POR QUE HAY CRISIS DE VALORES

 

JAVIER SAURA

Hoy se habla mucho de crisis o falta de valores en la sociedad, con sus consecuencias de barbarismo de todo tipo: xenofobia, vandalismo, drogas, reyertas y bandas callejeras, alcoholismo, intolerancia de todos los colores, y un largo etc., que nos lleva a un evidente retroceso cultural y civilizatorio.

Con lo que cada Ayuntamiento gasta al año en reponer las papeleras y mobiliario urbano roto, las señales de tráfico y luminosas destrozadas, la retirada de basura y restos de botellones de las calles, limpiar los pipís y cacas de humanos y perros, etc., con todo ese dineral que cada año se tira a la basura por la incivilidad de una parte importante de la población, ¿cuántas cosas buenas y útiles, solidarias y efectivas se podrían hacer?: desde enseñanza gratuita para los niños necesitados, mejorar los centros de acogida de inmigrantes, aumentar los equipamientos de personal y material de los hospitales y ambulatorios, crear puestos fijos de trabajo para ayuda social a ancianos y enfermos, etc.

Como no basta hablar de crisis de valores hay que buscar las soluciones, pero las soluciones no son fruto del invento de un señor. Muy al contrario, las soluciones pasan, necesaria y obligatoriamente, por corregir las causas que han provocado la crisis.

Hay bastante similitud entre filosofía y medicina: las dos buscan ir a la causa de la enfermedad para lograr la salud (del cuerpo la medicina, del alma o armonía interior la filosofía).

En su novela La ceniza y el rayo, el escritor francés Frédérick Tristan narra un viaje interior a través de la caída de la dinastía Ming, en la antigua China. Tras un gran período de esplendor donde la búsqueda de las formas bellas ha sido lo que ha cautivado al emperador T’ien K’i, rodeándose de astrólogos, poetas, filósofos y una gran corte de aduladores, el imperio chino se ve amenazado porque los tártaros del norte lo invaden destruyendo todo a su paso. La caída de Pekín, la capital, parece inevitable… Todos huyen, empezando por los generales del ejército y la corte de aduladores. El emperador queda abandonado de todos y solo acuden a ayudarlo el abad de un monasterio budista con sus monjes guerreros. Dicho abad hace la siguiente reflexión:

“Ciertamente el mundo ha llegado a un punto en el que millares y millares de locos se han lanzado a saquearlo como si en su interior se ocultara un fabuloso tesoro. Todo el mundo se siente unido a su piel como debería estar unido al espíritu, sin que nadie se ocupe del espíritu lo más mínimo porque la gente lo ha confundido con las buenas palabras. Los prestidigitadores charlan y se mueven sin cesar ante un público embabucado, mientras se desliza entre ellos un ladrón que introduce hábilmente la mano en el bolsillo de la camisa de los que están aplaudiendo el espectáculo, y huye llevándoseles el alma debajo de su capa.

La cabeza de los pensadores es altiva y rígida como una chimenea y ha sido fabricada con cáscaras de huevo. Los religiosos divulgan unas leyes que resultan tan vacías como las plegarias con las que se limpian los dientes. Los sabios unen una probeta a otra probeta mientras vagan errantes por esos laberintos por los que hace tiempo se perdieron. En cuanto a los maestros, ¿qué se hizo de ellos? Desaparecieron, y a nadie le importa. La gente se ríe de los santos e insulta a los héroes. El camino recto ya no existe: ahora hay millares de retorcidos senderos por los que cada uno pretende moverse a su antojo dando traspiés. Los filósofos han sustituido el conocimiento por el absurdo, la calidad por la cantidad. Buscan afanosamente significados allí donde siempre había residido el sentido común. El vacío resuena y pronuncia sus discursos en la gran asamblea el desierto. El emperador reina sobre el olvido. ¿Quién será el que intente recuperar la memoria?”.

El profesor Livraga, hombre práctico y con mucho mundo a sus espaldas, enseñaba que cuando una cosa deja libre el espacio que ocupaba, inmediatamente su espacio es ocupado por otra cosa que no necesariamente ha de ser mejor que la anterior. Y a mi entender esto es lo que nos ha sucedido: hemos sacado tantas cosas de nuestra vida que hemos perdido las cosas realmente importantes, quedándonos con lo mediocre y egoísta.

Si el amable lector ha leído el extracto del libro con tranquilidad, verá cuánta razón hay en lo que se dice. Para simplificarlo: se pierde el sentido común y la capacidad de ver en el fondo de las cosas, y en su lugar están los vendedores de humo: hermosas palabras y bellas formas, pero huecas y vacías. Es el triunfo del aparentar sobre el ser, que se refleja en un vacío interior y caos exterior.

¡Vayamos, entonces, al reencuentro de aquellos valores universales y atemporales que sirvieron para llevar a la Humanidad al progreso y a la civilización! Apartemos a los vendedores de humo y sus palabras bonitas pero vacías y pasemos a la acción a través del sentido. Recordemos la vieja enseñanza filosófica que dice que “no hay enseñanza superior a la del ejemplo”. ¿Quieres un mundo mejor? ¡Pues empieza por ser mejor tú mismo!