Introducción

“Es curioso, ponemos interés en todas las actividades de cada día, como por ejemplo en las cosas bellas, y sin embargo sobre la belleza en sí no hacemos discurso alguno”
Luciano, 1992; p. 370.

El momento histórico presente reclama de cada uno de nosotros un ritmo de vida insaciable, incansable y trepidante. A lo largo de un día normal cualquier persona ha “consumido” (no siempre de forma consciente) gran cantidad de imágenes, música y mensajes. Algunas de esas representaciones son escogidas de forma voluntaria pero otras no. Este trabajo pretende destacar la importancia que tienen las representaciones artísticas a la hora de educar a una persona, especialmente cuando hablamos de las más jóvenes. Sin embargo, no debemos olvidar que el arte[1] nos proporciona herramientas tan útiles que incluso podemos usarlas para nuestro propio aprendizaje y autoconocimiento.

Pedagogo tañendo la lira
Pedagogo tocando la lira mientras un muchacho lee un poema sobre la música.
Relieve funerario encontrado en la Magna Grecia (Sur de Italia), h. 420 a.C. Múnich, Glyptothek. (Wikimedia Commons)

Actualmente, el arte no sigue una línea o estilo uniforme, pues parece que lo que prima en los diseños ya sea en publicidad, cuadros, esculturas, imágenes audiovisuales, música, etc. es la innovación en ocasiones sin profundidad, ni sentido coherente. No obstante, esto es fruto del momento que vivimos, pues la crisis manifiesta en la sociedad provoca que las representaciones artísticas sean, en su mayoría, una proyección de las preocupaciones y desvelos que cada ser humano guarda en su interior[2], las cuales carecen por completo de armonía, orden y belleza. Así, cuando visitamos un museo (especialmente los especializados en arte contemporáneo), el arte que encontrarnos en general, se expresa en obras en las que el artista transmite y plasma una crítica social, un discurso político e ideológico o proyecta al exterior sus pasiones e ideas más bajas. Frente a esta situación, ¿qué hace el público? ¿De qué le “sirve” al espectador este tipo de arte? ¿Puede aprender algo de alguna obra? ¿Puede llevarse el visitante de ese museo algo distinto o queda indiferente? ¿Es un arte que transforma algo en el interior de cada persona? e incluso podemos preguntarnos ¿Le resulta comprensible la obra?

Partiendo de estas cuestiones realizaremos un sucinto recorrido histórico-filosófico-artístico para que desde el estudio comparado de las tres materias, podamos recoger de los autores, filósofos y artistas más destacados, sus enseñanzas respecto a las diversas artes. En especial aquellas que nos lleven a comprobar qué tipo de arte puede educir ideas profundas del interior de un ser humano, y por lo tanto, enseñar y educar.

De la instrucción a través de imágenes

La instrucción esotérica transmitida por H.P. Blavatsky nos cuenta que en los albores de la Humanidad, cuando el ser humano era “como un niño”, los Maestros que tuvieron que instruirlos hicieron uso de símbolos y emblemas: “Gracias a estos ‘Hijos de Dios’, aquella humanidad infantil obtuvo sus primeras nociones de todas las artes y ciencias”[3]. Así, los primeros humanos fueron aprendiendo esas enseñanzas a través de imágenes[4]. Sin embargo, esto no solo tuvo lugar en el periodo inicial de la humanidad, sino que este tipo de educación se mantuvo a lo largo de los siglos, pues “todas las sociedades esotéricas hicieron uso de los emblemas y los símbolos, como sucede con la Sociedad Pitagórica, la de los eleusinos, la de los Hermanos Herméticos de Egipto, la de los Rosacruces y la de los Francmasones”[5]. Las pruebas que corroboran estas antiguas enseñanzas se hallan esparcidas en todas las escrituras de las civilizaciones de la Antigüedad:

Los Purânas, el Zend Avesta y los antiguos clásicos, están llenos de ellas; pero nadie se ha tomado la molestia de recopilar estos hechos y confrontarlos entre sí. La causa de ello es que todos estos hechos fueron registrados simbólicamente; y que los más expertos, las inteligencias más penetrantes entre los expertos, han sido oscurecidas por conceptos preconcebidos, y aún con más frecuencia, por los puntos de vista parciales del significado secreto[6].

Por esa razón, nos proponemos hacer un breve recorrido comprobando los eslabones de esta cadena con objeto de comprobar el porqué de esta pérdida del contacto con las imágenes y su lenguaje simbólico.

Para H.P. Blavatsky una imagen “es generalmente una serie de pinturas gráficas, consideradas y explicadas alegóricamente, y que desarrollan una idea en vistas panorámicas, presentadas unas después de otras”[7]; de donde se deduce la existencia de una transmisión y una narración, es decir, la existencia de un lenguaje. Por ello, lo primero que debemos tener en cuenta a la hora de enfrentarnos a la enseñanza con imágenes (tanto desde la perspectiva del instructor como del discípulo), es que son una forma de comunicar más, un lenguaje distinto al que solemos utilizar, pero que, en cuanto empieza a “hablarse”, su uso resulta cada vez más comprensible. Asimismo, debemos de tener presente que las imágenes no solo nos sirven para comunicarnos con otros momentos históricos, otras culturas o con otras personas, sino que sirven para dialogar con nosotros mismos. Estas pueden ayudar al individuo a ver con claridad su interior, pues las imágenes dotan de luz los espacios oscuros del ser que somos y con el que nos cuesta comunicarnos.

Este problema tiene su origen en la dificultad que tenemos para hablar con nuestro “Yo soy” a través de la racionalidad, siendo el lenguaje propio de lo elevado las imágenes, los símbolos, las metáforas y los mitos[8]. Por esta razón, la mitología y los distintos tipos de arte son objetos de análisis fundamental, ya que son los que nos proporcionan otra perspectiva, otra forma de ver: “Por la luz vemos; con los ojos nada vemos”[9].

El origen: La música y los dioses

Probablemente los primeros textos que nos hablan de la enseñanza a través del arte sean los relatos sobre Pitágoras y las parábolas de las que hacía uso en sus discursos. Las parábolas conforman un relato en el que se desarrollan imágenes, similares a lo que sucede en las fábulas, que buscan transmitir una idea o un concepto moral, es decir, “un símbolo hablado”[10]. Jámblico en su Vida de Pitágoras[11] cuenta cómo el Maestro de Crotona en una ocasión fue a dar un discurso a los niños. Les contó que para su formación integral[12] debían estudiar la música y el arte de los números, materias regidas por el dios Apolo, el cual también era un dios encomendado a la protección de los niños[13]. Esta misma idea, la encontramos en la República[14] de Platón, donde desarrolla un sistema de paideía que se inicia con la música. Para Platón, la música debe conocerse antes que cualquier otra materia porque eleva y educa al alma, y al incluir mensajes o discursos, instruye a los jóvenes en el discernimiento[15]. Estos discursos que indica Platón deben de explicarse a los jóvenes a través de mitos mayores[16] con los que pudiesen conocer qué es ser un individuo de bien[17]. Curiosamente, este método coincide con las parábolas o discursos de Pitágoras, quien también usaba la mitología para instruir a los niños en su camino a ser personas de Bien, y les aconsejaba que amaran a los dioses antes incluso de que supiesen hablar[18].

El lenguaje: La danza y la poesía

Una vez que los jóvenes estaban familiarizados con la música y la mitología, debían de proseguir su educación a través de las artes con la danza y la poesía. En este sentido, en la Grecia clásica se creía que cuando un niño nacía ya conocía el lenguaje, el lenguaje correcto, pues este era innato en el alma[19]. Ese lenguaje del alma habla de las cosas buenas y bellas que existen en la multiplicidad[20]. Por ello, los niños debían mejorar su forma de expresarse a través del lenguaje, pero también del cuerpo. De ahí, la relación que une a la poesía y la danza, a través de la música, el arte inicial. Debemos tener en cuenta que el griego clásico es un idioma que estaba pensado para ser cantado y recitado[21], es decir, para el arte. De modo que, cuando en un simposio se tocaba música, también se recitaban o se cantaban poemas. Además, esta forma musical da pie a la danza, por lo que es fácil comprender el profundo vínculo de las tres artes.

Musas danzando
Las nueve musas danzando con Apolo

Sin embargo, no debemos olvidar que tanto la poesía como la danza requieren de sus artistas tener unas características propicias para poder llevarlas a cabo. El bailarín/a debe presentar cualidades mentales y espirituales, pues este es un arte afín a la filosofía, ya que combina la doctrina platónica sobre el alma, la aristotélica sobre la belleza y la pitagórica sobre el tiempo y el espacio[22]. De otro lado, el poeta también debe estar instruido antes de componer sus poemas, puesto que genera discursos e imágenes que se difunden en la sociedad y siempre deben ser muestra de belleza y virtud[23]. En ambos artífices[24] coincide el aspecto moral y recto, para poder plasmar de forma buena y bella las artes[25]. Por último, hay que tener en cuenta que la danza y la poesía no solo se daban en las fiestas o momentos pacíficos, también eran propias de la guerra[26]. En este sentido, vemos cómo estas artes son parte de la vida que se va desarrollando en todos sus ámbitos[27], pues “son una expresión de lo bello en el alma”[28] viva, que comienza a despertar.

La vista: La pintura y la escultura

Como último paso en el proceso educativo a través de las artes, encontramos la pintura y la escultura; materias en las que el sentido de la vista juega un papel fundamental. En relación a esta idea merece la pena destacar las palabras de Cicerón acerca del sentido de la vista:

Simónides […] intuyó que nuestro espíritu modelaba en imágenes […] lo que los sentidos habían transmitido e imprimido, y que, de todos nuestros sentidos, el más vivaz era el de la vista; que por eso podríamos retener con toda facilidad lo que percibimos por el oído o la reflexión si además se confía al espíritu con la mediación de los ojos. […] Logrando retener, mediante la imaginación visual, lo que con la reflexión apenas podríamos abarcar[29].

Sin embargo, no se trata de una visión física, sino de una advertencia de que puede “verse” con otros “ojos”, los “ojos del alma”[30]. Del mismo modo, tanto Marsilio Ficino como Pico de la Mirándola hablan en sus obras en numerosas ocasiones de la “vista” y la plasmación del Intelecto en el arte[31]. El estoicismo también potencia la educación de los jóvenes con imágenes que describen en sus ejercicios y discursos[32]. El paradigma de estos ejercicios es la Tabla de Cebes que se usaba con fines pedagógicos[33], un texto que ha sido atribuido a Cebes de Tebas, el mismo personaje del Fedón y el Critón platónicos, que fue discípulo del pitagórico Filolao, en el que se pueden encontrar influencias estoicas, platónicas y pitagóricas[34]. El relato de la tabla es una ekphrasis, una descripción de una imagen que generalmente hace uso de la mitología para poder desarrollar el discurso en cuestión[35]. El fragmento cuenta como, ante el templo de Crono, un anciano explica a unos forasteros el motivo de las ofrendas que se hacen en el lugar, lo que le lleva a esbozar una alegoría pictórica de la vida y la relación entre las personas[36]. Por tanto, se trata de una alegoría de la vida desde el punto de vista del espíritu platónico-pitagórico y que imita el diálogo platónico en el que se cuenta el Mito de la Caverna[37].

En consecuencia, apreciamos cómo el desarrollo de las artes plásticas permite que a través de ellas se desarrollen las teorías filosóficas. Otro caso similar son las Descripciones de cuadros[38] del sofista Filóstrato, libro dedicado al género de la ekphrasis y en el que describe diversos cuadros y esculturas de la Antigüedad, que ya entonces se habían perdido y que esconden siempre una moraleja oculta. Los relatos siguen la fórmula: “Ver-decir-contar-leer lo pintado- escrito”[39] para poder llegar a un conocimiento más profundo de la obra que se está analizando. En general, Filóstrato describe obras mitológico-simbólicas, lo que nos lleva de nuevo a la relación entre arte y palabra: “El sentido oculto de unas figuras y de un espacio, construyendo con lo comprendido por los ojos un conjunto captable por la razón”[40].

El fin: La belleza y el alma

Una vez, que hemos terminado nuestro breve repaso por las artes y la forma en que se enseñaban y debían estudiarse, es sencillo comprender cuál es el fin de todas ellas: la belleza. Porque cuando algo contiene belleza hace que aquello en lo que se plasma esté vivo. Por eso es algo necesario y crucial en la vida de una persona, pues la belleza da aliento al alma y esta “sentirá una quemazón, un placer, una sacudida”[41]. Asimismo, aquel que se dispone a expresar el arte (en cualquiera de sus formas) debe de ser un individuo recto, bueno, bello y pulcro[42]. Este artífice debe mantener una divina proporción[43] como si de la figura de Vitruvio se tratara. El artista, el filósofo al fin y al cabo, debe ser una persona que se encuentra enmarcada en la perfección, en la cuadratura del círculo[44]. En este sentido, aparece el concepto de la areté[45], un concepto que según Virgilio debía presentar el alma de un verdadero artista[46], pues la areté pretende conquistar la “excelencia” a través del honor y el cultivo de la virtud[47].

Sin embargo, este espíritu de conquistarse a uno mismo y educar el carácter a través de lo bello y bueno no es propio de nuestro tiempo. Como indicábamos al inicio del trabajo, actualmente se dirige la mirada hacia otras cosas, lo bello ya no tiene sentido para muchos e incluso se desprecia. Tatarkiewicz sostiene que efectivamente esta es una respuesta a la crisis de identidad y social actual[48] y argumenta que el arte contemporáneo ha fracasado al intentar “unificar” su sentido y fin en el consuelo de esta crisis: huyendo de la realidad, buscando una innovación sin fundamentos, o expresando lo que el artista siente en un desahogo[49]. Siguiendo esta misma idea, proponemos como antídoto volver a los orígenes, tomar contacto con los grandes artistas para imitarlos y recuperar sus enseñanzas[50] y así también transmutar nuestro interior: “Esfuérzate por elevar lo que de divino hay en nosotros hacia lo que hay de divino en el universo”[51].

En suma, vemos cómo a través de la tradición clásica las artes tenían un vínculo con lo sagrado, pero no entendido como un dios externo, sino como lo sagrado o como lo divino en cada uno de nosotros. Una idea de la que lamentablemente se ha desconectado por completo el mundo actual, ya que la humanidad cortó en un momento determinado el hilo que le unía a lo divino y ahora no hay forma de recuperar el vínculo. De hecho esta es precisamente la causa, el porqué de la pérdida de educar a través de imágenes y el entendimiento de sus símbolos.

De este modo, llegamos a la conclusión de que educar a través de las artes es un método que puede enseñar la belleza en el mundo. Sin embargo, no es suficiente con llegar a la belleza, pues para llegar a un fin mayor debemos recuperar las artes desde sus orígenes divinos, donde los dioses se mezclaban en ellas. Y así, poco a poco, ir elevando nuestras almas para que sean cada vez un poco más verticales. Tal y como nos recuerdan estas palabras del divino Platón con las que queremos finalizar este trabajo:

Aquel que ha sido educado musicalmente [y en el arte en general] como se debe es el que percibirá más agudamente las deficiencias y la falta de belleza, tanto en las obras de arte como en las naturales, ante las que su repugnancia estará justificada; alabará las cosas hermosas, regocijándose con ellas y, acogiéndolas en su alma, se nutrirá de ellas hasta convertirse en un [individuo] de bien[52].

 

 

Bibliografía

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WITTKOWER, R.: Los fundamentos de la arquitectura en la edad del humanismo. Alianza Editorial. Madrid, 1988

 

Notas

[1] El presente trabajo parte de que la definición de arte es la que proporcionó Jorge Ángel Livraga: “Arte, verdaderamente arte, es aquella belleza, armonía pura, que ilumina y eleva, haciendo vibrar lo mejor de nosotros. Todo aquello que exalta las bajas pasiones, la arritmia, la violencia y la ignorante desesperación, no es Arte.” Vid.: Livraga, J.A.: Ankor el discípulo. Editorial NA. Valencia, 1994, pág. 75

[2] Tatarkiewicz, W.: Historia de seis ideas: Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis y experiencia estética. Editorial Tecnos. Madrid, 2016, págs. 20 y sigs.

[3] Blavatsky, H.P.: Doctrina Secreta. Tomo I. Editorial Sirio. Málaga, 2000a, pág. 374

[4] Debemos aclarar que a lo largo del trabajo cuando utilicemos el término imágenes, nos estamos refiriendo a una representación artística sin importar la naturaleza de su arte, pues todas ellas se plasman y componen a partir de imágenes.

[5] Blavatsky, H.P.: Doctrina Secreta. Tomo II. Editorial Sirio. Málaga, 2000b, pág. 6

[6] Ibid., págs. 7 y 8

[7] Ibid., pág. 6

[8] En este sentido recomendamos el trabajo de C. G. Jung, que a través de su método de análisis de los símbolos va desvelando el sentido de los mismos, transformando al ser humano y dejando paso al Ser. Vid.: Jung, C.G.: El hombre y sus símbolos. Caralt. Barcelona, 1997

[9] Aforismo órfico perteneciente a la Teogonía de las Rapsodias, en: Bernabé, A.: Hieros logos. Poesía órfica sobre los dioses, el alma y el más allá. Ediciones Akal. Madrid, 2003, pág. 135

[10] Blavatsky, H.P.: Doctrina Secreta. Tomo II. Op. cit., pág. 8

[11] Jámblico: Vida de Pitágoras. Editorial Gredos. Madrid, 2003

[12] Este concepto corresponde al término griego paideía (παιδεία), que proviene de país (πα𝜄ς̂) “niño”, y que se refiere a una educación ideal, completa y ecléctica que cada persona debía de recibir desde su infancia. Vid.: VV.AA.: Los filósofos presocráticos I. Editorial Gredos. Madrid, 1978, págs. 176 y 177

[13] Jámblico: Vida de Pitágoras. Op. cit., págs. 52 y sigs.

[14] Platón: Diálogos IV. República. Editorial Gredos. Madrid, 1988

[15] Ibid., págs. 134 y 135

[16] Distintos de los mitos menores que podían confundir por mostrar dioses débiles con comportamientos poco nobles. Ibid., págs. 135 y sigs.

[17] Ibid., pág. 168

[18] VV.AA.: Los filósofos presocráticos I. Op. cit., pág. 177

[19] Platón: Diálogos IV. República. Op. cit., págs. 38 y 39

[20] Ibid., pág. 330

[21] Fernández-Fígares, M.D.: Los primeros filósofos. Editorial NA. Madrid, 2018, págs. 25 y sigs.

[22] Luciano: Obras III. Editorial Gredos. Madrid, 1990, pág. 45

[23] Platón: Diálogos IV. República. Op. cit., págs. 136 y sigs.

[24] Utilizamos este concepto manteniendo la concepción griega, pues un artífice era aquel que hacía arte pero que no se le consideraba un artista. Por ejemplo, Fidias fue un gran artista reconocido en la época, sin embargo no todos los artistas contemporáneos podían ser como Fidias. Para ahondar en este concepto Vid. Livraga, J.A.: “Artistas y artesanos”, en: Magia, Religión y Ciencia para el tercer Milenio (V). Editorial NA. Valencia, 2006, págs. 167 a 180

[25] Ibid., 134 y sigs.; y también, Luciano: Obras III. Op. cit., págs. 61 y sigs.

[26] Luciano: Obras III. Op. cit., págs. 49 a 60. También pueden verse numerosos ejemplos de las danzas masculinas y guerreras en la mitología, un gran ejemplo es la Ilíada. Vid.: Homero: Ilíada. Editorial Gredos. Madrid, 1996

[27] Tatarkiewicz, W.: Historia de seis ideas: Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis y experiencia estética. Op. cit., págs. 22 y 23

[28] Plotino: Enéada I. Editorial Gredos. Madrid, 1982, págs. 291 y sigs.

[29] Cicerón: Sobre el orador. Editorial Gredos. Madrid, pág. 364

[30] Plotino: Enéada VI. Editorial Gredos. Madrid, 1998, pág. 526

[31] Para ahondar en esta idea Vid.: Ficino, M.: Sobre el furor divino y otros textos. Barcelona. Anthropos, 1993; y Pico de la Mirándola, G.; Las 900 Tesis. Universidad Nacional Autónoma de México. México, 2014

[32] Para saber más Vid.: Cicerón: Sobre el orador. Op. cit.; Cicerón: La invención de la retórica. Editorial Gredos. Madrid, 1997

[33] Anónimo: Tabla de Cebes. Editorial Gredos. Madrid, 1995

[34] Ibid., pág. 12

[35] Gombrich, E. H.: Imágenes simbólicas. Alianza Editorial. Madrid, 1990, pág. 210

[36] Anónimo: Tabla de Cebes. Op. cit., pág. 13

[37] Ibid., págs. 13 y 14

[38] Filóstrato: Heroico; Gimnástico; Descripciones de Cuadros. Editorial Gredos. Madrid, 1996

[39] Ibid., pág. 38

[40] Ibid., pág. 38 y 39

[41] Plotino: Enéada I. Op. cit., pág. 282

[42] Cicerón: La invención de la retórica, Op. cit., págs. 41 y sigs.

[43] Pacioli, L.: La divina proporción. Ediciones Akal. Madrid, 1991; en este sentido también se recomienda la lectura de Vid: Wittkower, R.: Los fundamentos de la arquitectura en la edad del humanismo. Alianza Editorial. Madrid, 1988

[44] Wittkower, R.: Los fundamentos de la arquitectura en la edad del humanismo. Op. cit., págs. 31 a 54

[45] Areté (ἀρετή) concepto griego que significa la máxima excelencia, esta era propia de los héroes.

[46] Virgilio: Eneida. Editorial Gredos. Madrid, 1997, pág. 416

[47] Platón: Diálogos IV. República. Op. cit., págs. 64 a 99

[48] Tatarkiewicz, W.: Historia de seis ideas: Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis y experiencia estética. Op. cit., págs. 22 y 23

[49] Ibid., págs. 24 y 25

[50] Da Vinci, L.: El tratado de la pintura. Imprenta Real. Madrid, 1827, págs. 3 a 6

[51] Plotino: Enéada I-II. Op. cit., pág. 32

[52] Platón: Diálogos IV. República. Op. cit., pág. 176