años, y en la portada del libro se lee esta inscripción en latín: «Tras las tinieblas espero la luz».

El éxito de esta obra fue increíble, ya que en el mismo año de su publicación se hicieron seis ediciones. Los nombres de Don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea anduvieron de boca en boca y pronto remedaron estos personajes en mascaradas y fiestas populares. Ningún libro fue tan rápidamente famoso. Cruzó los mares y fue leído en las Américas, siendo traducido en los años siguientes al francés y al inglés.

Sin embargo, el triunfo del Quijote, leído en todos los medios sociales, no indicó que su época lo entendiera totalmente y extrajera todo su simbolismo. Su siglo, salvo excepciones, se solazó, se rió casi tan solo, de un personaje ridículo, loco, que tuvo numerosas desventuras, quedándose con la cáscara de la anécdota.

Hubo que esperar a los siglos XVIII y XIX, sobre todo con el romanticismo, para que se canonizara esta obra singular, elevando a símbolos universales las figuras de Don Quijote, Sancho y Dulcinea.

Oscar Wilde dividía los libros en dos categorías: libros que hacen preguntas y libros que dan respuestas. Y añadía que cuando una obra genial pasa inadvertida en su época, obedece a que contesta preguntas que antes no se habían formulado, aunque yo añadiría que obedece sobre todo a que contesta preguntas que son cruciales para el hombre de todos los tiempos.

Así, a pesar de la disección, el manoseo, las interpretaciones y el partidismo, no se ha desgastado esta obra universal, traducida actualmente a casi todos los idiomas, desde el japonés al latín, del ruso al hebreo, contándose por miles las ediciones.

La vida de Don Quijote ha sido llevada al teatro, al cine, a la televisión, sus personajes principales han sido representados en pinturas y esculturas. Quizás debido a esta divulgación muchos creen conocer el Quijote sin haberlo leído, perdiendo así la oportunidad de aprender y gozar en la fuente original de nuestra obra universal de las letras hispanas. Como diría Unamuno, el Quijote debería ser considerado como la Biblia española.

El secreto del QUIJOTE

Normalmente se piensa que el Quijote es una sátira contra los libros de caballería, pero este es un libro, al decir de Victor Hugo, que tiene un secreto, y es necesario abrirlo con una llave que se pierde con frecuencia y nos obliga a saber leer entre líneas.

Fulcanelli nos dice que los poemas de caballería y cantares de gesta pertenecientes al ciclo de la Tabla Redonda y del Grial, así como las obras de François Rabelais, de Cyrano de Bergerac, y el Quijote de Cervantes, hay que considerarlos como libros simbólicos, que encierran una serie de conocimientos transmitidos a través del tiempo. Sin querer entrar en el esoterismo del Quijote ni en un análisis exhaustivo del mismo, por salirse de las intenciones de este artículo, considero necesario hacer un pequeño comentario del libro, que nos sirva también para comprender mejor la personalidad de su autor, ya que en palabras de Cervantes, «cada uno es hijo de sus obras».

Cervantes comenta en una ocasión, dirigiéndose a su pluma: «Para ti sola nació Don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos uno». Hay que considerar en este comentario que para Cervantes la pluma es la lengua del alma, y por lo tanto, es para esta para la que está escrito el Quijote.

Porque en esta obra Cervantes deja trazado para toda la Humanidad, con su loco genial, el ideal caballeresco común a todos los pueblos y a todas las épocas.

Don Quijote nos avisa de que este camino no es fácil, y que en él se va a ver criticado y menospreciado por aquellos que no lo comprenden, y añade: «La senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio ancho y espacioso, pero sus fines son muy diferentes, porque el vicio dilatado y espacioso acaba en muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin».

Cervantes representa en el Quijote, sobre todo, esa lucha interna con nuestros propios fantasmas que son nuestros miedos y debilidades, con los gigantes que son nuestros vicios y nuestra ignorancia. Se está refiriendo a la conquista de uno mismo.

Dulcinea sería aquello invisible que está detrás de todas las cosas, fuera y dentro de nosotros, pero que por ignorancia no podemos ver, nuestra alma, nuestra bella durmiente que se halla encantada en la sala de los espejos, esperando que un día ese caballero que llevamos dentro tome su espada, símbolo de la voluntad, aparte las zarzas que ocultan el sendero que conduce a su castillo y pueda por fin despertarla de su sueño encantado.

La muerte

En los últimos tres años de su vida Cervantes se dedicó a escribir frenéticamente, sin descanso. Publicó la mayoría de sus obras, las doce novelas ejemplares, ocho comedias y ocho entremeses, el Viaje al Parnaso, la segunda parte del Quijote, y terminó en el lecho de muerte su obra póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda.

Este excesivo trabajo en su vejez había quebrantado gravemente su salud. Moría escribiendo, y las últimas cuatro palabras de su obra póstuma pronosticaban su gloria, pues fueron «larga y feliz posteridad».

Pobre, viviendo de limosnas más o menos disimuladas, debido a la ingratitud de los gobernantes, Cervantes dejaba el mundo sin amargura, con una sonrisa, sereno y consciente de haber aprovechado la vida.

Murió el viernes, 22 de abril de 1616, y el día 23, los Terciarios de San Francisco, orden en la que había ingresado pocos días antes, lo llevaron «con la cara descubierta, como a Tercero que era», desde la casa mortuoria al vecino convento de las monjas trinitarias. Poco más de una semana antes había muerto en Inglaterra Shakespeare.

El entierro de Cervantes fue sencillo, humilde, casi desconocido. No hay ni una lápida que nos indique su paradero. No importa, ya que Cervantes está en sus obras y su fama estará siempre presente en la literatura universal y, tal vez, en nuestros corazones.