UN ASUNTO DE NARICES

 

PALOMA DE MIGUEL

Todo ser vivo tiene un olor especial y característico. En la Naturaleza, los seres vivos se perfuman (y perfuman a otros) como una forma muy principal de comunicación. El olor individualiza a los seres vivos. Precisamente por eso, en un acto de información dirigido hacia sí mismo, un animal puede marcar su entorno y sus recorridos con su propio olor, formando así una especie de invisible ruta perfumada, un rastro que le sirve de referencia y orientación en sus desplazamientos, facilitándole el camino de regreso hacia su territorio, su grupo, su colonia o su hogar.

El olor depositado en seres u objetos puede utilizarse como un signo de pertenencia; al modo de una extensión de la propia persona. Así hace cierta mariposa macho que espera pacientemente a que la elegida de su corazón surja de su capullo, para, apenas recién nacida, bañarla en su propio olor, con lo que informa a los posibles pretendientes de que él “la ha visto primero” y de que “la dama es suya”.

El olor vincula a los individuos con sus parejas, familias o grupos de pertenencia. Diversos experimentos muestran cómo seres tan distintos como insectos o mamíferos son capaces de reconocer e identificar a sus crías entre diferentes individuos, a veces verdaderas multitudes, por su olor personal. Un animal doméstico puede restregarse contra los humanos con los que convive para estrechar el lazo con ellos inundándolos en su aroma, así como puede “consolarse” en soledad tumbándose encima de una prenda que huela a su amo.

El olor tiene en los animales amplias resonancias emocionales. Factor que utilizan con toda premeditación, aunque no sean demasiado conscientes de ello, en sus ceremonias nupciales, para atraer, extasiar y embriagar al otro sexo. Unas responsables de tales “maniobras naturales” son las feromonas, hormonas sexuales que desencadenan y subyacen en los ritos de cortejo.

Los sentimientos y las emociones se huelen. Por ejemplo, el miedo en sus diversos grados, la cólera, el equilibrio anímico, la tranquilidad, la alegría y la disposición afectuosa hacia otro ser tienen una representación olorosa. Olfateando, un animal puede captar el posible peligro, la potencial amenaza por competencia en su entorno, sus presuntos depredadores, sus futuras conquistas… además de a sus presas favoritas.

El olor en el mundo animal es un perfecto vehículo informativo. A través de él, un individuo transmite a otro cuál es su residencia habitual y hasta dónde se extiende la misma, esto es, indica de modo claro los límites de sus dominios; también mediante el olor indica, y a su vez se entera, de quién es ese otro al que “su nariz” ha captado, cuál es su especie de pertenencia, su edad, su sexo, su grado de receptividad frente al encuentro amoroso, su emoción predominante en esos momentos, su fortaleza, su posible estatus social y hasta su nivel de salud. No es extraño, pues, que para algunos animales con un olfato grandemente desarrollado como es el caso de los cánidos, el pasar revista a los olores que impregnan su ámbito vital sea tan importante. Es una forma, a nivel canino o lupino, de enterarse de las “noticias del día”, quiénes son, cómo son, de qué “humor” están y “cómo se sienten” sus vecinos y visitantes.

El olor es también un mecanismo de defensa bastante utilizado en el mundo animal. Un ser acosado puede emitir un olor desagradable que hiera la sensibilidad pituitaria del agresor y que funcione como una barrera invisible frente a su contrincante. Si pensamos en las mofetas, ¿podría alguien dudar de tal afirmación?

Los humanos también empleamos la comunicación olfativa entre nosotros, pero muy mediatizada culturalmente, ya que en muchas sociedades de las llamadas “civilizadas”, no se considera nada adecuado el olfatear directamente a otras personas. Además, tendemos a suprimir los olores naturales de nuestro cuerpo, considerándolos desagradables, bien por un déficit higiénico como ha ocurrido en algunos momentos de nuestra historia o, aun disfrutando de un grado razonable de limpieza, superponiendo en cambio otros aromas, extraídos de frutas, flores, plantas o de glándulas animales –muchos de ellos empleados por el propietario para atraer sexualmente– que, paradójicamente, nos parecen más apropiados.

Las personas, actualmente y sobre todo en nuestra sociedad occidental contemporánea, somos poco sensibles conscientemente a la acción de los olores, por lo que no solemos prestarles demasiada atención ni utilizarlos demasiado activamente otorgándoles la importancia necesaria, aunque a veces un determinado perfume modifique nuestro estado de ánimo, nos excite o nos serene, nos llene de alegría o nos ponga momentáneamente tristes, nos haga rememorar sentimientos, evocar imágenes o recordar hechos pasados; aunque, de vez en cuando, nos refiramos en alguna de nuestras comunicaciones al “aroma de nuestro hogar”, al “hedor de la muerte” o al “olor de la tragedia”, manifestaciones que, desde luego, son algo más que meras alegorías o simples metáforas poéticas.