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Estoicismo para la vida

RAFAEL CARBÓ

El estoicismo nació como escuela filosófica en Atenas – aproximadamente en el año 300 a.C.- de la mano de Zenón de Citio, que la estableció en el llamado Pórtico de las Pinturas (Stoà poikíle), pues estaba decorado con unos cuadros de Polignoto. Esta doctrina surge como intento de sintetizar y aprovechar los aspectos más positivos de las distintas escuelas filosóficas que se movían en la Atenas de aquella época. Una Atenas que ya ha perdido su protagonismo político en manos de Macedonia, pero sigue siendo una ciudad bulliciosa, que se resiste a perder su prestigio como foco de cultura y como punto de referencia de una civilización como la griega, que estaba atravesando un momento de profundos cambios. Sócrates hace ya cien años que ha sido condenado y ejecutado, y sus discípulos – y los discípulos de éstos- han interpretado, cada cual a su manera, las enseñanzas del maestro. El estoicismo toma como referencia directa a Sócrates, pero no en su aspecto intelectual, sino en la importancia que daba éste a la práctica de la virtud. También recibió una fuerte influencia de la Escuela Cínica, así como de Platón, Heráclito, etc.; pero siempre haciendo hincapié en que el aspecto debe ser más práctico que teórico.

Más adelante, el estoicismo saldrá del pórtico ateniense y llegará a ciudades como Alejandría, Babilonia y, con Panecio de Rodas, a la ciudad de Roma. Roma, en ese momento, estaba en un proceso de expansión que va a hacer surgir una nueva clase de héroe romano. Un héroe que no se conforma sólo con los triunfos militares, sino que tiene la necesidad de una moral personal. Así, estos hombres de acción y con un gran sentido práctico, encontraron en el estoicismo una doctrina que respondía plenamente a sus aspiraciones. La última época del estoicismo será casi exclusivamente romana, y de ella aparecerán nombres como Musonio Rufo, Catón de Útica y, sobre todo, tres grandes figuras que darán al estoicismo el sello definitivo, convirtiéndolo en un pensamiento válido para los hombres de todos los lugares y de todas las épocas: Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

La filosofía estoica tiene como centro de preocupación al hombre. Al igual que otras doctrinas antiguas, divide la filosofía en tres partes: lógica, física y ética; pero con el tiempo su verdadero interés será la ética. No obstante, es importante entender cómo los estoicos veían al mundo, porque es el punto de partida de su pensamiento. Para ellos existen dos principios en la naturaleza: la materia y la razón que están en ella. Esta razón o principio activo también es “corporal” y se la puede identificar con Dios. El Principio Divino y el mundo son pues inmanentes. La Naturaleza se identifica con la divinidad, y liga todas las cosas mediante una ley inexorable. Esta forma de entender el mundo, va a dar origen a una de las características más significativas del estoicismo: la idea de que todo cuanto sucede, lo hace de acuerdo a una profunda necesidad y una inevitable finalidad que impide otro rumbo.

La felicidad: tranquilidad del alma

Para el estoico, el bien supremo en la vida es la felicidad, y ésta consiste en la tranquilidad del alma: la “ataraxia”. Pero esta tranquilidad no es una actitud de pasividad estéril e insensible, sino, más bien, es un estado en el que el sabio estoico ha superado las circunstancias que vienen del mundo exterior, y controlado las excitaciones provocadas por los sentidos en su relación con ese mundo exterior. El sabio es dueño de sí, imperturbable; no se deja arrebatar por nada. Para ello sólo hay un camino: el poder de la razón, y así como el Universo tiene una inteligencia que pone orden en la naturaleza, también el hombre que quiere alcanzar la sabiduría tiene que conseguir el orden en su vida por medio de su razón, pues ésta es una parte de la Razón Universal. Así se comprende mejor la insistencia de estos filósofos cuando recomendaban vivir de acuerdo con la Naturaleza: “vivere secundum naturam”.

De esta doctrina se desprende un aparente determinismo y una cierta resignación. El sabio acepta a la naturaleza tal como es, se amolda enteramente al destino: “parere Deo libertas est”, obedecer a Dios es libertad. Pero entonces, podríamos preguntarnos: ¿Dónde queda la libertad humana? Si estamos incluidos en un plan general del Destino, ¿qué sentido tiene nuestro libre albedrío, nuestra capacidad para crear y mejorar nuestra vida? Los estoicos resolvían esta cuestión considerando que la contingencia humana estaba incluida en este Plan General, convirtiéndose entonces en providencia. O sea, nosotros podemos elegir el camino ante los dilemas de la vida; si lo hacemos siguiendo los dictados de nuestra razón, nos ajustaremos a la naturaleza y seremos felices; si por el contrario elegimos el camino equivocado, la vida nos acabará “pasando factura”, con la carga de sufrimiento que ello conlleva. Este planteamiento se puede ilustrar con un ejemplo sencillo: si en una tarde lluviosa tenemos que salir a la calle obligatoriamente, es una estupidez que nos enfademos con la lluvia. Lo lógico, es que seamos inteligentes y obedezcamos a nuestra razón cogiendo un paraguas para no mojarnos. Nosotros no podemos evitar la lluvia, pero somos libres de elegir el modo de hacer frente a la lluvia o a cualquier circunstancia de la vida.

Libertad y sentido práctico

De entre todos los filósofos estoicos, Epicteto fue, probablemente, el que trató con mayor profundidad el problema de la libertad humana. Él dijo en cierta ocasión: “Es un necio quien crea que la libertad consiste en querer que todo ocurra de acuerdo con nuestros deseos”. Su condición de esclavo y las duras condiciones que soportó en su vida, lejos de hundirlo, sirvieron de “piedra de toque” a su alma independiente, y tan firme, que ni los golpes más adversos ni la sinrazón de los hombres pudieron doblegarla. Esta experiencia vital le dotó de un gran sentido práctico a la hora de plantear la libertad y la felicidad humana. Para ello se basó en una idea sencilla, pero brillante: las cosas son de dos tipos, las que dependen de nosotros y las que no. Dependen de nosotros nuestros juicios y opiniones, nuestros deseos, etc.; es decir, todos nuestros actos. Por otra parte, no dependen de nosotros todas aquellas cosas en las que intervienen otras personas o las circunstancias de la vida: nuestras riquezas, dignidades, etc. Para Epicteto, la razón por la que el hombre no alcanza plenamente la felicidad es porque suele confundirlas; que para ser realmente libre, hay que tomar como propio lo que depende de nosotros, así nadie nos puede obligar a hacer lo que está en contra de nuestra voluntad. Por el contrario, si nos apoyamos en cosas que no dependen de nosotros, no encontraremos sino obstáculos y sinsabores en la vida. Cuántas veces nos hemos ilusionado por un proyecto o un ascenso profesional, y, se han venido abajo, porque la decisión final se escapaba de nuestro ámbito. Para el estoicismo, esto no quiere decir que no busquemos una mejora en la vida, sino que sepamos discernir cuándo debemos hacerlo y cuándo no, cuándo debemos luchar con voluntad, y cuándo resignarnos ante lo irremediable.

La brevedad de la vida

Otra de las grandes ideas que nos ha legado el estoicismo y que puede tener una gran utilidad en nuestras vidas, es la relación entre el hombre y el tiempo que le concede la vida. El tiempo desde siempre ha sido un enigma para el ser humano. Pretendemos atraparlo, pero se escapa de nuestras manos como fina arena. Los romanos acuñaron la frase “tempus fugit”, el tiempo huye, para dar a entender su carácter escurridizo y efímero. Séneca, en su ensayo “De brevitate vitae”, “De la brevedad de la vida”, nos muestra el aspecto relativo del tiempo, ya que no es que nuestra vida sea corta, sino que nosotros la desperdiciamos en cosas banales. Él decía que el tiempo es como el dinero: “Poco para el que lo malgasta y mucho para quien sabe administrarlo”, pero como es algo incorpóreo no le damos el valor que le damos a las cosas materiales. Éste es un problema muy de nuestros días; quizá por esa tendencia de alejarnos de nuestro “yo interior”, nos pasamos la vida rellenándola con placeres y deseos que satisfacen nuestra parte más instintiva o pasional, pero que nos quita tiempo para las cosas verdaderamente humanas. El tiempo dedicado a nuestra vida profesional, a nuestros hábitos televisivos o a las más variadas posibilidades de ocio que nos brinda nuestra sociedad son buenos ejemplos de ello. Nos mantienen entretenidos, pero también nos impiden tener una vida más intensa y profunda, y quizá plasmar los sueños e ideales de juventud. Si fuéramos capaces de apoyar nuestra disciplina en nuestra razón, o simplemente en el sentido común, veríamos cómo el tiempo se alarga, y nos sorprenderíamos de las cosas que se pueden hacer en un día y en una vida.

Por otra parte, el emperador -filósofo Marco Aurelio, nos recuerda en sus “Meditaciones” el valor del momento: “Por más larga que sea la vida de uno, al morir, todos perdemos lo mismo: el presente, pues el pasado ya lo hemos perdido antes, el futuro no lo poseemos aún, y no podemos perder lo que no tenemos”, por eso nos recomienda: “Realizar cada acto como si estuviéramos a punto de salir de esta vida, como si fuera nuestro último día”. Esta frase invita a reflexionar sobre la utilización de nuestro tiempo, de la importancia del presente. En general, se tiene la tendencia a dejar las cosas importantes de la vida para el futuro: nuestros grandes planes, sueños, etc., y vivimos el presente “de pasada”; pero, ¿y si no hay futuro? Nadie nos lo garantiza, podemos salir de esta vida en cualquier momento y sin previo aviso. Según Marco Aurelio podemos dar a la vida otra dimensión. No nos podemos librar de las ataduras del tiempo, pero lo podemos convertir en nuestro aliado y vivir cada momento con más calidad y conciencia; ésto haría que nuestro futuro fuese mejor.

El hombre ciudadano del mundo

Otro de los conceptos esenciales del estoicismo, que va a tener una gran importancia en la creación del derecho romano, y aún en la formación del propio Imperio, fue el del cosmopolitismo. La visión que tenían los estoicos del mundo y su finalidad, hacía ver a los seres racionales reflejo de la Razón Universal y, por tanto, relacionados entre sí y con un destino común. Por eso, para ellos, el Estado ideal es el Estado sin fronteras ni nacionalidades, donde prime la idea de “ciudadano del mundo”. La ley natural debe regir sobre el cosmos y sobre todas las ciudades, en una especie de “república universal”.

La influencia del estoicismo en nuestra cultura occidental ha sido mucho más extensa y persistente de lo que suele creerse, sobre todo a partir de la época renacentista. Grandes nombres de escritores y filósofos como Shakespeare, Quevedo, Descartes, Pascal, etc., tomaron el estoicismo como fuente de inspiración.

A pesar de los siglos transcurridos, la filosofía estoica sigue teniendo validez en una época como la que estamos viviendo. No para que sea un adorno más que tome parte de nuestra vida intelectual, sino porque nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos: conocer nuestros puntos fuertes para potenciarlos y así convertirlos en instrumentos de defensa contra las dificultades tanto exteriores como interiores.

El estoicismo se concebía como una forma de vida. Quizá nos sea de gran utilidad recuperar este aspecto. Como dice el propio Epicteto en una de sus máximas: ¡Ánimo, pues! Piensa en todas las facultades de las que estás provisto y prepárate a resistir toda clase de pruebas; bien armado estás y en disposición de sacar ventajas aún de las situaciones más terribles de la vida.

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