Un abismo que se abre en las profundidades de la Tierra pero del cual mana el agua, tesoro de la vida.

El lugar donde se abre un pozo, esté tapado o no, es siempre un lugar que impone respeto, al margen de la profundidad que tenga. Ya sea por miedo del que se aproxima, ya sea por “algo” que envuelve el paraje. Ese algo podría estar relacionado con el culto que en la antigüedad existía hacia los espíritus con propiedades curativas de los pozos y arroyos y que, sobre todo en Europa, con la llegada de la Edad Media, pasaron a estar bajo la protección de los santos cristianos.

Pero tampoco antaño el uso de los pozos se restringió al abastecimiento de agua, ya que, como vemos reflejado en diferentes símbolos, en las grandes culturas era utilizado como un elemento de Iniciación.

Un poco de historia

En sánscrito, el pozo se denomina pûy, put, pantas, que vienen a significar profundidad o abismo.

El proceso de construcción de un pozo en tiempos antiguos puede seguirse a través de la narración de Marco Lucio Vitrubio. Según el autor romano, habrá que examinar con diligencia y habilidad el terreno donde se pretende ahondar, porque la tierra tiene en sí muy variadas clases de terrenos; como todo, la consideran compuesta de cuatro principios que encierran diferentes sustancias. Además de la misma tierra, el agua y el aire, contiene el fuego, de donde nacen el azufre, el alumbre (una especie de sal) y el betún (brea, alquitrán). Pero dejemos que sea él el que nos exponga algunos aspectos:

«El aire de poderosísimas corrientes que circulan a través de los canales porosos de la tierra y que en ocasiones son malsanas, si llegan hasta donde se está efectuando la excavación de un pozo y encuentran allí a los poceros, una especie de vapor natural intercepta su respiración y mueren asfixiados. Para precaverse contra este peligro, bajar allí un candil encendido y si no se apaga, se podrá descender sin riesgo; si por el contrario se apaga, abrir a ambos lados del pozo canales por los que saldrán los vapores. Hecho esto y si se ha encontrado agua con éxito, se hará preciso levantar las paredes del pozo, pero de manera que no obturen las venas del manantial».

En los desiertos se encuentran pozos que datan de los más desconocidos y remotos tiempos del pasado; los pastores nómadas acuden con sus rebaños a beber de ellos, pues el agua sigue siendo buena, exceptuando algunos casos en los que fluye salada.

El desierto del Sahara constituye un buen ejemplo; en las sendas que frecuentan camelleros y demás habitantes de las dunas, comúnmente de tipo nómada, regularmente se encuentran pozos, algunos de los cuales sobrepasan la profundidad de los cien metros.

Lo que no se comprende es cómo con las herramientas que se han encontrado, de tipo pétreo, hechas a partir de concreciones de metal de pedernal (una variedad del cuarzo), muchas de ellas datadas en dos mil años de antigüedad (lo que daría a los pozos esta misma edad), se hayan realizado tales excavaciones.

Existe un gremio especial de poceros en el Sahara dedicados a hacer lo que se conocen como pozos artesianos, que son los que llegan hasta donde se halla el agua cautiva, haciéndola ascender hasta la superficie y brotar con un potente caudal. El diámetro de estos pozos es muy reducido, ocho o diez centímetros, y su función se podría comparar con los géiseres naturales.

Tenemos también dos bellos ejemplos de pozos artesianos en París y en Londres; cerca del Sena se construyó un pozo artesiano que alcanzó la profundidad de 580 metros, y el agua cautiva ascendió con tanta potencia que llegó a alcanzar los 77 metros de altura sobre el nivel del mar.

En Londres, hace aproximadamente un siglo, el agua artesiana brotaba alegremente en muchos parques y plazas de la gran ciudad, pero su uso generalizado hizo que el nivel de esta agua fuese mínimo, por lo que en la actualidad se utilizan bombas para hacerla subir.

Simbolismo del pozo

Comentábamos al principio que lo abismal tiene para nosotros mucho de lóbrego; sin embargo, para el I Ching, un pozo destapado y lleno de agua es símbolo de sinceridad, rectitud y felicidad.

En las diferentes tradiciones de todos los pueblos aparece la imagen del pozo del conocimiento y la verdad (ésta se halla en el fondo del pozo). En el cuento de Mario Roso de Luna El tesoro escondido, se hace referencia al poder que ostentaban los hombres en la Edad de Oro, cuando los dioses, envidiosos de tal fuerza, hicieron que nos viéramos despojados de ella. Pero los seres humanos, como señala el autor, son rebeldes de nacimiento, y los dioses se dieron cuenta de que algún día la Humanidad recuperaría lo que le fue arrebatado.

Tras mucho cavilar y desechar a su vez numerosas posibilidades, el Consejo de los dioses decidió que el tesoro que da la felicidad fuera ocultado en el propio corazón del hombre, dada la tendencia que tiene el ser humano a buscarlo todo fuera, olvidando su mundo interior.

De alguna manera el corazón está representado por ese pozo al que el hombre tiene miedo de asomarse, tal vez porque en él verá lo oscuro de sus actos y la profundidad de sus responsabilidades…

En realidad, podría decirse que el hombre es el pozo mismo. Como expresa el poeta Víctor Hugo: Cosa inaudita, ha de mirarse dentro de él lo de fuera. El profundo espejo oscuro está dentro del hombre, allí está el claroscuro terrible…

Asomándonos a ese pozo, percibimos allí, a una distancia de abismo, en un círculo estrecho, el mundo inmenso…

El pozo de los deseos. Toledo

Una de las maneras que tiene la tradición budista de describir al hombre que se halla anquilosado en la materia, es imaginarlo en el fondo de un pozo. La posibilidad de salir, de ser libre, es la Iluminación. Los que acuden a salvar al hombre infeliz, colocan una escalera entre el fondo del pozo y su boca superior, que es el Dharma. El Karma reside en no desviarse de la escalera, en tratar de ascender dignamente para no volver al fondo del pozo. Conseguir salir del pozo es ser un Iluminado, un Buddha, estar fuera del bosque, libre del Samsara, próximo al Nirvana.

En la mitología nórdica, Odín consiguió el conocimiento de los sucesos pasados y futuros bebiendo de la fuente o del pozo de Mimir, que se hallaba bajo una de las raíces de un gran fresno, aunque antes tuvo que dejar un ojo en prenda.

Mimir es un sabio, y el ojo que deja Odín en prenda representa de alguna manera la responsabilidad que recae sobre el que adquiere más saber.

En el juego de la oca, que se dice fue rescatado por los templarios de un oscuro origen aún más antiguo, tanto el pozo como la cárcel representan la caída y el encierro, respectivamente, en lo material, en la falsa creencia de que sólo lo tangible y concreto es real.

En la Biblia se nos da a entender que el pozo tiene sentido femenino, ya que Isaac encontró a Rebeca junto a un pozo y se casó con ella.

Además, el desierto es el mundo infecundo, que representa a su vez las letras y ritos muertos, helados en sentido moral. El pozo está en el hombre, pero el agua no fluye. Cuando el hombre se une con la presencia divina, el agua brota del pozo, del rigor del desierto, y el hombre encuentra a su esposa.

El pozo en lo iniciático

En las sociedades iniciáticas, el pozo es símbolo de secreto conocimiento, y su borde es enigma, profundidad y silencio.

En las proximidades de Siracusa, provincia de Italia, existen restos de un pozo iniciático donde se ven unas escaleras que se pierden en la negrura. Por allí descendía lentamente el candidato. Unas manos aparecían a través de unos agujeros en las paredes y pretendían que el aspirante se abismase en la oscuridad… donde unas redes le esperaban, pues lógicamente no se trataba de que muriese, sino de que enfrentase su miedo a la muerte.

También en Egipto y en América aparece el pozo como prueba para que el neófito enfrentase sus propios miedos e hiciera crecer el valor en él.

En Escocia existe un curioso juego infantil en que uno de los jugadores es llamado “el brujo del pozo”, y persiste la creencia en viejísimos pozos que contienen fabulosos tesoros bajo el tutelaje de espíritus muy poderosos.

Sea cual sea la tradición que elijamos, el hombre o la mujer ideal se representan como un pozo del cual mana con alegría el agua que nos brinda la tierra.

 

Bibliografía

Diccionario de símbolos, Jean Chevalier, Editorial Herder.

Los diez libros de Arquitectura, Vitrubio.

Glosario teosófico, Helena P. Blavatsky, Ed. Kier.

 

Foto superior, subida por: AGUA DE LLUVIA de Carlos del Álamo