Es difícil explicar en qué consiste la religión shinto o sintoísmo, pues carece de doctrina oficial, dogmas o preceptos morales. Carece también de un fundador, un santo o un sabio que la haya conformado. Sin embargo, aunque las creencias son muy vagas, los ritos son muy exactos e imperativos.

El nombre de shinto fue dado en el siglo VI d. C., para diferenciar el budismo, Butsu-do, “el camino de Buda”, frente al shinto, “el camino de los dioses”, cuando monjes procedentes de Corea y China introdujeron en Japón el budismo de India.

Nueva Acrópolis - ShintoSe puede decir que el shinto consiste en la creencia en una multitud de espíritus naturales, aquellos que residen en oscuras arboledas, en las cimas de las montañas, cerca de los nacimientos de los ríos, en los alrededores de las rocas con extravagantes formas.

Para el shinto, las plantas, las rocas, los animales tienen un alma igual a la que habita en nosotros; no debemos entenderlo como animismo, sino como una comprensión del sentido de la unidad de la vida. La rama retorcida de un pino, una cueva en la roca, un insecto, una piedra pueden convertirse en un kami, es decir, en divinos.

Kami es una vitalidad peculiar de todo lo que habita en la Naturaleza.

Kami quiere decir, literalmente, los seres situados más arriba. Todo, un animal, una planta, una montaña tiene un kami. Toda cosa natural, un hombre, un volcán, un cerezo, tiene en diferentes grados de intensidad un kami, un espíritu. El kami de una montaña puede ser un dios; también puede ser el protector de los que viven cerca de la montaña.

Los únicos preceptos del shinto se pueden resumir en “actuar según los genuinos impulsos del corazón” y en la obediencia al emperador. La lealtad y la piedad filial son influencias posteriores del confucionismo y del budismo.

Todo es una manifestación del poder divino. Los animales, las plantas reciben la vida de los kami al igual que el hombre y en el mismo grado. El soplo de los kami es esencial para el nacimiento de todas las cosas. Cada cosa posee un soplo divino, un alma individual dada por los kami.

Todas las cosas y todos los seres visibles o invisibles son, por consiguiente, dignos de respeto; más aún, de veneración. Los dioses shinto son raramente representados, puesto que, como espíritus de la Naturaleza, no es posible trasladarlos a formas humanas.

Junto a esta creencia en los espíritus de la Naturaleza, existe una tradición de leyendas, recopiladas en el Ko-Ji-Ki (712 d. C.) que resumiremos al final. Allí se narra el ciclo de Izanagi e Izanami, creadores de las islas del Japón y de los ocho millones de dioses, el ciclo de Amaterasu –el Sol– y Suzanoo –la tempestad–, el ciclo de O Kuni Nushi –la fecundidad– y el de Ninigi, nieto de Amaterasu y padre del primer emperador del Japón, entronizado en el 660 a. C.

El hombre debe vivir de acuerdo con una ética conforme con el camino de los dioses. Este camino está trazado en el interior del hombre como resultado de su sentido innato del bien y de la justicia, que posee de forma natural por descender de los kami celestiales.

Todo lo que existe es naturalmente bueno, ya que procede de lo divino. El hombre sólo puede ser malo por causa de las condiciones de su existencia.

Las infracciones a lo exigido por la vía de los kami son solo errores, y no pecados. Los errores requieren, por tanto, purificaciones. Un espejo no reflejará la luz si está sucio. Los malos actos son manchas que caen en el espejo de nuestra alma, y necesita, por lo tanto, limpieza para que vuelva a su pureza natural.

Podemos hablar de tres tipos de purificación: por ablución con agua, por exorcismo y por privación.

El efecto espiritual de la purificación consiste en refrenar las inclinaciones del cuerpo para preparar el apaciguamiento del alma.

Las purificaciones más comunes consisten en el baño frío en una corriente de agua o en el mar, como hizo Izanagi tras visitar el país de los muertos. También son comunes los ayunos o regímenes alimenticios severos o la privación de dormir, que tienden a evitar el calentamiento del cuerpo y, por lo tanto, de las pasiones.

La vía de los kami exige, en primer lugar, lealtad (makoto), es decir, contacto con los kami cuya presencia sentimos en nosotros. La vida en armonía con la Naturaleza nos llena de felicidad sin fin. Este sentimiento produce una actitud benevolente y fiel para nuestros semejantes, un sentido de generosidad, de paz y de cortesía libre de hipocresía, lo cual explica la cortesía y la obsequiosidad japonesa.

En segundo lugar, esta ética exige la rectitud en los actos y, por consiguiente, la honestidad, la corrección y la justicia. El camino de los kami exige del individuo una devoción a los dioses y a los hombres, lo que implica amor filial, tolerancia y respeto a un semejante.

El emperador es el símbolo del pueblo japonés, el centro de su vida religiosa. Es un objeto suprarreligioso. El Japón sin el emperador no es Japón.

Sería imposible sentirse satisfechos del propio país, de la vida, sin pensar al mismo tiempo que estos beneficios le han sido otorgados a uno. La persona con quien uno está endeudado, en última instancia, es el emperador.

No existe culto a los antepasados remotos, como en China, sino solo a los recientes. La veneración a los antepasados se hace en un santuario situado en el cuarto principal de la casa, donde se honra la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos.

El sintoísmo acepta la vida del espíritu después de la muerte, pero esto no implica ninguna enseñanza moral, puesto que no hay premios ni castigos después de la muerte.

No hay diferencia de destino entre el hombre bueno y malo después de la vida, puesto que no existe maldad esencial. Todos irán a un lugar situado al pie de la montaña más cercana a sus moradas para hacer la purificación. La duración de este periodo depende de los ritos de los familiares; de allí la importancia de la descendencia masculina y del culto a los antepasados. Al final de esta prueba, las almas se agrupan o se aglomeran en un todo que constituye el kami de los antepasados.

Entre los objetos sagrados del shinto se encuentran: la espada que Suzanoo extrajo de la cola de la serpiente de ocho cabezas y que se perdió en una batalla naval en el año 1185; el espejo en el cual se reflejó el Sol –Amaterasu– al salir de la cueva, y que simboliza el espíritu de una dama, de la misma forma que la espada es el espíritu del samurái, y que actualmente se encuentra en el templo de Ise; la “joya” o joyas que formaban los collares que Amaterasu llevaba en su encuentro con Suzanoo, y que es el símbolo imperial que porta el descendiente del linaje del Sol, es decir, el emperador; el torii que se encuentra siempre en la proximidad de los templos, o en el mar, a la entrada del Japón, indicando que el lugar adonde entramos es sagrado, y recuerda la “percha” donde se posó el gallo que anunció la vuelta de Amaterasu.

Según se cuenta en el Ko-Ji-Ki, en los principios del cielo y de la tierra, existía la Alta Llanura Celeste. Allí nacieron el Señor del Centro del Cielo, el kami de la Excelsa Fuerza Generativa y el kami de la Divina Creación. Luego, cuando la tierra no estaba todavía formada, semejante a una mancha de aceite flotante, nacieron Agradable Príncipe Retoño de Junco y Eterno Residente de los Cielos. Estos cinco dioses eran célibes y “no eran visibles”.

Luego nacieron las siete generaciones de la era de los dioses, siendo la última pareja Izanagi e Izanami, que son “los que se seducen mutuamente”, y cuya misión era consolidar las tierras flotantes y organizar la creación sobre la tierra. Los dos dioses, sobre el Divino Puente Flotante –el arco iris– que une el Cielo y la Tierra, sumergen la lanza que los dioses les habían dado, la agitan circularmente y la retiran, formándose la isla de Onogoro del agua que gotea. Luego, erigen un pilar celeste, y dando vueltas alrededor de él conciben, en primer lugar, un niño-sanguijuela, por haber quebrado la ley de la primacía de lo masculino. Luego, dan nacimiento a las ocho grandes islas y a numerosas deidades, siendo el Fuego la última causa de la muerte de Izanami; sus intentos son vanos porque ella ha probado el fruto del Yomi para rescatar a Izanagi; sus intentos son vanos porque ella ha probado el fruto del Yomi y no puede regresar –como Perséfone– . Izanagi enciende un fuego para ver a su esposa, descubriéndola llena de gusanos, por lo que ella se avergüenza y manda tras él a las brujas de los infiernos y a los dioses del trueno. Izanagi logra huir de todos y erige una roca gigantesca que separa los infiernos de la tierra. Izanagi e Izanami se separan, prometiendo la primera matar a mil hombres cada día y el segundo, establecer mil quinientos partos cada día.

A la vuelta, Izanagi se purifica para liberarse de las impurezas con las que había entrado en contacto en la ultratumba. Se lava ritualmente todo el cuerpo, dando origen a multitud de dioses, siendo los tres últimos: Amaterasu, el Sol, al lavarse el ojo izquierdo, Tsuku Yomi, la Luna, al lavarse el ojo derecho, y Suzanoo, la tempestad, al lavarse la nariz. Los tres dioses rigen, respectivamente el cielo, la noche y el mar. Sin embargo, la indolencia de Suzanoo provoca su destierro. Visita a su hermana Amaterasu, que no confía en él. Propone que den nacimiento a hijos para probar la pureza de sus intenciones. Amaterasu da a luz a tres hijas y Suzanoo a cinco hijos, por lo que gana. Tras su victoria, comete todo tipo de excesos: después de destrozar los arrozales de Amaterasu, le lanza un caballo desollado en su lomo –un rito de magia negra– y mata a una de sus ayudantes. Amaterasu se recluye en una cueva, dejando el Cielo y la Tierra a oscuras.

Los dioses se reúnen para provocar su salida. Una diosa hace reír a los demás con una danza mágica y le dicen a Amaterasu que salga para ver a una diosa superior a ella. Amaterasu sale al ver su propia imagen reflejada en un espejo, y el dios de la fuerza la arrastra hacia fuera y le impide volver a refugiarse en la cueva. Mientras, canta el gallo desde lo alto de un torii.

Suzanoo es expulsado. Mata a la serpiente de ocho cabezas, hallando una espada en su cola. Un hijo de Suzanoo, O-Kuni-Nushi, comienza la edificación del Japón. Mientras, un nieto de Amaterasu, Ninigi, desciende del Cielo para reinar sobre la Tierra, llevando consigo las tres enseñas imperiales. Se casa con la Princesa de las Flores, teniendo dos hijos, uno cazador y el otro pescador. El primero pierde el anzuelo del otro, y baja al palacio del fondo del mar a buscarlo, donde se casa con la hija del dios del mar. Vuelven a la tierra, pero cuando ella va a dar a luz, su marido la descubre en su verdadera naturaleza de tiburón. La princesa, furiosa, regresa al mar; aquel niño es Jimmu, el legendario primer emperador de Japón.

El shinto y la religión de los sioux

Es asombrosa la serie de “coincidencias” entre estas dos religiones de tan distantes lugares de la Tierra, que posiblemente tengan comunes antecedentes. Esbozaremos solo las más evidentes.

El dios principal sioux es Wakan-Tanka, el Sol, que es el “Gran Espíritu”, el sello divino en lo creado. Creer que Dios es el Sol es “un error pagano ajeno al pensamiento indio, pero es igualmente absurdo creer que el Sol no es nada más que una masa incandescente, es decir, que no es Dios de ningún modo”.

Para el sioux todo objeto creado es importante, por la sencilla razón de que conoce la correspondencia metafísica entre este mundo y el “mundo real”. Toda cosa es “wakan”, sagrada, y posee un poder, según el grado de la realidad espiritual que refleja. Los objetos poseen poder para el mal tanto como para el bien.

El hombre es wakan cuando su alma manifiesta lo divino con la evidencia espontánea y fulgurante de las maravillas de la Naturaleza: los elementos, el sol, el relámpago, el águila, el bisonte, el oso, las montañas, los torrentes, las estrellas.

El sioux no gusta de construir santuarios perennes con la materia más estática, la piedra. Los templos japoneses de madera suelen ser “reconstruidos” cada veinte o treinta años. La tierra debe permanecer intacta, virgen, sagrada, tal como ha salido de las Manos Divinas, pues solo las cosas puras reflejan lo eterno. El indio no es panteísta, pero sabe que el mundo está misteriosamente sumergido en Dios.

La Naturaleza es un soporte necesario de la tradición de los pieles rojas, al mismo nivel que los templos para las demás religiones.

El objeto sagrado por excelencia de los sioux es el Calumet, la pipa sagrada, que fue entregada por una mujer, curiosamente.

La purificación tiene también un importante papel en esta religión. El rito principal de purificación es la custodia del alma del que se muere. La purificación se realiza por medio del fuego, del aire y del agua. También se realiza antes de lanzarse a grandes empresas que exigen pureza y fuerza. Custodiando el alma según los ritos prescritos, se la purifica a fin de que esta alma y el espíritu se conviertan en uno, para que pueda regresar al lugar donde ha nacido –Wakan Tanka– y ya no tenga necesidad de errar por la tierra.