No deja de resultar irónico que el pensamiento positivo, con su optimismo a prueba de bombas, se encuentre detrás de la crisis económica de 2008. El descomunal batacazo de la burbuja inmobiliaria en EE.UU. fue algo que se veía venir, pero sobre lo que nadie se atrevió a hablar porque “a nadie le gusta un aguafiestas”.

En este artículo expondremos algunas de las consecuencias de este pensamiento, basado en un mensaje aparentemente alentador e inocuo: que nada ni nadie puede impedirte ser feliz, tener salud y alcanzar el éxito, porque tu salud, felicidad y éxito dependen sólo de ti; basta con pensar en positivo. Sin embargo, detrás de este “empoderamiento” del individuo subyace en ocasiones un perverso subtexto: si no estás sano, si no eres feliz y si no tienes éxito es porque no te esfuerzas lo suficiente, porque no lo deseas de verdad, porque eres negativo y, por tanto, una persona tóxica para los que quieren ser felices, sanos y exitosos.

El origen del pensamiento positivo

Las raíces del pensamiento positivo hay que buscarlas en EE.UU., en la segunda mitad del siglo XIX, como reacción a la opresión psicológica de las doctrinas calvinistas, que predicaban que no hay nada que el ser humano pueda hacer para evitar la condenación eterna: Dios ya ha elegido a los pocos que se salvarán, y todos los demás irán con seguridad al infierno; nadie puede saber si es uno de los elegidos o no, salvo que se haga muy rico; una persona económicamente próspera está, sin duda, marcada para salvarse.

Ante ese trágico determinismo, nace un nuevo pensamiento que da al ser humano y, en especial, a su mente, el poder de elegir su propio destino, sanarse a sí mismo, alcanzar el éxito y obtener dinero. El pensamiento positivo tomará diversas ideas del mesmerismo, las doctrinas hindúes, el espiritismo, el budismo, la magia simpática… y compondrá una doctrina a medida en la que se equipara el poder de la mente humana con el de Dios, y otorga al ser humano el poder para conseguir todo lo que desee, fundamentalmente salud, éxito y riqueza, con sólo enfocar su pensamiento en ello.

A finales del siglo XX, la American Psychological Association comenzó a fomentar estudios sobre la “ciencia de la felicidad” a través de lo que hoy se conoce como Psicología positiva, con lo que se dio un fuerte espaldarazo “científico” a la creencia de que la emoción y el pensamiento positivo son los responsables del bienestar y la salud, en lugar de asimilar dicho bienestar a la capacidad de las personas de estar satisfechas con sus vidas. Así fue como se acabó afianzando la idea de que el pensamiento positivo, traducido muchas veces como optimismo, es la clave de la felicidad y, por ende, del éxito, la salud y la prosperidad. Sin embargo, la inmensa mayoría de esos estudios han sido duramente criticados, considerando que están sesgados en la selección de los grupos de observación, así como por establecer relaciones sin pruebas suficientes. Por ejemplo: en general sí que está probado que las personas con mejor situación de apoyo social, familiar y estabilidad económica, así como una vida social activa y la realización de algún ejercicio físico, acuden menos al médico, un hecho que no puede en ningún caso confundirse con que no enfermen. Igualmente, aunque está demostrado que el estrés debilita el sistema inmune, no existe ninguna prueba hasta el momento de que el optimismo lo refuerce ni de que el sistema inmune combata el cáncer, excepto los causados por virus. De hecho, las personas inmunodeprimidas no son más propensas al cáncer que las que no lo son y, hasta el momento, nadie ha curado el cáncer reforzando el sistema inmune.

Las conclusiones hasta la fecha son que no hay conclusiones absolutamente verificadas de los estudios sobre la llamada “ciencia de la felicidad”, ni tampoco en contra; sólo existen muchos frentes abiertos en los que intervienen gran cantidad de factores que aún están revelándose y comprobándose. También es importante destacar que la ciencia sólo puede evaluar elementos mensurables de manera objetiva, y la felicidad no es uno de ellos.

Aparte de que existe poco consenso en lo que es o no es la felicidad. Así, una de las cuestiones que plantea la Psicología positiva es que no se puede definir la felicidad, porque es una apreciación totalmente subjetiva, y los parámetros que se emplean para medirla son –igualmente- subjetivos y personales. Esta afirmación se basa en diversos estudios que revelan la proporción de los factores que realmente influyen en la felicidad, siendo un 50% genético, un 10% debido a las circunstancias y, finalmente, un 40% consecuencia del pensamiento y las acciones de la persona.

El problema del pensamiento positivo

¿Es negativo pensar en positivo? Tener una actitud optimista puede hacer, sin duda, que nos sintamos mejor o esperanzados ante situaciones difíciles de nuestra vida, pero el optimismo ciego y dogmático es una barrera a la hora de encarar la adversidad y encontrar soluciones.

Estos son algunos de los problemas que pueden devenir de adoptar una forma extrema y dogmática de pensamiento positivo.

– Sobre la ley de atracción

Se basa en la creencia de que el universo está formado por vibraciones, y estas vibraciones son atraídas por vibraciones similares. Esto es, que las vibraciones positivas atraen a las positivas y las negativas a las negativas. Esta idea contiene aparentes puntos de contacto con algunas de las conocidas leyes del Kybalión, pero conlleva diversas perversiones en su planteamiento, ya que presupone que lo positivo es bueno siempre y es necesario conseguirlo, y lo negativo es malo siempre y es preciso huir de ello. En este mundo no hay cabida para las malas (desagradables, difíciles, adversas…) experiencias, así como que no existe circunstancia que no pueda ser modificada a conveniencia por el pensamiento, incluyendo las circunstancias ajenas a la propia persona. Esto último, al menos en algunos trabajos elaborados por autores de Psicología positiva, queda modificado por la idea de que, en la determinación de la felicidad, sólo el 40% depende de nuestros pensamientos y acciones.

– Sobre el optimismo y la resiliencia

Adoptar el optimismo como forma única de entender y relacionarse con el mundo es un problema, ya que desvincula a los individuos de la realidad tanto propia como circundante, les impide aprender de las experiencias vividas, sean estas buenas o malas, y los castra a la hora de “conformarse” con lo que tienen y buscar maneras de aprovechar lo que hay a su alcance en esos momentos o, lo que es lo mismo, cero tolerancia al fracaso. La felicidad (bienestar) se convierte en una obligación. Recientemente se ha puesto de moda en las empresas el concepto de resiliencia(1), muy empleado por la Psicología positiva asociado al optimismo, así como la idea de que siempre se puede aumentar la sensación de felicidad y hacerla duradera. En un artículo sobre resiliencia de la periodista Diane Coutu(2), publicado por Harvard Business Review, se extraen tres características fundamentales de las personas verdaderamente resilientes, a raíz de numerosas entrevistas con personas que han sobrevivido a experiencias verdaderamente duras: la capacidad para afrontar la realidad, la capacidad de encontrarle un sentido a las dificultades que se viven y la capacidad para aprovechar lo que se tiene al alcance. Así, la resiliencia no es un producto del optimismo, sino de conocer la realidad y enfrentarse a ella con sentido y creatividad. Curiosamente, esa fortaleza resultante (más que el optimismo), es lo que estas personas identifican con una vida satisfactoria y con sentido.

– Sobre el individualismo

El seguidor del pensamiento positivo desarrolla necesariamente un insano orgullo de autosuficiencia(3). No necesita nada de nadie, pues sólo su pensamiento le basta para conseguir lo que desea. Además, la misma creencia “positiva” de que el pobre lo es porque quiere, porque prefiere dejarse arrastrar por la negatividad, así como los “quejicas” de las diversas problemáticas sociales, establece una cruenta y perversa frontera discriminatoria. El pensamiento positivo es, además, tremendamente insistente en la permanente exigencia de mejora, de ir a más, pero siempre enfocado en el logro personal, aún a costa de los demás, ya que los demás también son responsables de su propio éxito(4). Por eso, los seguidores del pensamiento positivo que alcanzan el éxito acaban convirtiéndose en objetos de culto tanto para otros como para ellos mismos, como ha ocurrido con el ex-presidente Trump, que ha hecho de sí mismo un producto a seguir donde sus votantes ya no son republicanos, sino trumpistas. Sobre esto, la Psicología positiva matiza bastante estos postulados, incorporando el desarrollo de las habilidades interpersonales y la responsabilidad social como importantes elementos del bienestar personal, así como la dedicación de tiempo a la familia y los amigos, el sentimiento de comodidad al expresar gratitud a los demás y la disposición a ayudar a quien lo pueda necesitar, entre otras cosas.

– Sobre la culpa

El pensamiento positivo descarga toda la responsabilidad de los logros o fracasos en cada persona, y las circunstancias externas apenas son consideradas como obstáculos ante una mente positiva bien adiestrada. Esta culpa es especialmente evidente y dolorosa en enfermedades como el cáncer, donde se ha hecho todo un arte de la culpabilización de la víctima. Valga como ejemplo esta cita de la psiquiatra Jimmie Holland, del hospital Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, recogido por Barbara Ehrenreich: «Hace unos diez años empecé a ver claramente que la sociedad estaba arrojando otra carga injusta e inoportuna sobre los pacientes, una carga que parecía venir de las creencias populares sobre la conexión cuerpo-mente. Los pacientes empezaban a venirme con historias sobre amigos bienintencionados que les habían dicho: “He leído todo lo que se ha escrito sobre esto, y si tienes cáncer es porque debes haberlo deseado”. Y todavía era más estremecedor que algunos te dijeran: “sé que tengo que ser positivo en todo momento, y que es la única forma de enfrentarme al cáncer… pero me resulta tan difícil… Sé que si me entristezco o tengo miedo o estoy alterado, estoy haciendo que el tumor crezca más rápido y acortando mi vida”». Así, cuando la persona ve que su cáncer se extiende, o cuando la despiden del trabajo, o si su pareja le abandona, sólo puede culparse a sí misma. También en este aspecto la Psicología positiva ha introducido un cambio de visión sobre la culpa, señalándola como uno de los posibles motivos que podrían impulsarnos a querer hacer algo mejor: “Seguiré poniendo en práctica esta actividad porque me sentiría avergonzado, culpable o preocupado si no lo hiciera; me esforzaré por hacerla.”

– Sobre el falso espiritualismo

El objetivo no es conocer a Dios o dar respuesta a las necesidades interiores del ser humano, sino hacer que Dios entre a su servicio personal, como un genio de la lámpara, dispuesto a conceder todos sus deseos a aquellos que repiten hasta la extenuación los mantras del pensamiento positivo o, como lo llama Ehrenreich, “teología de autoservicio” que predican los evangelistas de la prosperidad. Ser mejor no es ser una persona más moral, y rara vez se va a abordar el tema ético en estos sermones, salvo para vincular al buen cristiano positivo con aquel que más fe demuestra en el poder de su pensamiento. Ser mejor es tener más éxito, es ganar más dinero, ascender en el trabajo, conseguir la pareja que quieres, ganar las demandas, lograr mesa en el restaurante de moda, etc. El logro del bienestar es la prueba de la espiritualidad de la persona. La ley de atracción permite al hombre alcanzar en vida la omnipotencia divina y prescindir de un culto sumiso y temeroso para entronizarse a sí mismo como deidad.

– Sobre la reprogramación

A través de los libros de autoayuda y sus listas de normas a seguir para obtener el éxito fácilmente, se vislumbra una forma de pensamiento mágico, en el sentido de vincular un hecho determinado a un efecto sin que exista una verdadera relación causa-efecto entre ellas, como sucede con las supersticiones o, incluso los TOC(5). Las personas “positivas”, para mantener su mente enfocada en lo positivo y obtener lo que desean, deben concentrarse y observar permanentemente sus verbalizaciones y emociones para reprogramarlas mediante frases, visualizaciones y repeticiones que alejen rápidamente cualquier emoción negativa, aunque eso implique alejarse y alejar de sí a las personas que manifiestan emociones no positivas. Esta reprogramación supone, además, un fuerte impedimento al desarrollo de una conciencia propia y resistente a los embates de la vida. Por su parte, la Psicología positiva, aunque incluye también actividades y “ejercicios para la felicidad”, rehúye dar una visión robótica y obsesiva de la auto vigilancia, y convierte dichas actividades en una forma más relajada y sana de observación personal, ya que incluye la reflexión por encima de la auto convicción.

Existen otros muchos elementos a considerar dentro de los problemas que ofrece el enfoque único en el pensamiento positivo como el debilitamiento moral de la sociedad, la egolatría, el aumento del egoísmo disfrazado de autorrealización y la merma de elementos de cohesión social como la solidaridad, la empatía, el respeto, el compromiso y la prioridad del bien común. Para enfrentarse a estos problemas con resolución bastaría, y no es poco, con entender que, la principal idea negativa que hay que esforzarse a toda costa por evitar, es la de la separatividad.

Conclusión

La expansión del pensamiento positivo ha contribuido al desarrollo y enquistamiento de una serie de ideas, de apariencia inocente y vitalista, que ha calado profundamente en millones de personas. Desde su origen detonante en una crisis religiosa, se introdujo fácilmente a través de los entornos corporativos al mundo de las finanzas, y de ahí permeó a todas las capas de la sociedad con mensajes aspiracionales de empoderamiento, riqueza y salud. La idea de que hay que pensar en positivo está muy presente en los mensajes mediáticos y populares, y son aún más potentes en los momentos de fuerte crisis económica, como las que se vivieron en 2008 y en el momento presente a consecuencia de la pandemia de la Covid-19. Es importante diferenciar pensamiento positivo de Psicología positiva ya que, aunque la segunda nació al amparo de la primera, ciertamente existen en ella numerosos profesionales que buscan en esta disciplina elementos científicos que ayuden a las personas a tener una mejor relación con ellas mismas y con su entorno, con un enfoque más centrado en construir el bienestar presente y futuro que en desenterrar los traumas del pasado.

Las ideas que difunde el pensamiento positivo fuerzan a la sociedad a adoptar una actitud conformista y tolerante con los frecuentes abusos de los poderes económicos, por el deseo de formar parte de ello. Con el aparente poder de obtener lo que se desea con sólo pensarlo y su confusión con un poder místico, el seguidor del pensamiento positivo se desvincula peligrosamente de su vacía realidad y opta por seguir los consejos de los gurús de la autoayuda como único e impotente acto de cambiar el mundo en el que vive. Al mismo tiempo le conduce a una actitud egoísta que se enfoca en el logro personal y se distancia del desarrollo de valores humanos como la generosidad, la solidaridad, el respeto y la responsabilidad, tan alejados de nuestra sociopolítica.

Es necesario discernir este optimismo malsano en busca de una felicidad indefinible, como única meta de vida sin saber bien qué es, de una verdadera actitud de desarrollo humano que, cuando menos, sí puede conducir a una alegría interior, aunque la cuenta del banco esté en números rojos.

 

Notas:

– 1 El concepto se refiere inicialmente a la capacidad de los materiales de regresar a su estado original una vez que cesa la perturbación a la que haya sido sometida, como por ejemplo un muelle.

– 2 En los últimos tiempos, los estudios acerca de por qué caen o triunfan las empresas, como los publicados por Jim Collins (Empresas que caen: las cinco fases del declive de las empresas) o Daniel Coyle (El código de la cultura), coinciden en todo con lo expuesto en este artículo por Diane Coutu.

– 3 Un reciente artículo publicado por Investigación y ciencia La alta autoestima pone límites a la empatía, escrito por Christiane Gelitz, redunda en lo poco que empatizan con los demás las personas que se tienen en alta consideración.

– 4 Recientemente, el futbolista Jeremy Wisten, de 17 años, se suicidó tras conocer que su club, el Manchester City no seguiría contando con él. Como apuntaron algunos medios al tratar la noticia, la insistencia en autoexigencia del éxito y de ser continuamente mejor hace que la gente no esté preparada para asumir ningún fracaso.

– 5 Trastorno Obsesivo-Compulsivo.