Muchas noticias que llegan hasta nosotros a través de alguno de los numerosos medios de información que tenemos a nuestra disposición, nos plantean no pocos dilemas éticos. Da la impresión de que una de las libertades fundamentales de los seres humanos, como lo es la libertad de expresión, parece no tener límites.
Tal desconcierto, que no suelen clarificar las legislaciones ni las normativas, plantea a la sociedad civil el desafío de organizar sus propias redes para estar alerta sobre los abusos que se comenten por doquier en nombre de la libertad de expresión, tan invocada para justificar conductas que cualquier persona con criterio calificaría de reprobables.
Asociaciones, organizaciones sin fin de lucro llevan a cabo una labor de vigilancia en este sentido muy encomiable, sensibilizando a la opinión pública e interpelando a los poderes públicos para que actúen en casos que no deberían quedar impunes.
No todo vale en este mundo hipercomunicado, tal es la nuestra propuesta. Podemos invocar la tolerancia y el respeto a la diversidad cultural, pero eso no significa que no estamos dispuestos a reconocer que hay conductas intolerables, que en nombre de grandes principios, pueden llegar a cometerse atrocidades y que es sano llamar a las cosas por su nombre, cuando se trata de la dignidad de los seres humanos, como valor fundamental, que debemos proteger y practicar.
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