ANTONIA DE LA TORRE VALDÉS

La religión predominante en el Tíbet antes de la aparición del budismo fue el Bon. Toda ella es hoy objeto de un completa reinterpretación gracias a la lectura más detallada de algunos interesantes documentos descubiertos en las grutas de Tuen-huang, que datan de los siglos VII y VIII según el calendario cristiano.

Tuen-huang es una pequeña ciudad situada en el punto exacto donde se emprendió la ruta de la seda en China, para proseguir un aventurado recorrido a través del Asia Central. Durante el siglo IX, esta ciudad se encontraba en territorio tibetano.

Este descubrimiento aporta un cambio de perspectiva en la interpretación de la antigua religión del Tíbet, que los especialistas habían identificado tradicionalmente con la del Bon. Pero, en realidad, según los historiadores tibetanos, la religión autóctona, llamada «religión de los hombres» había sido anterior al Bon y a la llegada del budismo, designados ambos como «religión de los dioses».

Las fuentes para el conocimiento de esta religión autóctona o de los hombres son relativamente escasas: algunos fragmentos de mitos, de rituales y de técnicas de adivinación, algunas inscripciones, refutaciones de la antigua religión escrita por los budistas y ciertas crónicas chinas de la dinastía T’ang. Algunas prácticas antiguas han sido asimiladas por el budismo y Bon.

Una fuente importante para el conocimiento de la «religión de los hombres» llamada Gcug (o chog, costumbres) es la constituida por los mitos cosmológicos y cosmogónicos, e incluso genealógicos. Estos mitos eran narrados ritualmente con ocasión de los matrimonios, las fiestas de Año Nuevo, las diversas competiciones en honor de los dioses del suelo, etc. La narración correcta de los mitos de los orígenes era un acto religioso para el mantenimiento del orden del mundo y de la sociedad.

Para la cosmogonía tibetana tradicional, el mundo fue creado por los dioses celestes Phya, imaginados como las montañas del cielo. Algunos de aquellos dioses-montañas descendieron a la tierra, trayendo consigo los animales, las plantas y, probablemente, también los seres humanos. Aquella época paradisíaca, cuando los hombres vivían cerca de los dioses, había durado diez mil años. Un demonio, encerrado bajo el noveno nivel subterráneo, logró escapar y esparció el mal sobre la tierra. Los dioses se retiraron al cielo y el mundo siguió degenerando durante cientos de miles de años. Pero algunos hombres practicaban todavía el Coug, a la espera de la «edad de las impiedades», que habría de dar paso a un mundo nuevo. Entonces reaparecerían los dioses sobre la tierra y resucitarían los muertos.

En la religión tradicional tenía un lugar de importancia primordial el rey. La naturaleza divina el soberano se manifestaba a través de su «resplandor» y de sus poderes mágicos. Los primeros reyes permanecían en la tierra únicamente de día; por la noche regresaban al cielo. No conocían la muerte propiamente dicha, sino que en un determinado momento ascendían al cielo por la cuerda mágica «mu-o». Aquellos primeros reyes tenían todos en la coronilla una cuerda «mu» de luz, tensa y de color amarillo pálido. En el momento de morir se disolvían como un arco iris, empezando por los pies, y se fundían en la cuerda «mu» de la coronilla que, a su vez, se fundía en el cielo. Esta es la razón de que no hubiera tumbas reales antes del último soberano de origen divino, Digún, que, siendo hombre orgulloso y colérico, cortó por error durante un duelo su propia cuerda «mu». También se dice que este séptimo rey fue asesinado. El caso es que a partir de su muerte fueron enterrados los cadáveres de los reyes y se instituyeron los primeros ritos fúnebres, que preveían el sacrificio de varios animales que actuarían como guías del muerto en el camino del otro mundo.

Sin embargo, algunos seres privilegiados, y en primer lugar los santos y los magos, logran todavía ascender al cielo gracias a su cuerda «mu».

Precisamente, en las tradiciones Bon, nos encontramos con un clan, Dmu, nombre que designa a la vez una clase de dioses, los que habitan el cielo y a los que llegan los muertos subiendo por una escala o trepando por una cuerda. Antaño había en la tierra una categoría de sacerdotes que pretendían poseer el poder de guiar a los difuntos al cielo, porque eran los Maestros de la Cuerda o de la escala: eran los Dmu. Esta cuerda, que unía la tierra con el cielo y servía para la ascensión de los muertos hacia la morada celeste de los dioses Dmu, ha sido sustituida entre los sacerdotes Bon por la cuerda adivinatoria. El símbolo sobrevivió tal vez en el pedazo de tela de los Nkhi, que representan el «puente del alma para llegar al reino de los dioses».

Pero el simbolismo de la cuerda, como el de la escala, entraña necesariamente la comunicación entre cielo y tierra. Por medio de una cuerda o de una escala, los dioses descienden a la tierra y los humanos suben al cielo. Esta es una tradición arcaica y ampliamente extendida que encontramos tanto en la India como en el Tíbet. Buda desciende del cielo Trayastrinca; por una escalera pueden verse, encima, a todos los Brahmalokas y, abajo, las profundidades del infierno, porque es un verdadero «Axis Mundi» (eje del mundo) erigido en el centro del universo. Esta escalera milagrosa aparece representada en los relieves de Bharhut y de Sanci, y en la pintura budista tibetana se la muestra sirviendo a los humanos para subir al cielo.

La función ritual y mitológica de la cuerda se halla aún mejor comprobada en el Tíbet, especialmente en las tradiciones prebudistas. Se supone que Gya-Khri-btsan-po, primer rey del Tíbet, bajó del cielo por medio de una cuerda llamada «rmu t’ag». Esta cuerda mítica aparece también representada en las tumbas reales, señal de que los soberanos subían al cielo después de su muerte. La comunicación entre el cielo y la tierra no estuvo, por otra parte, jamás interrumpida para los reyes. Y la concepción de que los reyes no morían, sino que subían al cielo, nos recuerda al paraíso perdido.

También las montañas se asimilan a la escala o a la cuerda «mu» del primer antepasado que descendió a la tierra. Las tumbas de los reyes son llamadas «montañas». Por otra parte, las montañas sagradas (dioses del país) son consideradas «pilares del cielo» o «clavos de la tierra»; a la vez, esta misma función puede ser asumida por los pilares erigidos cerca de las tumbas o de los templos. También se designa como «pilar del cielo» o «clavo de la tierra» al dios del suelo de la casa. A la «puerta del cielo» corresponden el agujero del techo por el que penetra la luz y sale el humo; a la «puerta de la tierra» corresponde el hogar.

Podemos encontrar también este simbolismo en el hombre, uno de cuyos dioses protectores, llamado «dios del país» reside en lo alto de la cabeza, precisamente en el punto donde parte la cuerda «mu».

El hombre, en la medida en que es un ser espiritual, comparte una condición divina y, más en concreto, la función y el destino de los dioses de estructura cósmica. Ello explica la importancia de las numerosas competiciones rituales, desde las carreras de caballos, los juegos atléticos, tiro con arco o justas oratorias. Estas competiciones tienen lugar, sobre todo, con ocasión del Año Nuevo. El tema esencial del argumento del Año Nuevo se refiere a la lucha entre los dioses del cielo y los demonios, figurados por dos montañas. La victoria de los dioses aseguraba la victoria de la vida nueva del año que comenzaba.

En la festividad tibetana del Año Nuevo (pugna entre dioses y demonios infernales), podemos encontrar tanto influencias indias (los ciclos cósmicos que abarcan cientos de miles de años) como iranias (el demonio que corrompe la creación). Algunos eruditos opinan que estas creencias no son anteriores a los siglos VI o VII, aunque es difícil de precisar; y que tales ideas representaban un justificación del culto tributado a los reyes, justificación importada de la China imperial.

Bibliografía

«El chamanismo y las técnicas del éxtasis». Mircea Eliade. Ed. FCE.

«Diccionario de las religiones». Mircea Eliade y P Couliano. Ed. Paidós.

«Historia de las creencias y de las ideas religiosas». Mircea Eliade. Ed. Cristiandad.

«Textos tibetanos inéditos». Alexandra David-Neel.

«El Bardo Thodol». Libro tibetano de los muertos. Ed. J. Bergua.

«El Bardo Thodol». Iniciación al simbolismo y ritual tibetanos. Fernando Schwarz. Ed. N.A.

«Glosario teosófico». H.P. Blavatsky. Ed. Kier.

«La voz del silencio». H.P. Blavatsky. Ed. Kier.