De Alonso Quijano a Don Quijote, el Caballero de la Triste Figura es más que un personaje literario de la novela caballeresca del s. XVI. Su simbolismo refleja un perfecto retrato del ser humano de todos los tiempos. La genial obra de Cervantes es el libro más real y el más idealista, el más alegre y el más triste de cuantos se han escrito.

Es evidente que hacer un trabajo sobre la magistral obra de Cervantes no puede resultar novedoso, teniendo en cuenta que desde hace ya siglos se vienen sucediendo, uno tras otro, estudios en torno a la misma. De esta forma han surgido tantas interpretaciones como eruditos se han visto prendados por tan admirable figura. Éste se preocupa de aspectos literarios, aquél de los giros lingüísticos, otro busca paralelismos históricos… y lo bueno es que todos aportan -sin duda alguna- un significado válido, particular y diferente para las distintas situaciones por las que atraviesan los protagonistas de la novela.

Conscientes, por tanto, de que cualquier cosa que podamos decir aquí, tal vez alguien ya lo haya señalado y comentado, no por eso dejaremos que nuestros pensamientos y reflexiones se ahoguen en el pozo del olvido; trataremos, en cambio, de reunirlos de la mejor forma que las musas lo permitan y plasmarlos en papel, con la esperanza de que, tal vez, puedan llegar a ser de utilidad para quien los leyere.

Universalidad del símbolo

Hace casi 90 años, Miguel de Unamuno -apasionado lector del Quijote- aseguraba que pese a su amplia popularidad era en España donde menos y peor se leía, cuando, según él, dicho libro debería ser una especie de Biblia nacional a la que recurrir con frecuencia. Y a nuestro entender, tanto acertó en lo primero como en lo segundo.

No obstante, de lo que no cabe duda es que esta novela, de fama universal, ha sido traducida y leída en todo el mundo. Pero que tan disparatada historia haya entusiasmado y hecho reír a gentes de todos los países es, entre otras cosas, porque su contendido no se encierra en un determinado momento ni lugar, ni se circunscribe a un grupo social determinado, sino que abarca, por así decirlo, al género humano. Don Quijote es, por tanto, un símbolo; es la representación física de algo que no vemos, de un mundo invisible pero real. Al respecto dice Goethe: El simbolismo convierte el fenómeno en idea y la idea en imagen, de tal suerte, que la idea permanece siempre infinitamente activa e inasequible en la imagen y expresada incluso en todas las lenguas resulta, sin embargo, inefable.

Es evidente que la forma en que se desarrolla la acción, mediante imágenes descriptivas de fácil recuerdo (los molinos, la venta, los galeotes… etc.), unidas a un fino sentido del humor, ha logrado que determinadas enseñanzas hayan perdurado a través del tiempo y del espacio. De esta forma se nos presenta bajo un lenguaje simbólico, bajo una apariencia física que no tiene otro objeto que descubrir, a los ojos de los que quiere ver, las verdades ocultas en su esencia moral.

Este método de transmisión ha sido empleado profusamente por numerosos autores que quisieron dar cabida en sus obras al pesado bagaje de verdades esotéricas transmitidas a través de las edades. Según palabras del enigmático Fulcanelli, así es como debemos juzgar a los artesanos maravillosos de los poemas de caballería, cantares de gesta, etc. pertenecientes al ciclo de la Tabla Redonda y del Graal; las obras de François Rabelais y de Cyrano de Bergerac; el Quijote de Cervantes…

Antecedentes literarios

Y ya que hemos hablado de François Rabelais, aprovecharemos para señalar que en el prólogo a su Gargantúa advierte que dicho libro -al igual que dice Alcibíades de Sócrates en El Banquete platónico- se parece a una silena: esas cajitas decoradas con figuras jocosas y frívolas, en las que sin embargo se guardaban las cosas de gran valor. Por eso hay que abrir el libro y pesar cuidadosamente lo que del mismo se deduce. Entonces sabréis que la droga que guarda en su interior tiene un valor muy distinto del que prometía la caja; es decir que las materias de que aquí se trata no son tan jocosas como sugería el título. Y en el supuesto de que, en su estilo literal, hallarais materias festivas a tono con el título, no debéis, sin embargo, deteneros en ello, como quien está oyendo el canto de las sirenas, sino que hay que interpretar en el más alto sentido lo que está dicho de modo aparentemente casual y regocijante.

Tras esta advertencia sigue una recomendación, citando nuevamente a Platón; y es que con tales libros, debemos actuar como ese perro, el animal más filósofo del mundo, (República, libro II), que tantos trabajos se toma por sacar del hueso una pequeña cantidad de tuétano. Y nos incita: …quebrad el hueso y chupad la sustanciosa médula, -es decir lo que yo entiendo por esos símbolos pitagóricos- con la esperanza cierta de llegar a ser esforzados y prudentes bajo el influjo de la lectura, porque en ella hallaréis otro sabor y una doctrina oculta, que os revelará muy altos sacramentos y dorados misterios, tanto en lo que atañe a nuestra religión, como en lo referente al estado político y a la vida económica.

Las palabras de Rabelais, aplicándolas al Quijote, serían absolutamente válidas, de tal forma que, las graciosas aventuras habría que interpretarlas debidamente para descubrir su verdadero sentido, y de esta forma tener la posibilidad de chupar el tuétano.

Ya desde el prólogo, Cervantes hace ruido para los que están alerta, y empieza por citar a los clásicos, los Maestros. Desde los Comentarios de César hasta Plutarco, pasando por Ovidio, Virgilio y Homero. Le sigue una extraña serie de poemas, dos de ellos incompletos, carentes de final, de rima, que obligan a que el lector adopte una forma activa y sea él quien deba dar sentido al texto. Todo esto, unido a las extrañas aventuras de sus protagonistas, nos hace pensar que el contenido de la obra sea de tipo simbólico, adoptándose tal método posiblemente para evitar «riesgos», pues la época de su aparición no podemos considerarla precisamente como ecléctica ni como tolerante.

Antecedentes caballerescos

Pero permítasenos llamar la atención sobre cierto paralelismo un tanto curioso. En el capítulo IX, Cervantes cuenta que en Toledo encontró unos cartapacios escritos en caracteres arábigos, que aunque los conocía no los sabía leer.

Tras conseguir un traductor conoció que era la continuación de las aventuras del hidalgo manchego, escritas por… Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

Hasta aquí nada que llame nuestra atención. Pero ahora saltemos a una de las principales obras de la literatura caballeresca, por lo menos cuatro siglos anteriores al Quijote, que sabiamente Cervantes evita citar en el escrutinio de los libros que Cura y Barbero realizan en la biblioteca exotérica de Don Quijote. Hablamos del Parsifal, de Wolfran Von Eschenbach, obra que relaciona la búsqueda del Graal, los templarios y el Rey del Mundo. En ella leemos:

Kyot, el Maestro bien conocido, encontró en Toledo, entre unos manuscritos abandonados, la materia de esta aventura, consignada en lengua arábiga. Fue preciso que aprendiese primero a distinguir los caracteres a, b, c (pero él no trató en absoluto de iniciarse en la magia negra). Fue muy ventajoso para él haber recibido el bautismo, pues de lo contrario esta historia habría quedado ignorada, ya que no existe pagano tan sabio como para revelarnos la naturaleza del Graal y sus virtudes secretas.

La relación resulta sorprendente, pero aún puede llegar a serlo más. Sin ánimo de caer en forzados malabarismos lingüísticos, vamos a descomponer fonéticamente el nombre de ese extraño Maestro del que habla Von Eschenbach: ki-yo-t; o lo que es igual ki-io-te, es decir, nuestro Quijote. Comprendemos ahora ese extraño deseo de Cervantes, pleno de humildad, de no atribuirse la autoría de tan famosa historia: «aunque parezco padre, soy padrastro de Don Quijote».

¿Habremos de considerar la historia del Ingenioso Hidalgo continuadora de ciertas tradiciones de carácter esotérico, unidas al misterio templario, al Graal y al Rey del Mundo? ¿Será cierta entonces la vinculación de Cervantes con determinada sociedad secreta de su época?

Alonso Quijano emprende la aventura

Por razones de espacio, limitaremos nuestro estudio del esoterismo quijotesco a unos pocos episodios, con el deseo de que sirvan estos para despertar en el lector el afán de investigación y adentrarse, paulatinamente, en tan provechosa historia. El primero de ellos, es sin lugar a duda, la llamada de Destino; ese detonante que pone en acción la carga íntima del héroe, hasta entonces latente e inactiva.

Para Alonso Quijano, la vida discurría sin grandes preocupaciones. Tenía todo lo que necesitaba y podía permitirse el lujo de emplear su tiempo en cazar y leer. Pero hubo algo lo suficientemente poderoso como para hacerle salir de su casa, pasar hambre, frío y mil penalidades más: el Destino llamó a su puerta.

Como a tantos y tantos hombres, en un sólo día cambió para siempre su vida. Dejó tras de sí todo lo que poseía, recogiendo solamente aquellas viejas armas de sus antepasados, y lanzándose a recorrer su mundo con afán de gloria, hazañas e inmortalidad, a la manera en que lo hacían todos los hidalgos de su tiempo, al enrolarse en los Tercios de Infantería que surcaban los caminos de Europa, con la misma fiereza y arrogancia que tiempo atrás lo hicieran las legiones de Roma.

Mas el caballero no buscará tierras extranjeras, sino que su propia patria le será más que suficiente para alcanzar la gloria eterna. Es decir, que es en sí mismo donde debe librar los más penosos combates, las más sangrientas y dolorosas batallas. Por ello el héroe, para serlo, debe recorrer conscientemente el espinoso calvario de las pruebas que se interponen a su paso, desde el primer instante en que decide aspirar a su heroicidad. Y aquí entramos en otro episodio no menos esotérico: la incomprensión.

La locura, sinónimo de incomprensión

Sus más cercanos parientes, sus más íntimos amigos, son precisamente quienes peor llegan a comprender su actitud. A sus ojos se presenta como un repentino loco, a quien a toda costa hay que volver a su estado anterior, aunque para ello sea preciso destruir las pertenencias de aquél a quien se pretende ayudar. Y claro ejemplo de este acto de incomprensión lo tenemos en el donoso y grande escrutinio que Cura y Barbero hicieron en la librería de Don Alonso Quijano. Cervantes relaciona este episodio con la “muerte de los inocentes ¿Por qué? Porque sencillamente, aquellos libros a los que se les atribuía ser la causa de la locura de Don Quijote eran sobradamente conocidos tanto por el Cura como por el Barbero; algunos de los cuales no sólo los habían leído también, sino que los poseían en sus bibliotecas particulares.

Pero aquí es inevitable tocar un tema clave. Si bien el Cura conocía casi todos los libros del hidalgo, la lectura que de ellos había hecho no era en absoluto similar a la de Don Alonso. Pues mientras el primero se sirvió de ellos como simples novelas, sin otorgarles más valor que el del puro entretenimiento, el segundo recorrió sus páginas saboreando el oculto licor, y viviendo en la imaginación sus alegóricas enseñanzas. Pero esto también es explicable, pues mientras el Cura está “lleno” de su ciencia y tiene su ideología sólidamente asentada, Don Quijote se halla en situación de recibir “instrucción”, pues dispone de un lugar en el que darle cabida. En palabras de un sabio Maestro:

Un hombre no puede pensar sino conforme a sus trillados surcos, y a menos que tenga el valor de rellenarlos y abrir nuevos surcos, se verá obligado a recorrer los antiguos.

Por no extendernos más en este punto de la incomprensión, -pues el ejemplo del Ama y de la Sobrina da para mucho- resumiremos diciendo que, en todos los casos, la llamada del Destino viene seguida, ineluctablemente, de la incomprensión de aquellos que, aunque aseguran que es por bien del héroe, lo que pretenden es impedir su natural desarrollo. Cual nuevo Arjuna en la llanura de Kurushetra, Don Quijote deberá luchar contra sus amigos y parientes si desea aspirar a cumplir sus sueños.

Sancho, la contraparte de El Quijote

Una vez superado este primer escollo de la incomprensión, tenemos ya a nuestro héroe en camino, en busca de sí mismo. El autor lo pone en compañía de un escudero -Sancho- a quien debemos considerar también como protagonista de este relato, si tenemos en cuenta que, al decir de Cicerón … el alma tiene dos facultades, dos fuerzas que la mueven: el apetito, que los griegos llaman “orme”, que arrastra al hombre y le lleva de objeto en objeto sin norma fija, y la razón, que es la luz de la vida y el guía que nos va mostrando lo que debemos hacer y lo que debemos rehuir, y nos explica el porqué. De donde se infiere que la razón manda y el apetito obedece.

De esta forma debemos entender a Sancho, como la contraparte de su señor, el cual simbolizaría a la tríada o parte inmortal del hombre y el escudero representaría al cuaternario o efímera personalidad.

Traemos aquí unas muy apropiadas palabras de Sócrates, en El Fedón, que explican por sí mismas el porqué de la relación entre Quijote y Sancho: ¿O no te parece que lo divino es lo que está naturalmente capacitado para mandar y ejercer de guía, mientras que lo mortal lo está para ser guiado y hacer de siervo?

Por esta razón, Sancho Panza se identifica durante toda la historia con las necesidades, pasiones, instintos, vicios y defectos entre los cuales solemos naufragar los humanos en la cotidiana existencia. Su mismo apellido evoca la prosaica materia grasienta del estómago, atributo generalmente de los grandes comedores. Sancho se queja del mínimo dolor; no sólo tiene miedo, sino que además el miedo le domina. Quiere la comodidad; que no le falte de comer y de beber, cuestiones éstas que antepone a cualquier otra. Gusta poco del esfuerzo y del trabajo, siendo por el contrario gran aficionado al reposo y al dormir. Sueña con el poder y la riqueza, pero teme a la enfermedad y a la muerte.

En cambio, Alonso, de quien aprovechamos para señalar la curiosa relación de su apellido Quijano, con la palabra griega Kigxano, que significa alcanzar, conseguir, encontrar, resulta ser todo lo contrario. Ante esta diferencia entre ambos es lógico y comprensible que, donde Sancho y todos los que a él se parecen, ven molinos, el caballero del espíritu vea gigantes. No son iguales las metas; no son iguales los medios. Don Quijote usa y dispone de espada, pero Sancho no tiene más arma que alguna piedra o estaca. El caballero obedece a los dictados de la voluntad mientras que su escudero es manejado por los impulsos pasionales. Este piensa que su señor acomete contra aspas y muros; pero el hidalgo sabe bien que…hay que matar en los gigantes a la soberbia.

Parece representar el Ego encarnado que tiene claro lo que quiere y lo que debe hacer; de infinita voluntad, si bien a la hora de plasmarla en el plano físico, éste le sea tan hostil que le resulte difícil y acabe siendo considerado como un loco. Su meta no es física, no es ser rico ni poderoso, sino alcanzar la virtud, que bien sabe a costa de cuántos sufrimientos se logra su exótico aroma. De ahí esa complementariedad entre ambos, identificándose aquél con lo terrestre y mundano y éste con lo moral, virtuoso, divino. El hecho de mantener tan estrecha relación, fundamentalmente bajo la voluntariosa disciplina del caballero, es la razón por la que Sancho refina su vulgaridad y aprende, -siempre con el ejemplo de su señor- lo que tantas veces éste le ha explicado.

De Alonso Quijano a Caballero

Una cuestión en la que quisiéramos hacer hincapié es en la del simbolismo de los nombres. Vemos cómo ese Ego-Caballero cambia de nombre, en función de las pruebas que supera:

1º De Alonso Quijano el Bueno, a Don Quijote de la Mancha.

2º De Don Quijote de la Mancha, al Caballero de la Triste Figura.

3º De este último al Caballero de los Leones.

Observando este proceso que se da en Don Quijote notaremos que primeramente es un hombre corriente (Alonso Quijano) con la peculiaridad -no pequeña- de ser Bueno. A continuación, asciende al grado de Don, que como solía decirse, es propio de aquellos que tienen el Bachiller, es decir, Alonso Quijano es poseedor de una serie de conocimientos de tipo intelectual. Después, en cuanto se lanza a la vida, y pone (o trata de poner) en práctica lo aprendido en sus lecturas, logra el deseado y difícil título de caballero, aunque aún sea Triste Su Figura; no sea perfecta. Finalmente alcanza su máximo esplendor en la inexistente lucha con el león que, cual morador del umbral, antecede a la misteriosa aventura del descenso a la cueva iniciática de Montesinos y a las alquímicas bodas de Camacho el Rico.

Este proceso de cambio de nombres no sucede con Sancho, que aunque las ilusiones de la vida lo elevan al cargo de Gobernador de la ínsula Barataria, Sancho continúa siendo.

Y para reforzar nuestra sospecha sobre la importancia del nombre, no olvidaremos que Don Quijote tardó cuatro días en elegir un nombre para su caballo y aún el doble respecto de sí mismo. Y señala el autor el premeditado simbolismo al asegurar que tal nombre parecíale al hidalgo…músico, peregrino y significativo, como todos los demás que se había puesto.

La Cueva: un símbolo iniciático

En el capítulo XXII de la segunda parte, nos encontramos con uno de los episodios de más clara interpretación simbólica; hablamos de la cueva de Montesinos, -léase Monte del Sino- relacionada profundamente con la vía interna que sigue nuestro héroe, tal como señala su título: …que está en el corazón de la Mancha…

Sin entrar, por ejemplo, en lo que diría Platón respecto a la Caverna, es evidente que este tipo de cavidades naturales están muy vinculadas a ritos de iniciación desde épocas que hoy denominamos prehistóricas.

Tenemos pues al hidalgo manchego, dispuesto a introducirse por la boca de la cueva, que pese a ser «espaciosa y ancha» está sin embargo llena de cambroneras y cabrahigos, de zarzas y de malezas, tan espesas e intrincadas que de todo en todo la ciegan y encubren. Y aquí ya podemos reconocer la enseñanza: la boca es ancha y espaciosa, capaz de acoger a quien esté dispuesto a cruzarla siempre que, en primer lugar, sea capaz de -con su propio esfuerzo- despejar de maleza, superficialidades y oscuras lacras de la personalidad, el camino. Eso, y no otra cosa, es lo que hace Don Quijote con su espada al abrirse camino entre las zarzas.

Otro dato interesante lo proporciona el guía que acompaña a Don Quijote y a Sancho hasta la cueva, cuando le dice al primero que mire bien y especule con cien ojos lo que hay allá dentro; quizás habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones. Y es que, siguiendo con la interpretación simbólica, las pruebas iniciáticas pretenden transformar, o mejor dicho, transmutar al aspirante a los Misterios.

En la cueva, el caballero se encuentra con un precioso palacio de cristal del que salía un anciano de larga y blanca barba. Ve a otros personajes, como por ejemplo a Durandarte, que se halla encantado por el mago Merlín; curiosamente, la forma de deshacer el encanto es por medio de la caballería andante, y como Don Quijote la ha resucitado de su olvido, confían en que pueda ser él quien los libere de semejante estado. También ve a Dulcinea, en forma de labradora, quien a través de una de sus acompañantes le saluda y le pide, por hallarse en gran necesidad, media docena de reales.

Pero ¿cuáles son las primeras palabras de Don Quijote al salir de la cueva y ser reanimado por sus compañeros? Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. El caballero, al quedar dormido ha penetrado en otro plano distinto del físico, en el cual ha vivido tres días con sus noches, aunque Sancho le asegure que no ha estado sino poco más de una hora en la cueva; en ese tiempo ha descubierto…que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo. Bellas palabras que nos invitan a reflexionar sobre nuestro paso transitorio por el mundo… Y ahora, sabe ya con seguridad que la muerte no existe, pues viene del otro mundo, y en él ha podido hablar con los muertos.

La muerte, un regreso a casa

Y ya que hablamos de la muerte, también el héroe manchego cumple con los ciclos naturales y debe despojarse de su envoltura terrena. Cervantes fue claro de por sí al identificar el retorno de Don Quijote a su aldea con el acto de morir; y es que, en verdad, al morir volvemos a nuestra verdadera casa, de la que en algún momento salimos en busca de aventuras, de experiencias y de enseñanzas. Y, pese a lo que pueda parecer en una lectura superficial de los últimos capítulos, el caballero vuelve triunfante, porque como dice su escudero al llegar a la aldea: Abre los brazos, y recibe también a tu hijo Don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que según él me ha dicho es el mayor vencimiento que desear se puede.

Así es; el peregrino, el caballero, tras recorrer el espiralado sendero de la vida, ha logrado vencerse a sí mismo; porque fue generoso, valiente, fiel y leal; defensor de causas justas y siempre difíciles; porque nunca mostró apego por las riquezas y siempre tuvo presto su brazo para socorrer a damas y menesterosos. Fue más que un hombre bueno; fue una encarnación de la virtud. Ya nada le liga a la Tierra, y por ello puede su cuerpo disgregarse y liberar los numerosos componentes que lo forman.

No le será difícil al lector atento descubrir que quien en realidad muere, no es el caballero; no es Don Quijote, sino Alonso Quijano. Muere el hombre; no el idealista;…pues ya en los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño. Vivió loco y murió cuerdo, dijo el Cura con desdén, quien pese a ser Bachiller tan afamado, entró en la Historia gracias a las hazañas ajenas y no por méritos propios.

Se habrá advertido la ausencia en nuestro breve trabajo de un elemento básico e imprescindible para la comprensión del simbolismo quijotesco y que dejamos para otra ocasión. Este personaje es Dulcinea, la dama por excelencia; motor inmóvil, luz en el sendero y agua de vida que alimenta el alma caballeresca del héroe. Es la estrella que le indica el rumbo, que direcciona los pasos del buscador de sí mismo, del caballero andante. Ella es la esencia inmortal de la Caballería, con mil nombres y atributos, pero viva, siempre viva.

Como un mecanismo natural, ante el predominio del mal y la iniquidad, surge a través del tiempo y del espacio la Caballería Andante como freno y dique para tales desajustes. Don Quijote fue uno de estos caballeros, -ni el último ni el primero- que supo cumplir su misión con eficacia y ejemplaridad.

Nuestro tiempo se presenta propicio para vivirlo con ese idealismo quijotesco; si Alonso Quijano no se hubiera vuelto loco hasta convertirse en Don Quijote, hubiera sido un hombre normal, uno más entre los innumerables millones de seres que la Historia ha devorado. Por tanto, y puesto que la muerte no diferencia entre cuerdos y locos, vivamos -que en definitiva es lo que importa- con quijotesca locura, siempre que ésta pueda contribuir a hacer un mundo mejor.

Letanía de Nuestro Señor Don Quijote

Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

¡Caballero errante de los caballeros,
varón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!
¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel Pro nobis ora, gran señor.

¡Tiembla la floresta de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hamlet te ofrece una flor!
Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias, de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, Señor!

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, Señor!

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos,
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

¡Ora por nosotros, señor de los tristes
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión!
¡que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!

Rubén Darío

Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas (1905)

Incluido en Poesía. Rubén Darío. Introducción y selección de Jorge Campos. Alianza Editorial. Madrid. El Libro de Bolsillo. Nº 666. Y en Rubén Darío y una sed de ilusiones infinita. Rubén Darío. Edición de Alberto Acereda. Poesía – 117. Editorial Lumen. Barcelona, 2000.