BELÉN PÉREZ

Se ven haciendo colectas, vendiendo artesanía para recaudar fondos, ayudando a minusválidos e incluso, en lugares desagradables, sucios y míseros, intentando aliviar la penuria ajena. Generalmente están ligados a instituciones religiosas, pero también son muchos los colectivos laicos cuyo único interés es sentirse útiles en una sociedad deshumanizada, donde se cobra por todo menos por el sufrimiento, que es gratuito.

Para muchos, la mayoría, es la primera experiencia con la vida real. Su militancia en favor a los demás les ha obligado a salir de la burbuja de incomunicación en la que todos estamos más o menos inmersos.

Ahora están siendo objeto de las noticias y reportajes en los medios de información de masas, como si fuesen extravagantes –la verdad es que para muchos lo son– o lunáticos aburridos. Y los noticieros solo recogen aquellos casos que por dramáticos u originales rozan el reality-show, a lo que nos están acostumbrado.

De tal forma, gracias a la repetición, la noción que se tiene del voluntariado se limita a la persona que ayuda en las epidemias, guerras y catástrofes, o bien a los minusválidos, heridos y demás enfermos.

Esto es triste, porque además de no ser correcto, hace que el voluntariado caiga en un suerte de moda, como acontece con todo lo que repiten los medios de comunicación. Lo que es un noble impulso del alma cae en ser lo que más “viste” en un momento determinado.

Es triste también porque el hecho de que ayudar a alguien se convierta en noticia dice muy poco del estado de bienestar que hemos pretendido construir.

Y no es correcto, porque el voluntariado puede actuar en tantos campos como necesidades pueda tener el ser humano, no solamente en el aspecto del sufrimiento o de la incapacidad física.

Pese a todos los peros que condicionan este nuevo estímulo que la sociedad parece dar al voluntariado, es una gran noticia en estos tiempos el hecho en sí, el que la gente de todas las edades vuelva a desempolvar el olvidado acicate de la generosidad.

Hace poco, Antonio Gala venía a decir, más o menos, que en la indiferencia ante la pobreza está la auténtica raíz de la discriminación y el racismo. Y desde estas líneas apostillamos que el mejor combate que pueda plantársele a este monstruo de la intolerancia es el voluntariado. Compartir lo que se tiene con el que no tiene. La mejor forma de vencer la pobreza es rompiendo el tabique que nos impide reconocer la miseria ajena como propia al haberla consentido.

Pero hace falta reconocer la pobreza en todos sus planos. La más evidente es la indigencia física. Sin embargo, la más peligrosa es la miseria espiritual, la pobreza en conocimientos, en justicia y en todos aquellos valores que hacen del hombre un ser tolerable para sí mismo. Y esta es la más peligrosa; también hacen falta voluntarios contra esta pobreza que no se ve pero que se siente.

Nos rebelamos ante los límites que quieren poner a la solidaridad. El voluntariado rebasa el umbral del sufrimiento físico. Hemos dicho ya que la generosidad de acción puede ejercerse en tantos campos como necesidades tiene el hombre. Y el hombre tiene, tenemos, necesidad de un ambiente sano, de unas relaciones naturales con el entorno, de una educación integral, de un acceso abierto al desarrollo cultural, de ser escuchados, de crear con nuestro ingenio, de saber emplear todas nuestras facultades.

Tenemos necesidad de autoestima, de justicia, de belleza, de sentirnos acompañados, de felicidad por el sueño acariciado y alcanzado.

La miseria también alcanza a todo esto, y contra ella debe llevarse a cabo la solidaridad, la acción voluntaria.

La ayuda desinteresada sólo tiene un límite: el que cada uno se imponga.